Felices fiestas, con los pies en la realidad

Tiempo de balance, memoria y definición sobre qué vínculos, derechos y valores estamos dispuestos a defender frente a la intemperie política y social. Un brindis por una Navidad que deja de ser solo una celebración íntima para convertirse en un espejo colectivo.

Hay navidades que invitan al brindis liviano, y hay otras —como esta— que nos empujan a pensar qué estamos defendiendo cuando decimos “felices fiestas”. Transitamos un momento en el que la sociedad se mira a sí misma y decide qué conserva, qué suelta y qué está dispuesta a proteger.

Este año, la Navidad llega en un contexto de intemperie social. Un tiempo en el que se visualiza una política no solo administrativa, sino que impugna. Impugna derechos, desacredita consensos históricos y somete a sospecha cada conquista social como si fuera un privilegio ilegítimo. Una ofensiva que no avanza de una vez, sino por desgaste, por reiteración, por cansancio.

Pero aquí el problema aparece cuando se intenta convencernos de que los derechos son un exceso, una carga, una anomalía del pasado. Cuando se habla de “modernización” para justificar la precarización laboral, de “eficiencia” para recortar políticas de discapacidad, o de “libertad” para debilitar el sistema de salud pública. Lo que está en juego no es una reforma técnica, sino una redefinición del contrato social.

El ataque al mundo del trabajo es quizás el ejemplo más claro. Bajo la promesa de generar empleo, se propone desarmar protecciones básicas: flexibilizar jornadas, licuar indemnizaciones, limitar el derecho a huelga, debilitar la organización sindical. No se trata de una discusión abstracta, sino de decisiones que impactan en la mesa familiar, en la previsibilidad de un ingreso, en la posibilidad de proyectar una vida. Cuando el trabajo pierde dignidad, la sociedad se fragmenta.

Algo similar ocurre con el tema de la discapacidad. A pesar de los rechazos legislativos, el gobierno insiste una y otra vez en recortar, revisar, condicionar derechos que no son concesiones, sino conquistas construidas con décadas de lucha. Cada intento de ajuste vuelve a colocar a las familias en un estado de alerta permanente. Y no es casual, sigue siendo ese mismo desgaste emocional como forma de disciplinamiento.

Así, la Navidad adquiere otro espesor. No es solo celebración; es memoria. Memoria de lo que costó conquistar derechos laborales, sistemas de salud inclusivos, políticas de cuidado. Memoria de que nada de eso fue gratis ni espontáneo, sino producto de organización, conflicto y consenso democrático.

En este clima de desprotección nace la invitación de atrincherarse en el frente interno. Volver a la familia, a los afectos, a los vínculos que sostienen, como estrategia de supervivencia. Porque cuando el Estado se retira, cuando el discurso oficial desprecia lo colectivo, los lazos se vuelven trinchera. Defender la mesa compartida es defender la idea de que nadie se salva solo.

El desafío, hacia adelante, será transformar ese refugio íntimo en energía colectiva. Que el abrazo no sea solo consuelo, sino un punto de partida para defender derechos desde el sentido común, en las conversaciones familiares, en la negativa a naturalizar el retroceso.

Esta Navidad no pide ingenuidad; pide lucidez. Pide entender que lo que hoy se presenta como ajuste necesario mañana será vacío social. Y que frente a un proyecto que desprecia lo común, defender los derechos es un acto de amor político.

Quizás de eso se trate brindar este año; por los vínculos que nos sostienen, por la memoria que nos ancla y por la decisión —todavía intacta— de no entregar sin pelea lo que tanto costó construir.

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