ABANDERADA A LOS 72: Magda, la mujer detrás de la bandera

A los 72 años, Magdalena Centeno retomó sus estudios en el CEIJA Berta Perassi de Río Cuarto y hoy es abanderada de la institución. Después de una vida dedicada a su familia y al trabajo, se prepara para egresar y demuestra que nunca es tarde para cumplir un sueño pendiente.

Fotos: Laura Scott

Las manos arrugadas sostienen el asta con fuerza. Las estrofas del himno resuenan desde los parlantes del salón. A la mujer de anteojos parece no importarle, algo más fuerte está paseando por su corazón. Al frente, tres de sus hijos la ven portar la bandera. Ella se esconde detrás de la tela celeste y blanca. Apenas asoma el rostro por el costado para que no se le vean las lágrimas. Son de emoción, pero le da vergüenza que sus hijos la vean así. Magdalena Centeno tiene 72 años y es la abanderada del centro Educativo Berta Perassi.

Funciona en el barrio Obrero y es un CEIJA, un espacio para la educación de adultos. Van de todas las edades. Magdalena es la mayor. Después de jubilarse, decidió retomar lo que tenía pendiente: finalizar la secundaria.

Nacida en Coronel Moldes, Magdalena —o Magda, como lo anuncia la chomba de egresada que lleva puesta— no pudo terminar sus estudios a tiempo. En su adolescencia asistía en el pueblo al colegio Lavalle, de orientación comercial. No era precisamente lo que más le gustaba. Después llegaron las refacciones en la escuela y las clases comenzaron a dictarse por la noche, en la casa de un doctor del pueblo. Pero Magdalena vivía en el campo y no podían llevarla. Mucho menos podía trasladarse sola hasta allí. Tuvo que dejar.

La secundaria quedó pendiente. La vida, mientras tanto, siguió su curso. A los 19 años se casó. Después llegaron los hijos. Primero cuatro mujeres, una detrás de otra. Once años más tarde, un varón y otra mujer. Seis hijos en total. Mientras criaba a su familia, también trabajó. Fue ama de casa y cuidó personas enfermas. Más adelante, cuando murió su madre en 2005, comenzó a trabajar como personal de limpieza.

Volver a empezar

La escuela, sin embargo, nunca desapareció del todo. Durante años quedó como una cuenta pendiente. Hasta que uno de sus hijos la impulsó a volver. “Cuando me jubilé sabía que tenía que volver. Pero pasaban los años y yo me anotaba siempre en abril, cuando ya habían comenzado las clases” recuerda entre risas. Pasó la pandemia y comenzó. Finalmente pudo ingresar al Centro Educativo Berta Perassi.

Magdalena volvió a estudiar y encontró algo más que un aula. Encontró compañeros mucho más jóvenes, nuevas amistades y una rutina que la desafía. Dice que está feliz. Que los más jóvenes la llenan de alegría y que intenta acompañarlos, formar parte de ellos. Comparte el cuerpo de bandera con dos mujeres que tienen menos de la mitad de su edad.

En esos pasillos, entre carpetas, trabajos prácticos y conversaciones con compañeros que podrían ser sus nietos, Magdalena también fue dejando su huella.“Tener a Magdalena como estudiante de nuestra escuela, es la materialización de los objetivos de nuestra modalidad. Que una persona que dejó sus estudios por x causa, pueda retomarla en el momento de la vida que pueda, pero, que además, transite la escuela, participe de ella y sea parte activa de la construcción comunitaria que se propone, es una satisfacción para los educadores que la acompañamos en ese proceso”, comentan Miguel Gil y Paulo Zambroni, ambos de la coordinación del CEIJA.

Dos mujeres con un mismo origen

La escuela, además de la bandera nacional, tiene una bandera de Berta Perassi. Es de color rojo y negro. Berta Perassi nació en Coronel Moldes, igual que Magdalena, estudió Ciencias de la Educación en la UNRC y fue pionera en la alfabetización de adultos en barrios populares de la ciudad. En 1976, durante la última dictadura cívico-militar, fue secuestrada y permanece desaparecida. Tenía 24 años. En esta escuela, se mantiene viva la memoria de una mujer que hizo de la educación una forma de acercarse a los demás. A esta bandera la portan las personas que más se acerquen a los valores que promueve Berta: la igualdad social, el compromiso con los más vulnerables, la calidez humana.

En Magdalena, reconocen el compromiso, la dedicación, el esfuerzo y la responsabilidad con los que asumió cada etapa. También el entusiasmo con el que se sumó a las propuestas y la manera en que logró integrarse a sus compañeros, a pesar de la diferencia de edad. Magdalena puede estar en la huerta, en el aula, cocinando, siempre en alguna actividad. “Es un gusto tener a Magdalena como estudiante del Berta”, expresan desde la coordinación de la escuela.

Quizá Magdalena no alcance a dimensionar todo lo que representa para quienes la acompañan. Ella sigue siendo la mujer que dice sentirse bien cuando le preguntan qué significa llevar la bandera. La que mira a sus compañeras y cree que alguna de ellas la merece más. La que se esconde detrás de la tela celeste y blanca para que sus hijos no la vean llorar.

Una de sus hijas, Leandra Villegas, vive con ella. Se acompañan, están juntas todos los días. Ambas mujeres de pocas palabras. En esa escasez encuentran las justas y necesarias. Su hija de 50 años la ve como a una luz. “Verla volver a la escuela significó y significa mucho. Significa que ella fue capaz de animarse a elegir su tiempo, y eso tiene un peso muy importante. Hoy es un referente para otros” dice Leandra, que para responder a las preguntas primero se había anotado las respuestas en algún sitio. Lo justo y necesario.

¿Merecer una bandera?

“Bien. No sé, yo me siento bien”, responde cuando le preguntan qué siente al ser la elegida para llevar la bandera. La sencillez de la respuesta contrasta con todo lo que hay detrás de ese momento. Porque para Magdalena la bandera no llegó después de una trayectoria escolar perfecta. Llegó después de una trayectoria de vida.

Incluso ella misma se pregunta si realmente la merece. Mira a sus compañeros y piensa que algunos saben más, que otros tienen un nivel académico que admira. “Yo creo que tengo compañeras que se sacan todos diez y se lo merecen, se esfuerzan mucho”, dice mientras extiende las manos con un gesto de “es obvio”.

Cuando se la entregaron, algunos de sus hijos estuvieron presentes. “Yo me escondía detrás de la bandera para no verlos, porque si no lloraba”, cuenta mientras hace un gesto con sus manos de taparse el rostro. Cuando a Magdalena le dieron la noticia, se lo contó de inmediato a su hija Leandra. Después ella lo compartió a sus cinco hermanos por el grupo de WhastApp. “La bandera para ella, creo que es una confirmación íntima de su propio valor. No como un trofeo, sino como un reconocimiento a esa constancia y a la manera de estar en el mundo que tiene”, dice Leandra.

“Nunca es tarde”

Ahora, a los 72 años, ese “después” llegó. Después de tres años en las aulas, Magdalena también se prepara para egresar. Son once compañeros y ya organizan la fiesta para celebrar el final de una etapa llena de esfuerzos.

Hoy Magdalena además de ir a la escuela, ayuda en la Parroquia del Barrio Obrero. Cocina, está a disposición de convivencias y retiros. Recalca que en eso ocupa mayormente su tiempo, que es muy importante. Tiene nietos, pero no los ve tan seguido. Todos tienen sus vidas y rutinas, dice. Menciona, varias veces, con orgullo que todos sus hijos hayan estudiado, o que tengan un trabajo fijo y rentable. “La educación te abre puertas”, les dice siempre.

Abanderada, según la RAE, es: 1-Persona que lleva una bandera en procesiones o actos públicos. 2-Portavoz o representante de una causa, movimiento u organización. A Magdalena, aunque no se crea merecedora de ello, le caben las dos acepciones de la palabra. Abanderada de la vida, de la libertad. De la lucha por los sueños. Por la educación. La secundaria que alguna vez quedó interrumpida en una escuela Moldes hoy continúa en las aulas del Berta Perassi. Y aquella joven que no podía llegar hasta una clase porque vivía en el campo, hoy es la mujer que camina hacia el frente y sostiene, con las dos manos, la bandera argentina. “Para mí una imagen visual de ella es una balanza en equilibrio. De un lado está el camino recorrido con los miedos vencidos, y en el otro la calma de haber encontrado su propio tiempo. Y le pondría un cartel que diga “nunca es tarde”, cierra su hija.

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