Vive en silla de ruedas y en la calle
El secreto que late en
la garita del Hospital
La mayoría de la ciudad “no lo ve”, pero desde hace más de un año Julio Alberto Irusta (71) vive en las afueras del hospital de Río Cuarto. Su casa es la calle y su cama, una garita de colectivo. La noche del lunes 13 de enero le robaron lo poco que tenía.

“No puedo ir a tomar un café con vos, primero tengo que bañarme”. Esa fue la primera frase que dijo Julio Alberto Irusta (71). No pidió dinero ni comida. Pidió dignidad.Aun así, mantiene un deseo simple: volver a tener una vida normal. Alquilar una pieza, recuperar autonomía, dejar de ser invisible.
Hace más de un año, la vereda del Hospital San Antonio es su casa, y su cama es la garita de la esquina de Guardias Nacionales y Rosario de Santa Fe. Irusta trabajó toda su vida en el campo. Empezó a los 13 años, realizando tareas duras, de esas que exigen el cuerpo hasta el límite. Durante décadas se sostuvo con su trabajo. Hoy, debido a la diabetes, ya no puede trabajar más. El cuerpo no responde como antes y las posibilidades se achican. Para peor, el lunes 13 de enero le robaron lo poco que le quedaba. No quiere ir a hogares ni refugios. “Estás todo el día encerrado y se quedan con toda tu plata”, explica. Lo que busca es un lugar propio.

En la charla con Otro Punto, Julio Irusta expresó su anhelo de hallar un techo propio.
La historia de Julio no es un caso aislado. Forma parte de una problemática social que en Río Cuarto se vuelve cada vez más compleja. Según explica Gastón Strazzi, licenciado en Trabajo Social, en la ciudad hay aproximadamente 70 personas en situación de calle, aunque el número varía a lo largo del año, ya que algunas llegan desde otras localidades de manera temporal. El crecimiento, señala, es sostenido desde la pandemia hasta la actualidad.
Las personas en situación de calle no permanecen en un solo lugar. Habitan la ciudad de manera dinámica: la terminal de colectivos, el puente carretero, el Parque Sarmiento, la vieja estación del Andino, bancos y cajeros automáticos. Estos espacios no son elegidos libremente, sino que responden a las posibilidades que se les habilitan desde las instituciones y las fuerzas de seguridad, y al derecho —o la negación del derecho— al espacio urbano que la sociedad les concede.
Desde hace un tiempo, Irusta se mueve en silla de ruedas. La diabetes avanzó y derivó en la amputación de una de sus piernas, una pérdida que marcó un antes y un después en su vida cotidiana. Desplazarse por la ciudad se volvió más lento, más difícil, y muchas veces depende de la ayuda de otros para sortear veredas rotas, cordones altos o calles en mal estado. Aun así, insiste en mantenerse autónomo, en no perder la capacidad de decidir por sí mismo. Para higienizarse, utiliza una canilla de agua fría ubicada en el exterior del hospital. Allí se baña, a la intemperie, tratando de resguardar su intimidad como puede.
“Hace falta restituir derechos básicos”
Para Strazzi, pensar que la calle es solo consecuencia de no tener vivienda es un error. Se trata de una problemática multicausal, atravesada por el contexto económico, político y cultural actual. En las trayectorias de estas personas aparecen padecimientos de salud mental, situaciones de violencia de género, consumos problemáticos, deudas, historias familiares traumáticas, la dificultad para acceder a un trabajo estable y, en algunos casos, decisiones de vida. Por eso, sostiene que es indispensable un abordaje integral y sostenido por parte del Estado.

La garita de Rosario de Santa Fe y Guardias Nacionales es el improvisado techo del ex peón rural.
El contexto laboral es otro factor clave. La precarización del empleo, el bajo poder adquisitivo y el alto costo de vida, especialmente de los alimentos y los bienes básicos, generan una barrera casi infranqueable para acceder a una vivienda. En relación con los alquileres, si bien la derogación de la Ley de Alquileres amplió la oferta, también quitó previsibilidad sobre los montos y la duración de los contratos. A esto se suman requisitos como garantías, depósitos y gastos iniciales, que dejan afuera a gran parte de la población.
Durante el invierno la situación se agrava. Si no se interviene de manera adecuada, las condiciones climáticas pueden provocar graves problemas de salud e incluso la muerte. Actualmente no existen políticas públicas específicas desde el Estado nacional o provincial para abordar esta problemática. La asistencia se sostiene principalmente desde el municipio, a través de Desarrollo Social, junto con algunas iglesias que brindan ayuda alimentaria. También funciona un refugio municipal que ofrece cama, higiene y comida, aunque la estadía es limitada en el tiempo y las personas deben resolver su situación habitacional en pocas semanas.
Strazzi advierte que los recursos no alcanzan. Antes de pensar en una vivienda, afirma, es necesario restituir derechos básicos como la salud, el trabajo y el bienestar general. Incluso cuando una persona rechaza la ayuda, el Estado sigue siendo responsable de sus condiciones de vida. En muchos casos, esas negativas están vinculadas a padecimientos subjetivos, problemáticas de salud mental o consumos, para los cuales los dispositivos existentes no dan abasto.
Pasar al lado, en automático
Frente a este escenario conviven distintas respuestas sociales. Por un lado, organizaciones, iglesias y vecinos que cocinan y reparten comida; por otro, el rechazo y la estigmatización. Muchas veces, las personas en situación de calle son asociadas directamente con la delincuencia, una representación social que se construye desde discursos mediáticos y sociales y que deriva en pedidos de intervención policial como única solución.
Lucía Repezza, de 21 años, suele repartir viandas a personas en situación de calle. Para ella, es una forma de “mirar al otro”. “En la sociedad de Río Cuarto está muy instalado verlos pero no reconocerlos. Pasar en automático. A veces pienso cuántas veces habré pasado por al lado sin siquiera detenerme a mirarlos”, reflexiona.

Y agrega que en cada vianda que entregan va mucho más que comida. Va un mensaje: “te veo, te reconozco”. En ese gesto, dice, se da un intercambio. Se entrega con las manos abiertas y también se recibe. Presencia, escucha, reconocimiento. Un encuentro que rompe, aunque sea por un momento, la lógica de la indiferencia.
En la calle, ese momento no resuelve la falta de vivienda ni reemplaza políticas públicas sostenidas, pero vuelve visible a quien suele ser ignorado. La vianda funciona como excusa para el diálogo, para preguntar un nombre, para escuchar una historia, para reconocer al otro como persona.
Julio es uno de esos nombres. Uno de esos rostros que obligan a frenar. Trabajó toda su vida y hoy la enfermedad le impide seguir haciéndolo. Su historia expone una realidad que crece , y que es el resultado de múltiples ausencias. Mirarla de frente, reconocerla y acompañarla es, al menos, el primer paso para que la dignidad no quede a la intemperie.

