Cuando volver es otra guerra

Hace 44 años, Jorge Linardi volvía de Malvinas con vida pero herido por dentro. Su testimonio revela las secuelas invisibles que cargan los excombatientes: el silencio, el trauma, la culpa y la lucha diaria por rearmar una vida después del horror. OTRO PUNTO recorre su camino desde las trincheras hasta la sanación. ¿Qué pasa con los soldados cuando el combate termina pero la guerra sigue?

Fotos: Santiago Mellano

A 44 años de la Guerra de Malvinas, Jorge Linardi no solo recuerda las trincheras, el frío y las balas. También carga con la sombra de una batalla silenciosa que casi le cuesta la vida. No fue en el campo de combate, ni rodeado de enemigos, sino en la soledad de su casa, años después, cuando el trauma ya no pudo ser contenido.  Como cientos de excombatientes, Jorge enfrentó en silencio un trastorno que lo llevó al límite. Fue uno de sus hijos quien lo salvó del abismo. Desde entonces, su historia no es solo la de un sobreviviente de la guerra, sino la de alguien que volvió a elegir vivir.

Cuando terminó la guerra, tenía apenas 18 años. Volvía con los pies llagados, el cuerpo extenuado y una carga invisible sobre la espalda: el trauma. El país que lo recibió no lo hizo con honores, ni consuelo. Lo hicieron entrar por la puerta de atrás, le pidieron silencio. Le sugirieron olvidar. Como si una guerra pudiera olvidarse.

Volvió con el alma partida y un uniforme sucio que todavía conservaba el olor del pozo donde había dormido, comido, rezado y temido por su vida. Nunca se había bañado en las islas. Nunca había dejado de tener miedo. Y ahora, ya en casa, debía fingir que todo estaba bien. Pero no lo estaba.

Durante años, Jorge intentó seguir adelante. No hablaba del tema con su familia. No hubo espacio para el relato ni para la memoria. Todo se transformó en un tabú. Pero el trauma empezó a manifestarse en detalles: pesadillas, ataques de pánico, claustrofobia. Una vez, cavando un pozo con su padre, sintió que la tierra lo tragaba y no pudo volver a hacerlo nunca más. Otra tarde, cruzando las vías del tren en Río Cuarto con su esposa y su suegro, escuchó el ruido de un avión y, sin pensarlo, se arrojó al suelo. “Cuando me di cuenta, estaba cuerpo a tierra. Me sacudí la ropa, les pedí disculpas. Nadie me dijo nada” Su familia miraba en silencio, nadie entendía nada. Él tampoco entendía lo que le pasaba.

Hasta que un día pensó en terminar con todo. La angustia se volvió insoportable. Pensó en infligirse daño. Y fue su hijo quien lo salvó. No con un discurso ni con una intervención heroica, lo salvó simplemente estando y Jorge supo que no podía rendirse.

La experiencia de Linardi no es aislada. Según datos del Observatorio de Salud Mental y Adicciones, la tasa de suicidios entre excombatientes argentinos ha sido históricamente más alta que en la población general, con picos preocupantes en las décadas del ‘90 y 2000. Se estima que al menos 450 veteranos se quitaron la vida en los años posteriores a la guerra. Un número que duele, que grita, aunque muchas veces se intente silenciar.

(Fragmentos de  cartas de Jorge Linardi y Alberto “Beto” Leguizamón a sus familias)

En ese momento límite, Jorge decidió pedir ayuda. Fue al Hospital Militar de Córdoba. Treinta y cinco años después, alguien por fin lo escuchó. Lo entendió. Entonces, comprendió también que tenía que volver a Malvinas. Volver no como soldado, sino como hombre. Necesitaba cerrar, o al menos bordear, esa herida. En 2014, volvió. Recorrió el pozo donde había pasado sus días. Almorzó en las viejas posiciones. Visitó el muelle donde vio por última vez a Kike, su compañero caído.

No fue un cierre, fue un paso. Un gesto de sanación. Una forma de empezar a entender.

Reconstruyó su vida a fuerza de amor. Su mujer, sus padres, sus hijos, su pueblo. Ellos lo sostuvieron cuando él ya no podía sostenerse. Lo ayudaron a reinsertarse, a volver, aunque no fuera al mismo punto de partida. Porque después de la guerra, nunca se vuelve igual.

Hoy tiene 62 años. Es padre, abuelo, esposo. Fundó una escuela de fútbol en Sampacho, su pueblo natal. Trabajó en el Banco Nación durante 35 años. Pero su tarea más profunda, más silenciosa, fue sobrevivir. Procesar lo que vivió. Convertir el dolor en memoria.

“No me voy a olvidar, pero tenía que empezar a vivir”, dice. Y eso fue lo que hizo.


Jorge no solo luchó con el recuerdo de la guerra, sino también con la culpa de haber sobrevivido. La muerte de su compañero y amigo Enrique “Kike” Zabala dejó una marca profunda en él. Compartieron la experiencia del servicio militar desde el primer día, viajaban juntos, se apoyaban uno en el otro, compartían el poco consuelo que ofrecían las encomiendas desde casa. Kike era correcto, maduro, criado solo por su padre. Fue la última persona que Jorge vio desde el muelle antes de desembarcar. Se despidieron con una mano en alto, sin saber que sería la última vez.

Kike murió en combate el 28 de mayo, alcanzado por una bomba británica mientras transportaba municiones tras abandonar su lugar de retaguardia. Fue identificado gracias a una carta que llevaba en su bolsillo. Jorge nunca olvidó esa imagen ni dejó de preguntarse por qué él sobrevivió y su amigo no. Esa pregunta lo persigue desde entonces.

Lo que Jorge experimentó tiene nombre: se conoce como síndrome del superviviente. Es un tipo de trauma psicológico que afecta a quienes sobreviven a una tragedia donde otros mueren. Se manifiesta en culpa, tristeza persistente, y en muchos casos, en la necesidad de encontrar sentido o redención. Jorge lo llevó en silencio durante décadas, preguntándose “¿Por qué este sí y yo no? ¿Por qué la vida no le dio un ‘changüí’ a él?” como él mismo dice.
Su forma de honrarlo fue recordarlo. Visitar el muelle, el lugar exacto donde compartieron tanto. Y cada 28 de mayo, rendirle homenaje en la plaza frente al museo de Veteranos de Malvinas en la localidad de Sampacho. Para que el nombre de Kike no se pierda, para que el dolor no sea solo una carga, sino también una memoria viva.

Entonces, uno entiende que la guerra no termina cuando se firma un alto al fuego. La guerra sigue en el cuerpo, en la mente, en las noches, en las ausencias. Jorge lo sabe. Por eso su mirada está cargada de historias. Por eso cuando habla, lo hace con la verdad de quien ha estado en el abismo… y decidió volver.

-¿Qué le dirías al joven que fuiste antes de ir a Malvinas?

-Me gustaría volver a tener la vida que tenía. No me gustaría morir en un hospital… Me gustaría morir recuperando las islas, pero no por medio de una guerra.

-¿Y qué le dirías a quienes lean esta entrevista?

-Me voy a llevar por las palabras de un veterano con quien estuve hace poco y me dijo: ‘Ojalá nunca más se fabriquen veteranos de guerra’. A los jóvenes les diría que amen su patria, su familia, sus amigos. Que disfruten de la vida. Esa es la patria chica como le digo yo.

Cuando Jorge termina de hablar, el silencio que sigue no es vacío. Es un silencio cargado de historias, de nombres, hay algo profundamente humano en su mirada, como si hubiera aprendido a ver el mundo desde un lugar que pocos alcanzan, desde el abismo mismo de lo que significa vivir y sobrevivir. Al momento de despedirnos, Jorge vuelve a mirarme a los ojos fijamente, como si buscara la forma de resumirlo todo. Finalmente, suspira de una forma tan profunda como lo próximo que va a salir de su boca y dice: “Éramos pibes, sí, pero nos tocó apichonarnos, ¿viste? Estaba en el baile, me tocó bailar con la más renga. Y tenía que bailar”.

Compartir

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio