A 50 años del Golpe de Estado

Pepi Dillon, la voz de una historia que no se calla

La cantante y artista Victoria “Pepi” Dillon volvió a Río Cuarto en una fecha que atraviesa su historia personal y también la historia colectiva del país. La artista se presentó en el Patio de la Memoria con su show Cielo Rojo. Pero su presencia en la ciudad no fue solo artística: Pepi es hija de desaparecidos, nació en cautiverio, fue criada por su abuela Susana Dillon (Madre de Plaza de Mayo, escritora riocuartense y una de las grandes referentes locales de los derechos humanos) y lleva esa historia en la voz, en el cuerpo y también en el arte.

Fotos: Santiago Mellano

Lo poco que sabe de su origen es que su madre dejó un papel con un puñado de datos sobre ella, una forma mínima de cuidado en medio del horror: “Cuando me llevan, dejan un papelito: me llamo María Victoria, me atendió un pediatra, soy sana, tomo tanta cantidad de leche”. Su nombre está cargado de significado: “Fui la única Victoria de mi mamá”, resume Pepi Dillon.

Su llegada a Río Cuarto posibilitó que pudiéramos desde Otro Punto, conocer a Pepi en profundidad: una historia, que resulta escalofriante y conmovedora. Su historia.  “Yo no soy recuperada. Yo nací en cautiverio”, dice.

Su madre fue secuestrada embarazada de seis meses junto a su padre en la zona de Los Sauces. Pepi nació el 1 de marzo de 1978 y días después fue devuelta a su familia materna. “Hubo cinco días que no se sabe qué pasó conmigo, eso no lo sabré. Yo nazco el 1 y llego el 5. Yo no sé si estuve con mi mamá, si no estuve, dónde estuve, qué pasó ahí”.

La crió su abuela Susana Dillon junto a otra “abuela postiza”, Micaela Vijande, también Madre de Plaza de Mayo de Río Cuarto. Lo que hubo entre ellas fue mucho más que un vínculo de crianza. “Yo creo que ambas nos salvamos la vida”, dice Pepi.

-¿Cómo era el vínculo con tu abuela?

-Era hermoso. Mi abuela estaba atravesando una angustia enorme por la desaparición de su hija embarazada, y mi llegada la corrió un poco de ese dolor tan devastador. Ella misma siempre me decía que yo la había puesto en otro plano, porque de repente tuvo que ocuparse de cosas concretas: cambiar pañales, hacerme dormir, alimentarme, cuidarme. Eso le cambió el foco, aunque fuera en parte, de la angustia que estaba viviendo. Yo siento que ambas nos salvamos la vida. Y creo que yo también representaba algo de lo que ella había perdido. Por eso, desde muy bebé, me aferré a ella como un marsupial. Yo también debía necesitarla profundamente, después de esa sensación de abandono tan primaria que seguramente quedó marcada desde mi nacimiento. Así fue como nos encontramos y ya no nos soltamos más.

Hablar de Susana Dillon es hablar también de una referencia insoslayable de la memoria en Río Cuarto. Pepi la describe como “una luchadora, una mujer muy comprometida, muy coherente” y la recuerda convirtiendo su casa de calle Moreno en una oficina informal de derechos humanos cuando todavía no existía una institucionalidad que contuviera esos reclamos. “Mi abuela, esto de que su departamento era casi como una Secretaría de Derechos Humanos, cuando todavía no existía una institución de derechos humanos”, cuenta y agrega: “Cualquier persona que le habían vulnerado algún derecho, pasaba por la casa de mi abuela a pedirle ayuda, un consejo o orientación ”. También la vio militar, viajar a Buenos Aires, participar de las marchas, tener vínculo con distintas líneas de Madres y sostener una vida entera dedicada a la búsqueda y al acompañamiento.

-¿Cómo te fuiste enterando de todo lo que estaba pasando, tu abuela te contaba la situación?

-Al principio, creo que los seguíamos esperando. Recuerdo que a los tres años, un día de lluvia, estaba mirando por la ventana en la casa de mi abuela, en calle Moreno, quizás un poco aburrida, y le pregunté: ‘¿Van a volver mis papás?’. Y ella me dijo que no, que no iban a volver. A partir de ese momento me quedé callada y dejé de preguntar durante mucho tiempo. Supongo que también fue una manera de resguardarme. Pensar hoy qué proceso podía hacer una cabeza de tres años frente a algo así es muy difícil. Después, ya en la adolescencia, empecé a pedir mucha más información. Ahí me fui involucrando más con el tema, me animé a preguntar más cosas. Evidentemente, estaba más preparada para escuchar.

Mi abuela era de las que pensaban que me iba a ir respondiendo en la medida en que yo preguntara, sin darme una sobreinformación de golpe. Y también era algo muy difícil para ella. Entonces, a partir de la adolescencia empecé a ir más hondo con las preguntas.

Cuando Pepi estaba entrando en su juventud, llegó el juicio de La Perla. Fue entonces cuando conoció detalles estremecedores sobre el destino final de sus padres. “Me enteré de un montón de cosas muy horrorosas del final de ambos, que hubiera preferido no saberlas. Lidiar con todo ese horror a nivel psíquico y emocional fue duro”, recuerda.

Ese proceso fue todavía más movilizante porque, en ese momento, Pepi estaba embarazada de cinco meses. Durante una de las audiencias, una periodista que cubría el juicio retomó el testimonio de una testigo que relataba que su madre había sido torturada mientras estaba embarazada. La coincidencia la atravesó de una manera devastadora: era 10 de marzo, el cumpleaños de su mamá, y ella cursaba exactamente el mismo estadio de embarazo.

“Yo estaba embarazada de cinco meses, en el mismo estadio que mi mamá, y fue demoledor. Esa tortura, por supuesto, la había recibido mi mamá, pero yo estaba adentro. Y eso pudo haber tenido consecuencias. Todo me afectaba más, porque me sentí muy identificada”, dice.

¿Qué te ayudó en todo ese proceso? ¿El arte, hiciste terapia?

-Sí, hice terapia siempre, desde hace muchos años. Y el arte, para mí, fue una especie de cable a tierra, una forma de conexión con la vida. También fue un espacio muy propio, muy mío, donde pude ir descubriéndome y construyendo mi identidad. Mi abuela era una mujer muy ligada a las letras, y desde muy chica viajamos mucho juntas por toda Latinoamérica. Ella iba buscando libros, autores, cosas que le interesaban, y yo la acompañaba. Incluso la ayudaba a encontrar cosas, porque para mí también era un juego. En esos viajes, además, fui descubriendo la música. Me encantaba ir a los lugares donde vendían cassettes y mirar qué había. Uno de los primeros que me compré fue de los Wawankó, la cumbia colombiana por excelencia. Entonces, en medio de todo ese recorrido, el arte y la música fueron apareciendo como una forma de sostén, pero también como un camino personal de descubrimiento.

En 2015, la artista publicó un documental de su vida. En ese momento estudiaba Cine en Buenos Aires, lugar en el que reside al día de hoy. Quiso hacerlo como tesis de cine documental, aunque después entendió que el nivel de implicación emocional era demasiado alto. “Quería que fuera mi tesis y fue un error hacer una tesis de cine documental  en la que yo esté tan involucrada”, dice. Aun así, siente que el objetivo se cumplió: “Era ir a recabar un poco quiénes eran mis viejos”. El viaje al lugar donde sus padres vivieron sus últimos tiempos la enfrentó con relatos fragmentarios, con huecos, con memorias ajenas y con el reconocimiento inesperado de quienes le decían que era igual a su madre. De su madre, admite, tiene una historia más armada. De su padre, en cambio, conserva menos datos. “Tengo relatos mucho más sólidos y más armados de mi mamá, desde su infancia hasta su militancia, y de mi papá tenía mucho menos”, explica. Sabe que él era de Córdoba capital pero con su familia paterna tuvo menos vínculo.

Uno de los momentos más intensos de esa reconstrucción personal fue su visita a La Perla, donde también cantó. Ocurrió en 2010, cuando fue invitada a participar de una jornada por el Día de los Derechos Humanos.

-¿Cómo fue para vos ese momento en que vas a La Perla a cantar?

-Yo al principio no quería ir por el dolor que pensaba que podía generarme. Pero me terminaron convenciendo porque fui invitada para ir a cantar. El impacto fue enorme. Era como entrar en un escenario gigante de mi propia historia. Apenas llegué, entré a una sala de exposiciones y lo primero que vi fueron fotos mías enormes, de un metro por un metro, que había hecho una compañera fotógrafa. Esas imágenes acompañaban una entrevista que me había hecho María, que en ese momento era directora de La Perla. En una de esas fotos estoy sosteniendo una ropita que me hizo mi mamá con su propio vestido, el mismo que tenía puesto cuando la secuestraron. Con esa tela me armó a mano una batita y un babero. Nunca llegué a usar esa ropa, seguramente porque ella imaginó que yo iba a nacer muy chiquita y no me entró. Pero para mí es un tesoro: lo tengo enmarcado, como uno de esos pocos objetos que quedan y que, para muchos hijos de desaparecidos, son parte de lo poco que conserva algo de esa historia y de ese vínculo.

“Fue como un ritual”, dice la nieta de Susana y agrega: “Hubo algo del orden emocional muy fuerte que fue poder hacer música en ese lugar”.

En esa jornada estuvo acompañada por Susana Dillon. Su abuela quiso entrar a “la cuadra”, el lugar donde estaban los detenidos. Pepi no pudo. “No, yo no entro”, le dijo. Pero Susana sí. “Yo necesito enfrentarme a este miedo”, respondió. La escena, años después, sigue intacta en su memoria. “Cuando salió, nos abrazamos, nos pusimos a llorar un rato”, recuerda. Pero fiel a su valentía y fortaleza, Susana cortó ese momento y le dijo: “Bueno, basta, ahora basta de llorar que tenés que hacer bailar a toda esta gente”.  Y fue así que pudo dar su concierto en ese lugar.

Pepi es madre de una nena de nueve años, Eloísa, y esa experiencia también modificó la manera en que piensa la memoria. Su hija pregunta, quiere saber, siente orgullo por la historia de su familia. Pero ella intenta dosificar esa información, protegerla. “Lo que un poco temor me da es cuando sea más grande y pueda meterse en internet y ver todo ese espanto que está todo subido”, admite. Por ahora elige otro camino: contarle historias, hablar de los viajes con Susana, mantener presentes a sus muertos desde una memoria amorosa. “Logramos que sus abuelos y su bisabuela Susana estén muy presentes de otra manera”, cuenta.

Cuando piensa en las nuevas generaciones, no cae en el pesimismo fácil. Cree que a muchos chicos la dictadura ya no los toca de manera directa, pero rescata el trabajo que se hace en las escuelas y la tarea docente como una de las grandes defensas contra el olvido. “Es muy fuerte el trabajo que se hace el 24 de marzo, es el mes de la memoria, se trabaja todo el mes en las escuelas”, dice. Ella misma participa de charlas y ve el impacto que produce su historia. “Quedan muy impactados, impactados bien, porque no les cuento las cosas horribles, pero sí lo entienden bien”. También por su trabajo en la ex ESMA ve de cerca ese movimiento constante de escuelas que visitan, preguntan y aprenden. Y para ella la memoria no puede pensarse por fuera del presente. “Tiene que ver con el ahora”, sostiene, y enlaza esa reflexión con el avance de la ultraderecha, con las semejanzas que encuentra entre este tiempo y otras etapas de la historia argentina.

Su mirada sobre la actualidad es clara y sin rodeos. “Yo creo que atacaron todo. Todo lo que podían atacar lo atacaron: discapacitados, jubilados, educación, derechos humanos, cultura”, afirma. Y advierte que esa ofensiva también fragmenta las luchas, dispersa, dificulta construir una respuesta común. En su caso, además, esa preocupación política se cruza con otras militancias, otras identidades y otras causas que también siente propias.

En paralelo, la música sigue siendo un refugio y su lugar de pertenencia. Después de una larga etapa al frente de Tumbamores, empezó una carrera solista cada vez más centrada en el bolero y la ranchera. “El bolero es más de escuchar y de sentir lo que estoy diciendo y cómo lo estoy diciendo en interpretación”, explica. Grabó “Demasiado Corazón” con apoyo del Instituto Nacional de la Música y desde entonces fue variando repertorios para no repetirse. Aunque compuso canciones, reconoce que lo suyo pasa más por la interpretación. “La interpretación no es solo cantar, no es solo reproducir algo que está hecho, sino también es pasarlo por tu corazón”, dice.

Cielo Rojo, el espectáculo que presentó en Río Cuarto, condensa bastante de esa búsqueda. El nombre proviene de una ranchera mexicana que interpreta junto al músico José Luis Piccinini, a quien define como “una cosa maravillosa” ya que sostiene que José arma versiones que van de un género a otro, con aires flamencos o las devuelven al bolero y eso las hace únicas.

Después de un 2024 durísimo (así lo define la misma Pepi), marcado por los despidos masivos en el Centro Cultural Conti, dentro de la ex ESMA, decidió llenar de fechas el año siguiente. “Fue un año muy desgastante, despidieron a 70 compañeros, fue demoledor”, explica. Frente a ese panorama eligió volver con todo a la música. “Vamos a hacer música porque es lo que nos va a salvar”, dice. Consultada sobre qué significa la música para ella, la cantante responde sin titubeos, con una sonrisa en la cara y a la vez, profundamente conmocionada : “la música me salvó la vida”.

Compartir

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio