Paolo, el hombre que quería vivir

Paolo De la Fuente tenía 37 años y muchos proyectos por delante. Luchó trece días desde la cama de la terapia del Nuevo Hospital tras recibir 15 balazos en barrio Fénix. Volvía de jugar al fútbol, lo esperaba su hija y su esposa, pero nunca regresó. Él no era el blanco del ataque, pero murió igual. Tras su muerte absurda e inentendible, su familia clama por justicia y consuelo.

Era una calurosa noche de enero. Algunos vecinos del Fénix habían sacado las reposeras a la vereda para enfrentar cara a cara el poco aire fresco que ofrecía la noche. En la esquina de Laprida y Salta, ese clima cotidiano se quebró de golpe: una ráfaga de disparos atravesó el silencio y despertó a la noche.

Paolo De la Fuente, conocido como “el Pampa”, volvía de jugar al fútbol. Iba en moto y acababa de dejar a un amigo en su casa. Mientras circulaba, un Volkswagen Vento lo chocó de atrás y lo arrastró más de 20 metros. Del auto bajó un hombre. No hubo palabras, solo balas. Apretó el gatillo al menos quince veces y los disparos impactaron en las piernas de Paolo. En ese momento, este hombre, cambiaba la vida de otro para siempre. Se subió al auto y se fue. Paolo quedó herido y desconcertado. Sin entender qué había ocurrido.

Desde el comienzo, se habló de un ataque por error. La principal hipótesis indica que fue confundido con otra persona que vive a pocos metros del lugar del hecho, de contextura física similar y dueño de una moto del mismo modelo y color.

El mensaje que no llegó

“Todavía espero su mensaje”, dice Jonatan “Tato” Astrada, amigo de Paolo, y la última persona que lo vio antes del ataque. Se conocían desde hacía doce años, y los unía el fútbol. Aquella noche habían perdido el partido y el ánimo estaba bajo. Paolo lo dejó en su casa y le prometió avisarle cuando llegara. Ese mensaje nunca llegó. “No conocía la maldad. Era bueno de verdad. Lo quería todo el mundo”, resume Tato aún sin entender el final de su amigo.

Balas por todos lados”

Víctor Bernal había estado comiendo un asado en el río con su familia, entre ellos, la hija de Paolo, su ahijada, de 7 años. Víctor, primo de la víctima, recuerda con detalle que iba por calles Perón y Aníbal Ponce y recibieron un llamado de Paolo. “Nos dijo que había tenido un accidente, que no fuéramos con su hija. Lo repitió muchas veces.”, dice Víctor a Otro Punto. “Pensamos que era un choque, nada más”, recuerda. “Cuando llegué vi muchos policías. Paolo estaba en el suelo, ensangrentado, y la moto seguía parada. Me decía que estaba bien. Preguntaba todo el tiempo por su hija”. Víctor se agachó para tranquilizarlo y pisó un casquillo de bala. “Ahí me quedé helado. No entendía nada. Le señalé el casquillo a un policía y me dijo: ‘sí, lo balearon’. Cuando miré el piso había balas por todos lados”. Allí comenzó el desconcierto. Asegura que nunca imaginó vivir una situación semejante. “Nosotros somos gente de bien, nunca le hemos hecho mal a nadie. Era todo muy raro. Mientras esperábamos la ambulancia, le pregunté qué pasó y me dijo que no sabía quién era el que le disparó, y que no entendía por qué. Llegó la ambulancia, y alguien le corta las medias de fútbol. Ahí vimos que sus piernas eran hueco por todos lados, le brotaba la sangre. Fue desesperante”, recuerda Víctor con un hilo de voz, y sigue: “En la ambulancia me repetía que no conocía al que le disparó, que nunca lo había visto en su vida. Me pidió que cuidara a Emi, su hija. Llegamos al hospital y entró al quirófano”, rememora. Familiares de Paolo aseguran que desde el primer momento creyeron que se trataba de un error. Nada tenía sentido. “Nos sentimos desprotegidos. No sabemos casi nada de la persona que lo baleó. Vecinos del lugar nos dijeron que este hombre no estaba solo, que había una mujer en el auto”, mencionó el primo de la víctima.

El dolor, una sombra

Durante trece días, Paolo luchó. Nunca salió de la terapia intensiva. En ese espacio se alojó el dolor como una sombra que acompañaba día y noche. Paolo libró una batalla silenciosa. Su familia no perdía la esperanza. Se aferraban a la fortaleza que siempre lo había caracterizado. Pero el daño era profundo. Una de las balas había perforado una arteria y había perdido mucha sangre. Se fue apagando lentamente, la vida lo fue abandonando. Sus riñones dejaron de funcionar, luego sus intestinos.

Lucrecia Méndez, su esposa, acompañó cada hora con el sufrimiento respirándole encima. La tristeza tenía un peso que solo ella conoce. De su muñeca colgaba un rosario blanco que recibió mil plegarias. Su vida se detuvo esa noche cuando supo del ataque. “Paolo es tan bueno. Nunca buscaba una pelea, siempre buscaba el diálogo”, repetía con la voz desanimada. Le cuesta centrar la mirada. Sus ojos ya se cansaron de llorar. Repite que su esposo no era el blanco esa noche. “Fue un error. La persona con la que tenían el problema vive a unos metros de donde ocurrió el hecho. Tiene contextura física similar a Paolo y una moto parecida. Lo confundió, lo vio pasar y sin pensarlo lo chocó, lo arrastró y le disparó. Nos destruyó. Necesitamos justicia”, clamaba Lucrecia desde los pasillos del hospital.

Paolo tenía una sonrisa franca. Mostraba todos sus sientes y achinaba algo los ojos cuando reía. Disfrutaba de correr tras la pelota y de estar en familia. La alegría era una característica propia de su personalidad. Había nacido en Colonia Barón, La Pampa, y había llegado a Río Cuarto hacía 13 años, buscando un lugar en la Liga Regional de Fútbol. Era ayudante de campo y entrenador de arqueras en el club Alberdi. Desde hacía 10 años trabajaba en el depósito un supermercado y hacia un tiempo lo habían nombrado encargado de máquinas. Era un tipo feliz. Disfrutaba de lo simple y andaba por la vida sin miedo.

Inexplicable

Brian Agustín Vilches ahora está acusado de homicidio agravado. Por el apartamiento de Daniel Miralles, la causa queda a cargo del fiscal de Laboulaye, pero sigueen Río Cuarto.

Tras el hecho, comenzó la investigación. En el marco de tres allanamientos en barrio Alberdi y Abilene se detuvo a un hombre de 26 años, Braian Agustín Vilches, sospechado de ser el autor material del hecho. Tras la muerte de Paolo, cambió la carátula del caso y está acusado de homicidio calificado por el uso de arma. En los procedimientos, también secuestraron dos armas de fuego, un vehículo, prendas de vestir, 81 cartuchos, dos celulares y dos cargadores. El imputado será indagado en los próximos días por el fiscal de Laboulaye, Diego Vásquez, tras el apartamiento del doctor Daniel Miralles. La principal hipótesis sostiene que la víctima fue confundida con otra persona.

Por Paolo y por todos

El mismo día en que su vida se apagó, se encendió el reclamo. Familiares, amigos y vecinos marcharon en silencio por las calles de la ciudad. Velas blancas, carteles pidiendo justicia y un dolor compartido que avanzó a paso lento. El lamento caminaba con la gente. No hubo gritos. Bastaba levantar la mirada y observar los rostros: las alumnas de fútbol de Paolo, sus vecinos, sus amigos conteniendo la indignación y resaltando su don de gente y lo injusto de su final.

Paolo quería vivir y murió sin entender por qué. Su familia busca respuestas en una ciudad donde la violencia está enquistada. Pedir justicia por él es reclamar algo más profundo: que ninguna vida sea el blanco. Por Paolo, y por todos.

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