Lucrecia Méndez es una mujer valiente. En su casa, eran tres. Ahora son dos. Su pareja, amigo y compinche hace dos meses que falta. Ya no aparece por la puerta con una margarita en la mano para ella y su hija cada día. Paolo de la Fuente (37) fue asesinado de la manera más cruel: recibió más de 15 balazos cuando volvía de jugar al fútbol. Hay un hombre detenido y la causa avanza. Pero una historia se detuvo de la manera más ilógica, por error. A dos meses, sigue el sinsentido de una vida que se apagó
Fotos: Santiago Mellano
Lucrecia Méndez tiene un brillo constante en sus ojos pardos, tan expresivos que dicen más que las palabras. Parecen un mar sereno a punto de explotar, a punto de desbordarse en lágrimas. Está vestida de negro y sonríe por momentos. El dolor la atraviesa a dos meses del crimen de su compañero, de su amor: Paolo de la Fuente.
Es miércoles a la tarde y el calor húmedo aquieta las almas de los riocuartenses. Nos sentamos en el tapial del frente de una escuela y unas florcitas blancas brotan en el aire, despidiendo su aroma. Lucrecia saluda con ternura. La tristeza camina con ella. Se sientan a la par.

“Este sábado va a hacer dos meses que murió Paolo. Es raro cómo pasa el tiempo. Parece que hiciera mucho más y por momentos, que fue ayer”, dice. Es una nueva vida la de ella y su hija Emily, de 7 años. “Diariamente es aprender a vivir de nuevo, pero te juro que muchas veces él se hace sentir, sentimos que está con nosotras. Cuando vamos a un lugar y se nos aparece de golpe un parajito, una mariposa, o una margarita. Él siempre nos traía margaritas de regalo cuando volvía del trabajo, todos los días. En un lugar insólito, de la nada, se nos aparece una margarita. Como si él estuviera acá”, cuenta mientras deja escapar una sonrisa abierta y mira hacia arriba, en señal de gratitud.
Su relato rápidamente revive los días de interminable angustia en el hospital. Nunca perdieron la ilusión de que Paolo se recuperara, hasta en los momentos más difíciles. “Fue tan intenso y tan duro lo que vivimos. Recuerdo la madrugada que llegué al hospital. Eran las 3 de la mañana. Entré a verlo y me preguntó por nuestra hija. Él estaba consciente a pesar de todos los impactos que tenía en su cuerpo y del dolor que debía haber sentido. Me dijo que no entendía por qué nos pasaba esto a nosotros. Yo solo quería que él viviera, era tan difícil hacerme la idea de estar sin él”, recuerda con tristeza.
Lucrecia asegura que siempre estuvo acompañada por la familia y amigos. Soñaba, despierta y dormida, con que él se recuperara. “Soñaba que iba a verlo y me esperaba despierto, sentado en la cama. Esperaba un milagro”. Ese milagro no pudo ser. Tras 13 días en terapia intensiva, su cuerpo no pudo más. Era demasiado el daño provocado.
En medio del dolor, tratar de entender lo sucedido parece imposible. “Lo que pasó es algo insólito, que no puede pasar. ¿Cómo podés entender que una persona sea baleada por error? No tiene explicación lógica para lo que era su vida. Una equivocación que le costó la vida, es inentendible”, dice.

Lucrecia confiesa que lo más difícil es ver los ojitos de su hija, que, aunque sabe lo que ocurrió, todavía esperan que su papá entre por la puerta. “Nos consolamos mutuamente. Hoy estamos aprendiendo a vivir de nuevo. Nada va a ser normal en nuestras vidas. Es muy triste lo que nos pasó”, comenta y agrega: “Emi sabe todo, se enteró de todo. Hay días que está mal y otros bien. Hubo días que levantaba fiebre de la nada. Ahora tiene acompañamiento psicológico para expresar sus emociones. Todo ayuda: sus amiguitos, la escuela, la familia. Es muy duro. Vivimos el día a día, no planificamos nada”.
Lucrecia tiene 34 años, el cabello negro ondulado y la piel blanca. Del cuello le cuelga una cadena plateada con un corazón que tiene alas. Con los dedos, se da vuelta ese corazón que insiste en ponerse de espada. Siempre al frente, como ella misma.
A modo de catarsis, no para de hablar. Tiene un tono amable y tierno, aunque hable de la tristeza más absoluta. “Ir a visitarlo al cementerio no se entiende. Uno no logra dimensionar que esté ahí, teniendo en cuenta que tenía una vida hermosa”, dice mientras las lágrimas brotan de sus ojos.
Se toma un momento, mueve las manos y continúa: “Paolo con Emily eran re unidos. Eran dos niños juntos. Se reían, jugaban. Él era tan alegre. Paolo nunca estaba enojado, ni siquiera esa noche… con lo que le había pasado, lo que estaba sufriendo, el dolor que debía haber sentido… Uno quizás se estaba muriendo de bronca por todo, y él estaba tranquilo”.

11 años juntos
Lucrecia y Paolo compartieron 11 años. Al principio fueron compañeros de trabajo, luego amigos y finalmente pareja. “Él era de La Pampa y se vino a trabajar a la ciudad. Trabajamos uno al frente del otro, nuestro jefe nos presentó, nos hicimos amigos y después novios. A los dos años nos juntamos y a los cuatro, decidimos ser papás. Fueron 11 años muy hermosos. Nunca hubo algo que nos pesara, disfrutamos un montón. Siempre teníamos planes: viajar, tener nuestra casa. Éramos muy amigos, además de pareja. Era la persona en quien más confiaba. Me quedaron tantas charlas pendientes”, asegura con nostalgia.
Paolo era un apasionado del fútbol, además de su trabajo en un supermercado, ayudaba en el club Alberdi como entrenador de arqueras. Ese día, que recibió la cruel ráfaga de disparos, volvía de jugar en su moto cuando un VW Vento lo chocó y un hombre descendió del auto y le disparó sin piedad en las piernas. Al menos 15 tiros impactaron. En la causa está detenido Braian Agustín Vilches, de 26 años, imputado por homicidio agravado por el uso de arma de fuego, por enseñamiento y alevosía.
El fiscal Javier Di Santo tiene a cargo la investigación. Lucrecia y su abogada querellante Victoria Albert fueron recibidas por él. Asegura estar conforme con su trabajo. “Hay una persona detenida. Queremos que se enfoquen en conocer si hay cómplices. Sabemos que no tienen la responsabilidad del hecho, pero si corresponde, que se haga justicia. Necesitamos que eso pase para que Paolo descanse en paz y nosotras podamos hacer el duelo y estar más tranquilas”, relata.

La fe que sostiene
Sin rencor, pero con firmeza, dice que todos los días piensa qué le diría al asesino de su pareja. “No logro dimensionar qué podría decirle a esa persona que me quitó una parte tan importante de mi vida. Sé que no lo haría desde la violencia, ni del odio, ni desde la falta de respeto. Odiar a una persona no me va a llevar a nada, y enseñarle eso a mi hija tampoco”.
Con el corazón herido, explica qué la sostiene cuando todo parece tan frágil. “Soy muy creyente, tengo fe y eso me ayuda mucho. No te voy a decir que no me duele, hasta me cuesta respirar algunos días. No puedo enseñarle a mi hija que con el odio y la bronca hacemos justicia. Paolo lo vería así, nunca le hizo mal a nadie, tengo que seguir su ejemplo”, dice con cierto alivio.

Se da vuelta el corazón del cuello y surge otra escena que dibuja quién era Paolo. “Un niño se acercó al velorio y me dijo que quería despedirse de él porque mientras su papá jugaba al fútbol, Paolo le enseñaba a atajar. Me conmovió. No sabés la cantidad de gente que fue a despedirlo, fue increíble. Volvía del trabajo y le llevaba cajas a una vecina que se dedica a juntar y vender cartones. Siempre que podía, ayudaba. Me enteré de un montón de cosas ese día…”, dice conmovida.
Las margaritas que antes traía Paolo se convirtieron en su huella. En cada flor que surge de manera inesperada, en cada gesto de cariño de quienes lo conocieron, él sigue allí. Aunque la violencia apagó su vida, no pudo borrar su legado de alegría.


