Heraldo Lisa, el señor de los caballos
Un riocuartense en la
meca de los pura sangre
Formado en la Universidad Nacional de Río Cuarto y sin saber inglés, Heraldo Lisa dio su primer salto al mundo a mediados de los años noventa, cuando aterrizó en Londres sin Google Maps, sin traductor y con un teléfono público como única guía. Desde aquel inicio a ciegas, construyó una carrera internacional en la cría de caballos pura sangre que hoy lo lleva a trabajar entre Argentina, Europa y Arabia Saudita, con una convicción intacta: abrir camino y formar a los que vienen detrás.
El aeropuerto londinense de Heathrow no tenía nada de glamoroso para un riocuartense que apenas podía defenderse con “cuatro cursos de inglés”. No había una pantalla en el bolsillo para traducir, no existía esa costumbre de abrir un mapa y seguir puntitos en tiempo real. Había, en todo caso, una valija, un frío que no se parece al nuestro y la certeza de que, para avisar “ya llegué”, había que encontrar un teléfono público y animarse.
Heraldo Lisa se acuerda de esa imagen como quien repasa el primer fotograma de una película que todavía se sigue filmando. “Año 93, 94… llegar a Londres, al aeropuerto de Heathrow, con cuatro cursos en inglés, abrir la puerta y tener que levantar un teléfono público y decir: ‘ya llegué, vengan a buscarme’”, cuenta. Y, aunque lo dice con humor, ahí está la clave: lo que hoy parece una anécdota pintoresca fue, en realidad, el instante en el que el mundo empezó a abrirse.
En esa época —lo repite más de una vez— no había internet como lo entendemos ahora. “No existía Google, no había traductor, y en la universidad casi nadie hablaba inglés. Los libros que llegaban sobre lo que pasaba en el mundo muchas veces ni siquiera estaban traducidos”, recuerda. Viajar, para alguien del interior, era también saltar sin red.

“Éramos cuatro locos con los caballos”
La historia no arranca en Londres. Arranca en Río Cuarto, en los pasillos de la Universidad Nacional, en una facultad donde la brújula de la época apuntaba con fuerza a la producción, y donde el “mundo caballo” parecía un gusto raro. “Entré en 1986… la universidad estaba muy orientada al tema productivo y los que nos gustaban los caballos éramos cuatro locos”, recuerda.
Ese detalle explica mucho. No venía de una región identificada con la cría profesional de caballos. “No es como la provincia de Buenos Aires, en la zona de Capitán Sarmiento, donde están todas las haras”, aclara. Por eso, cuando menciona a sus primeros referentes, lo hace con gratitud de origen. El doctor Luis Losinno fue quien, desde la universidad, empezó a contagiar entusiasmo y a formar equipos. “Más que darnos respuestas, nos sembraban curiosidad, ambición, esa cosa de no quedarse con el metro cuadrado, sino salir y buscar”, dice.
Ahí aparece una idea que atraviesa toda su historia: el impulso no vino tanto de saberlo todo, sino de querer aprender más.
Capitán Sarmiento: “jugar en primera”
Antes de graduarse, una oportunidad terminó de ordenar ese deseo. “Me voy a trabajar al corazón de la cría del caballo de carrera en Argentina, que es Capitán Sarmiento”, cuenta. Y lo traduce sin vueltas: “jugar en primera”.
Allí aparece otro nombre clave: el doctor Diego Benegas, a quien define como su padrino en el oficio. “Yo ya tenía los conocimientos de la universidad, pero con él aprendí a trabajar”, resume. Aprender a trabajar, en su lenguaje, es algo más profundo que lo técnico: es entender el ritmo del campo, la responsabilidad sobre cada animal y la exigencia de un ambiente donde el error se paga caro.
Pero incluso en ese contexto, la inquietud seguía intacta. La pregunta era siempre la misma: ¿qué pasa afuera?, ¿dónde se hace esto de la mejor manera?, ¿hasta dónde se puede llegar?

El australiano que lo lanzó al mundo
La respuesta llegó en un lugar que mezclaba ciencia y campo, cuando la transferencia embrionaria en caballos recién daba sus primeros pasos en Argentina. A comienzos de los años noventa, esa técnica era casi experimental. Allí conoció al australiano Rob Pashen, quien terminaría de empujarlo a cruzar fronteras.
“Si querés ver el mundo, estudiá inglés. No, no: estudiá más. Yo te voy a presentar al mundo”, le dijo. Y no fue una frase hecha. En 1995, Heraldo viajó a Inglaterra para hacer una residencia en Newmarket, la capital europea de los caballos de carreras, el lugar donde la actividad se respira como cultura.
Ahí empezó a tomar forma un modo de vida que todavía sostiene: trabajar por temporadas, seis meses en un hemisferio y seis en el otro, combinando Europa y Argentina según el calendario reproductivo. Una carrera construida a caballo del tiempo, el campo y la curiosidad.
Argentina, una potencia que se explica desde el campo
Cuando se le pregunta cómo es vista Argentina en el mundo del caballo, Heraldo no duda, pero tampoco exagera. No habla desde el orgullo vacío, sino desde la experiencia de haber trabajado en distintos países y comparar. “La cría del caballo de polo es algo muy argentino”, dice. Y enseguida amplía: no se trata solo del animal, sino de una manera de hacer.
Argentina —y en menor medida Chile y Uruguay— construyó una identidad propia en torno al caballo desde el campo, desde la vida rural. No desde laboratorios ni grandes centros urbanos, sino desde la lógica del trabajo cotidiano. “Todo nace del campo, del puestero que tenía una tropilla de yeguas, del tipo que trabajaba en la feria y después domaba un caballo”, explica.
Ese origen, casi artesanal, fue el punto de partida. El polo, al principio, no era un espectáculo global: era una excusa de fin de semana, un asado, cuatro amigos y una cancha improvisada. Pero con el tiempo, esa cultura se volvió sistema. Y ese sistema, potencia. “Hay zonas en el mundo donde se crian caballos muy bien: Kentucky en Estados Unidos, Normandía en Francia, Irlanda, Inglaterra… y La Pampa”, enumera. No lo dice como consigna, sino como dato. “Tenemos una bendición para criar caballos”, resume.
A ese escenario natural se le sumó algo decisivo: el saber hacer. El modo argentino de tratar al animal, de montarlo, de entrenarlo, de entenderlo. “Eso no se aprende en un libro”, sugiere. Y ahí aparece otra idea clave de su relato: con el caballo se construye un vínculo.

La tecnología, contada sin bata blanca
Cuando Heraldo habla de tecnología, lo hace sin solemnidad. No desde el laboratorio, sino desde la lógica del cuidado. “Nosotros entramos cuando se empezó a aplicar tecnología a la cría”, cuenta. Y explica el corazón de su trabajo sin tecnicismos: la transferencia embrionaria. Dicho simple: una yegua excepcional —deportiva, genética, económicamente— no tiene por qué dejar de competir para tener una cría. Otra yegua puede llevar adelante la gestación, mientras la campeona sigue en actividad. “Preservás el capital”, resume.
Pero enseguida corre la mirada del dinero. “El parto es un momento traumático para todas las especies. Se muere una mujer en un parto, se muere una yegua en un parto”, dice, sin dramatismo, como quien habla de la vida. La tecnología, en ese sentido, no aparece como lujo, sino como una forma de cuidar lo que llevó décadas construir.
Ese enfoque —mezcla de ciencia y sentido común— es lo que le permitió moverse con naturalidad entre distintos países y culturas. “Siempre hice lo mismo, en distintos lugares”, explica. La tarea cambia poco; lo que cambia es el contexto.
Arabia Saudita: otro mundo, la misma lógica
La llegada a Arabia Saudita no fue un plan de carrera minuciosamente diseñado. Fue, otra vez, curiosidad y oportunidad. Cerca de cumplir 50 años, Heraldo sentía que le faltaba una experiencia. “Yo quería ser parte del mundo de Oriente Medio”, admite. El contacto llegó de la manera más simple: una publicación en redes sociales de un colega argentino, también formado en Río Cuarto. “Están buscando gente para hacerse cargo de la cría”, decía. Mandó su currículum, pasó el proceso y, en enero de 2017, estaba trabajando allí. “Empezás mañana”, le dijeron.
Hoy viaja por temporadas entre España y Arabia Saudita, trabajando con caballos árabes. Un universo distinto, con concursos de belleza, carreras en el desierto y una relación cultural muy fuerte con el animal. “El árabe no concibe tener un caballo solo para mirarlo”, explica. Puede competir, correr 160 kilómetros o pisar un hipódromo. Pero siempre hay una idea central: cada yegua tiene que tener su potro. No es un negocio de volumen. Es casi una cuestión afectiva. Y ahí, otra vez, su trabajo encuentra sentido.
El hambre intacta y los que vienen detrás
Cuando se le pregunta por el futuro, Heraldo no habla de retiro ni de descanso. Habla de hambre. “Sigo con la misma ilusión que cuando empecé a los 20 o 22 años”, dice, casi sorprendido de escucharse a sí mismo. Lejos de apagarse, la curiosidad parece haberse multiplicado con el tiempo. Tiene proyectos, desafíos profesionales y objetivos que todavía no tachó de la lista. Pero hay algo más que hoy ocupa un lugar central en su cabeza: formar equipo. “No quiero cerrar mi capítulo profesional sin haber dejado todo esto en alguien. No en uno solo, en un grupo”, explica.
Ese grupo ya existe. Son pibes jóvenes, muchos del interior, algunos recién recibidos, otros dando sus primeros pasos. Los ve, se reconoce en ellos y los acompaña. “Los agarro de la mano, me los llevo a Europa, van a Arabia…”, cuenta. No como promesa épica, sino como algo que ya pasa. Porque sabe —lo vivió— que el trabajo pesado es animarse a salir la primera vez.
Hay en ese gesto una devolución silenciosa. “Cuando llegué a Londres, al aeropuerto, con cuatro cursos de inglés, el miedo era enorme”, recuerda. Hoy, ese miedo se lo quiere ahorrar a otros. No solo enseñándoles el oficio, sino también cómo moverse en el mundo, cómo plantarse, cómo no achicarse por venir del interior del interior acá, en el sur del planeta.
En ese punto, su historia deja de ser individual. Se vuelve colectiva. “La forma de trabajar del argentino del interior, con buena formación profesional, hoy es muy buscada en el mundo”, dice con orgullo. Y no habla desde la teoría: lo ve todos los días.
Quizás por eso, cuando mira hacia atrás, no enumera países ni cargos. Piensa en el camino. En esa semilla que le plantaron cuando tenía 17 o 18 años y que nunca se apagó. En el teléfono público de Heathrow. En el campo. En los caballos como excusa para viajar. Y en la certeza de que, desde Río Cuarto, también se puede conquistar el mundo. Pero, sobre todo, volver para contar cómo se hace.


