Franco Agamenone
La paternidad llegó con un título
Campeón otra vez después de dos años y padre por primera vez en mayo, Franco Agamenone vive un momento donde el tenis y la vida se mezclan de un modo nuevo. Desde Lecce, su casa en el sur de Italia, el riocuartense cuenta cómo la llegada de su hija lo reordenó por dentro y le devolvió el disfrute: “Si lo hiciera por plata, ya lo habría dejado hace muchísimo”. Hoy, con el 313° puesto del ranking mundial y la cabeza en equilibrio, entiende que las victorias no solo se dan dentro de la cancha.

El 21 de septiembre de 2025, Franco Agamenone levantó los brazos en Rumania y se permitió un gesto que hacía tiempo no tenía: sonreír con calma. Habían pasado dos años desde su último título en el circuito ATP Challenger. En ese mismo lapso, había pasado también algo mucho más grande: había sido padre. “Fue como si todo se acomodara —dice—, como si necesitara que pasara eso para que volviera a disfrutar”. No lo dice con épica, sino con una serenidad nueva, la que deja entrever que, a veces, los triunfos llegan cuando uno deja de perseguirlos.
Quizás no sea casual que el título del Challenger de Targú Mures 2 coincidiera con su regreso pleno a las canchas y con una etapa personal distinta. “Siempre escuché que cuando nace un hijo cambia todo. Pero hasta que no lo vivís, no entendés lo que significa”, cuenta desde Lecce, la ciudad del sur italiano donde vive con Alfonsina, su novia, y su pequeña hija Faustina. Y ahí está la síntesis: entre aviones, entrenamientos y madrugadas sin dormir, Franco encontró un punto de equilibrio que le devolvió el sentido al tenis. Como si el circuito y la familia, lejos de competir entre sí, se hubieran convertido en los dos lados de una misma victoria.

“Antes pensaba más en mí”
Cuando habla, Franco lo hace sin poses. Se toma pausas, como si necesitara procesar cada idea antes de soltarla. “El nacimiento de mi hija fue lo que más me marcó en la vida. Me cambió las prioridades. Antes pensaba más en mí, ahora pienso en ellos primero. En ella y en Alfonsina”. La frase no suena a renuncia, sino a liberación: no todo pasa por el resultado, ni por el ranking, ni por la presión de sumar puntos cada semana.
“Con un hijo empezás a ver todo distinto. A veces me voy de viaje y la extraño, o me pierdo momentos. Pero también eso me da fuerza. Me hace valorar lo que tengo, disfrutar más los ratos juntos y entender por qué hago esto”, cuenta con convicción el tenista.
En ese redescubrimiento, Franco volvió a encontrar el sentido del sacrificio. “Si lo hiciera por plata, ya lo habría dejado hace mucho —confiesa—. Lo hago porque amo este deporte. Pero ahora lo vivo con otra cabeza. Juego con más libertad. Si pierdo, pierdo. Si gano, disfruto más”.
El circuito lo había llevado por etapas de frustración, lesiones, y ese desgaste invisible que sólo entiende quien vive con la valija armada todo el año. En el medio, una rotura en el ritmo, dudas, y la necesidad de volver a reencontrarse con su juego y su entorno. Hasta que algo se reordenó.

“Necesitaba volver a disfrutar”
El cambio no fue sólo emocional. Franco lo trabajó de forma consciente. “Volví a hacer terapia con una psicóloga argentina que me había ayudado antes. Sentía que no estaba disfrutando, que todo era una obligación. Con ella pude limpiar la cabeza, volver a enfocarme en el tenis desde otro lugar”.
La decisión de regresar a Lecce, donde entrena habitualmente y donde se asentó en su llegada a Europa tras la pandemia, también fue parte del proceso. Volver a un entorno conocido, rodearse de su equipo y, sobre todo, recuperar cierta estabilidad. “Necesitaba bajar un cambio. El tenis es muy exigente, estás todo el tiempo comparándote. Si no ganás, parece que no servís. Y no es así”.
Ese trabajo mental y esa serenidad interior se tradujeron en resultados: campeón en Rumania, sin ceder sets y con una autoridad que hacía mucho no mostraba. Pero lo que más rescata de esa semana no fue la copa. “En Targú Mures volví a sentirme competitivo, a sentir que podía jugar relajado, disfrutar los puntos. Y eso me devolvió la confianza”.
De hecho, ni siquiera habla del título como un renacer deportivo. “No sé si fue renacer. Fue más reencontrarme. Saber que estoy bien, que el trabajo tiene sentido. Que puedo jugar sin pensar todo el tiempo en lo que viene después.”

“El ranking ya no me define”
Hoy Agamenone es 313° del mundo en singles y 286° en dobles. Estuvo mucho más arriba —su mejor ranking en singles fue el 108° en 2022—, pero la diferencia, dice, no la marca el número. “Antes el ranking me pesaba. Era como una mochila. Pensaba en volver rápido al top 100 y me apuraba. Ahora aprendí a no mirar tanto eso. Quiero ir paso a paso, jugar mi tenis y disfrutar del proceso”.
A sus 32 años, Franco entiende que el desafío ya no es sólo físico o técnico. Es mental. Saber cuándo parar, cuándo descansar, cuándo no forzar más allá de lo necesario. “Antes no podía hacerlo. Si tenía una semana libre, me desesperaba. Hoy si puedo estar en casa, aprovecho. Porque sé que eso también me hace mejor jugador.”
En ese nuevo orden, Lecce es mucho más que su lugar de residencia: es su refugio. “Allá tengo todo armado. Mi entrenador, mi equipo, mi rutina. Pero también tengo a mi familia. Eso hace que pueda estar tranquilo, enfocado. Cuando viajo, viajo con la cabeza limpia. Eso vale más que cualquier punto ATP”.
“La vida pasa rápido, y no quiero perdérmela”
Hay algo de madurez, pero también de ternura en su manera de hablar. A veces se ríe de sí mismo cuando recuerda cómo era antes: más obsesivo, más exigente, más cerrado. “Creo que me tomaba todo demasiado en serio. Hoy me lo sigo tomando en serio, pero no al extremo. Porque entendí que la vida pasa rápido. Y no quiero perdérmela”.
En ese sentido, la paternidad no lo alejó del tenis. Lo acercó a él desde otro lugar. “Siento que ahora tengo más motivos para hacer las cosas bien. No sólo por mí, sino por ellos. Me gusta que mi hija me vea jugar, aunque no entienda nada todavía. Pero algún día lo hará, y eso me motiva”.
Su discurso se aleja del lugar común del sacrificio y la entrega. Franco no habla de renuncias, sino de elecciones. “A veces en el tenis todo se mide por resultados, y no siempre es justo. Yo tuve etapas buenas, otras malas. Pero mientras pueda seguir compitiendo, mientras me levante con ganas de ir a entrenar, ya estoy ganando”.

“Ganar distinto”
El título de Targú Mures fue, en apariencia, una vuelta al éxito. Pero en realidad fue otra cosa. Fue la confirmación de que puede ganar de otra manera. “Ya no juego por demostrar nada —dice—. Juego porque me gusta, porque me hace bien, porque me desafía”.
A la distancia, todo encaja: el esfuerzo, la pausa, la cabeza limpia, y esa pequeña coincidencia que le cambió la vida. “Es loco, porque nació mi hija y a los pocos meses gané de nuevo. No sé si está conectado, pero siento que algo se movió. Que la vida me dio una energía distinta”.
Y ahí está, quizá, la clave de todo. En ese equilibrio improbable entre los aeropuertos y los juguetes, entre la rutina de la gira y las primeras sonrisas. Como si la vida y el tenis, al fin, hubieran empatado el marcador, algo imposible en el tenis.
Por eso cuando Franco mira hacia adelante y habla de volver al top 100, lo hace sin ansiedad. Sabe que ese será sólo otro número. Lo importante ya lo tiene: una razón, un sentido, un lugar al que volver después de cada torneo.
“Ahora disfruto más otras cosas”, dice y se percibe la sonrisa en su rostro. No hace falta que lo explique más. Porque a veces, en el tenis y en la vida, ganar tiene otro sentido. Y Franco Agamenone lo está entendiendo a la perfección.


