El abuso y suicidio que sacuden a la Justicia

“Me dejaron sola”

Otro Punto cubrió en exclusiva el juicio con jurado popular por el abuso de una niña de 11 años que terminó con la condena a prisión perpetua de su tío, Anselmo González (63). La historia de I.G marcará un precedente en la Justicia de Río Cuarto, pues la fiscal de cámara Rosario Fernández Lopez pudo demostrar que el desenlace fatal que sufrió la pequeña estaba relacionado con los abusos que venía sufriendo en el hogar de su abuela paterna. En una carta, la pequeña dejó una frase que aún duele.

Fotos Santiago Mellano

En la sala de audiencias de la Cámara Segunda del Crimen de Río Cuarto nadie se mueve. Los jueces escuchan en silencio. El jurado popular mira hacia el frente. En el banquillo de los acusados, Anselmo Gonzáles permanece sentado, inmóvil. Es la mañana del jueves, la hora de los alegatos en una de las causas más delicadas que se recuerden en los tribunales riocuartenses.

Entonces, la fiscal Rosario Fernández López pronuncia una frase corta pero contundente.

“Me dejaron sola”. Son palabras que ya estaban escritas en el expediente. Palabras que pertenecen a una niña de once años.

La fiscal levanta la vista y explica por qué esa frase la acompaña desde que leyó el caso. “Esas fueron las palabras que resuenan en mi cabeza desde el día que leí este expediente”, dice. “Una nena que no encontró otra salida, que se sintió sola, que sintió que la dejaron sola”.

La historia que se juzga en los tribunales comenzó mucho antes de ese momento. En la localidad de Arias, donde vivía la niña, la investigación se inició después de que ella señalara a su tío como autor principal de abuso.  Según la acusación, los hechos ocurrieron en la casa de su abuela paterna, donde también residía el acusado.

En la sala el silencio se vuelve espeso. No es el silencio habitual de los juicios, ese que acompaña la lectura de pruebas o las discusiones jurídicas. Es otro silencio, más pesado, atravesado por una ausencia que domina todo el debate. La de I.G.

A lo largo de las audiencias, su historia fue reconstruida a partir de testimonios, pericias y papeles escritos. Quienes la conocían la describieron como una nena tímida y buena, que tenía sueños simples, cercanos. Como un campamento que hacía tiempo planeaba con sus mejores amigas en esas noches de pijamada que tanto disfrutaba. Le gustaba jugar, reír y, sobre todo, pintar.

Pero también, era una niña que sentía miedo. Un miedo persistente que comenzó a aparecer en gestos cotidianos y que se manifestaron en la necesidad que expresaba a su mamá de colocar pestillos en la casa y también en la puerta de su habitación. Al igual que, guardar debajo de su cama, un hacha. No era un juego. Era, según reconstruyó la fiscalía durante el juicio, la forma que había encontrado para defenderse si su tío intentaba hacerle daño.

La noche del 11 de enero de 2023 quedó registrada en una hoja escrita por la propia niña. En su habitación, donde hasta entonces predominaban los dibujos, esa vez dejó palabras.

“Hoy es jueves 11, soy I.G. Confieso que tenía otras pastillas escondidas y me las voy a tomar hoy porque tengo mucho miedo de lo que me pueda pasar, porque sé que mi tío me va a matar”.

No fue esa la única despedida. También escribió una carta para su mamá, en la que agradecía por haber hecho lo imposible, por hacerla reír todos los días y le decía que la amaba. Dejó otra para la expareja de su madre, a quien consideraba su figura paterna. Allí le agradecía todo lo que había hecho por ellas dos y le pedía que cuidara de su mamá cuando ella no estuviera.

Mientras la fiscal lee esos fragmentos durante su alegato, nadie se mueve en la sala. Las palabras quedan suspendidas en el aire, el juicio parece detenerse y regresar a esa habitación donde una niña escribía sola.

Fernández López vuelve a dirigir la mirada hacia el tribunal: “Tenemos que escuchar lo que dijo la víctima, no demos vuelta a cuestiones que no surgen de ella” agrega.

Para la fiscal, las palabras que la niña dejó escritas explican lo ocurrido: “Manifestó que se quitó la vida por los abusos perpetuados por su tío”.

Minutos después señala otra escena que atraviesa todo el juicio: “Qué paradójico es que el único familiar que debería luchar por los derechos de I.G. hoy esté sentado en el banquillo de los acusados”.

Pero esa interpretación no es compartida por la defensa. Cuando llega su turno de alegar, la abogada defensora de Gonzales, Luciana Casas, plantea una mirada opuesta sobre el caso.

“Hacer justicia no sería condenar a una persona a perpetua porque otra persona vulnerable perdió la vida”, afirma al comenzar su exposición.

Desde esa posición, la defensa cuestiona que las pruebas reunidas durante el juicio no alcanzan para sostener las acusaciones más graves. “No hay nada que permita acreditar el acceso carnal”, sostiene Casas. “Con las pruebas que hay solo alcanza para suponer que pudo haber existido una introducción de dedos”.

La abogada también se refiere a la acusación de corrupción de menores: “Tampoco hay una pericia que afirme la corrupción de menores”, argumenta. “El hecho de que I.G. haya buscado pornografía en su celular no quiere decir que haya sido corrompida. Es algo que hoy en día hace la gran mayoría de los niños de su edad”.

En su alegato también solicita que se descarte la calificación que vincula la muerte de la niña con los hechos investigados. Según explica, el informe del gabinete que analizó el caso sostiene que la causa de la muerte debe interpretarse en el marco de la historia de vida de la menor.

Sin embargo, el veredicto fue contundente: Anselmo Gonzales, el hombre que ocupa el banquillo de acusados y quien enfrenta una de las acusaciones más graves del Código Penal fue condenado como autor material y penalmente responsable de los delitos de homicidio por motivo de abuso sexual grave ultrajante continuado, agravado por su condición de encargado de la guarda de la menor I.G.; homicidio por motivo de abuso sexual con acceso carnal, agravado por la misma condición; ambos en concurso real y en concurso ideal con promoción de la corrupción de menores de 18 años triplemente agravada por la edad de la víctima, por el medio intimidatorio y por su condición de encargado de la guarda.

Y aunque el juicio intentó reconstruir lo que pasó a través de  testimonios, pericias y discusiones sobre responsabilidades, en el fondo todo parece volver siempre al mismo lugar. Una habitación, una niña sola, una hoja de papel y una frase breve que ahora vuelve a escucharse en la sala de audiencias: “Me dejaron sola”.

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