Bíblico. Así describió Liam Gallagher al público argentino y es quizás la palabra que más se aproxima a la definición de la mejor audiencia del planeta. La mítica banda de Manchester regresó a los escenarios después de 16 años y brindó dos shows en la Argentina que hicieron explotar el estadio de River Plate. Mucho más que un espectáculo: una experiencia colectiva y de introspección pura que nos recordó lo hermosa que es la vida cuando nos permitimos sentirlo todo y volver a los lugares que alguna vez nos hicieron felices.

Esta es, muy probablemente, la crónica más difícil que tuve que escribir hasta el momento. Mi mente no ha terminado de procesar lo que experimentó hace apenas cuatro días. Y no se trata solo del espectáculo (sin dudas, el mejor que he visto en mis 31 años) sino de una experiencia introspectiva que inició el 27 de agosto del 2024 cuando se confirmaba lo que habíamos esperado durante más de 15 años y, hasta el momento, parecía inviable. Oasis se reunía de nuevo para una gira internacional y el destino no iba a ser tan ingrato de no darle al mejor público del mundo la posibilidad de presenciar tan legendario reencuentro.
Domingo 16 de noviembre. Oasis se respiraba en el aire. El barrio chino, a unas pocas cuadras del Monumental se pobló de pilusos y camisetas con el número ‘25, año en el que los hermanos Gallagher decidieron darse (y darnos) una segunda oportunidad. En la ropa, primaban los colores blanco y negro y quizás no hubo mejor forma de representar esa dualidad: la emocionalidad, impulsividad y sensibilidad de Liam con lo racional, calculador y la determinación de Noel. Factores que, por separado, funcionaron sumamente bien en sus carreras solistas pero que, juntos, decantaron en el regreso más épico de los últimos tiempos. El celeste, también muy presente, evocaba muchas cosas: el cielo de aquella tarde en la ciudad de Buenos Aires y el Manchester City, el club del que son hinchas (a morir) los “Hermanos Macana”

La cerveza fría, los abrazos, las risas, un jovencito que fue con su guitarra y una pandereta (que bien supo coordinar con su pie derecho) a la puerta del estadio para ganarse unos mangos. Chicos y chicas, padres e hijos, hermanos, amigos, desconocidos. Todos unidos bajo una misma sensación de felicidad que hacía que, por suerte, el día pareciera eterno. Esa sensación de plenitud que nos daba saber que estábamos a punto de vivir algo histórico y que nos iba a marcar para siempre.Y ser 100% consciente de eso. Después de todo, ser feliz es darse cuenta.
A las 7 de la tarde, el Monumental comenzaba a colmarse: cerca de 75.000 almas vivieron este evento canónico en sus vidas (150.000 entre las dos noches). Que Richard Aschcroft -cantante de The Verve- fuese el telonero hizo que todo fuera aún más sublime. Con una campera de lentejuelas y la camiseta argentina, apareció en el escenario a las 9 de la noche y nos deleitó con sus mejores canciones. Por supuesto, cerró con Bittersweet symphony (Sinfonía agridulce) que no es más que un canto al ying y al yang de la vida misma y que, a muchos, seguramente nos evocó el momento en que la escuchamos por primera vez en el final de la película noventosa Cruel Intentions.
A las 10 de la noche, la batería de Fucking in the bushes demostró que estábamos a la altura de las circunstancias. La banda aún no estaba en el escenario y las pantallas reflejaban la repercusión que había tenido el anuncio de la vuelta de Oasis y el fin de la guerra fría entre los hermanos. Aún así, el público argentino ya había comenzado a poguear. Los titulares de medios de comunicación de todo el mundo, los posteos en redes sociales de los propios fanáticos, la frase que marcó el regreso: “Las armas se han silenciado, las estrellas se han alineado… la gran espera terminó”. Toda esa apertura fue una manera de decir: estamos acá gracias a ustedes. Esto es por y para ustedes. Procuren honrarlo. Y así fue.
Cuando Liam y Noel entraron de la mano al escenario, las lágrimas me brotaron al instante. El momento que jamás creí que podía presenciar estaba ahí. Frente a mis ojos. Se sumaron Bonehead, Andy Bell y Gem Archer para terminar de completar la foto. Aquella oportunidad perdida del 2009 -que a muchos nos hizo desear haber “nacido antes” para ver a la banda de nuestras vidas- había llegado. La vida nos estaba diciendo: sí, tenía que pasar todo eso para que hoy vos pudieras estar acá. “Hello, hello, it’s good to be back” fue la frase que todo el Monumental coreó a más no poder para hacerles saber que no se equivocaron al haber expresado públicamente que el lugar que más lo entusiasmaba en esta gira era el país del fin del mundo.

Le siguió Aquiesce (que podría traducirse como “ceder” o “aceptar sin protestar”) y que sintetiza perfectamente lo que los Gallagher hicieron y lo que, en algunas circunstancias, podríamos aplicar en la vida para lograr cosas que verdaderamente nos trasciendan. “Porque nos necesitamos el uno al otro, porque creemos en nosotros y sé que vamos a descubrir lo que está dormido en nuestra alma”. Dejar de lado las diferencias y potenciarnos con los demás. En una época de creciente individualismo, esta canción nos invita a pensarnos en relación al otro y en lograr algo más grande que nosotros mismos.
Como dijo Noel en el documental Supersonic: “No se podía decir que nadie que haya estado en Oasis, incluyéndome, era el mejor del mundo en algo. Pero cuando todos confluíamos, hacíamos que la gente sintiera algo que era indefinible. Seguimos siendo la banda que tocaba en el Boardwalk, prácticamente seguimos usando la misma ropa. Simplemente, lo que pasó fue que se encendió el fuego y toda esta gente se subió a bordo. Pero la gente nunca, jamás, se va a olvidar la forma en la que lo hiciste sentir. Hay una química entre la banda y el público y algo magnético que nos atrae mutuamente. El amor, la energía, la pasión, la furia y la alegría que viene de la multitud. Si hay algo que era Oasis, es eso”.
Los primeros minutos del show fueron una inyección de adrenalina increíble y la marea de gente hacía que el espectáculo tuviese aún más épica que en cualquier otro lugar. Tanto que hasta los vendedores de bebidas ya conocen la coreografía del público argentino y tienen una capacidad increíble de hacer equilibrio entre la oleada de cuerpos que saltan, gritan, agitan y viven ese momento como si el mundo se fuera a acabar esa noche.
Some might say, mi canción favorita, fue un canto a aquellas personas que están siendo atormentadas por sus propios demonios y a los que la vida, la mayor parte del tiempo, no les sonríe. Su letra es esperanzadora pero sin caer en un positivismo tóxico. Al contrario, el autor es consciente de que no se le puede pedir a alguien que crea en el cielo cuando hace tiempo vive en el infierno y posiblemente no conozca otra cosa. Una de las cosas que hace majestuosa la pluma de Noel Gallagher: la conciencia de clase obrera de la que provienen él y su hermano, hijos de una empleada doméstica y sobreviviente de violencia de género. Escucharla en vivo fue ratificar nuestra propia resiliencia y las batallas silenciosas que damos a diario.

El éxtasis que trajo Cigarretes and alcohol nos hizo flotar. El poznan (un gesto de celebración deportiva que implica ponerse de espaldas, abrazar al de al lado y saltar en el mismo lugar) hizo temblar el estadio. Por supuesto, el público argentino no podía no corear hasta los acordes de guitarra, como hacemos con todo lo que no tiene letra (como el fragmento de nuestro himno nacional en los partidos de la selección). Fue recordar la adolescencia y aquellos tiempos en los que no necesitábamos mucho para ser felices. Supersonic también generó algo similar: una oda a la autenticidad, a abrazar eso que nos hace únicos y reivindicar nuestra esencia.
Después de tanta energía, el guitarrista principal trajo un poco de calma y dedicó al público femenino una de las mejores canciones de amor. Porque habla de esas personas que, aunque hayan tenido un paso fugaz en tu vida, fueron determinantes para que no abandones un sueño, para que no te des por vencido o simplemente, para que no te olvides de vivir. En el 1994, Noel estuvo a punto de dejar Oasis cuando literalmente estaba cerca de tocar el cielo con las manos y vivir la cúspide de su carrera musical. La canción está dedicada a Melissa Lim, quien lo convenció de no abandonar. “Quiero hablar esta noche, hasta el amanecer, sobre cómo salvaste mi vida. Vos y yo podemos ver cómo somos”. No hace falta decir más.
Le siguió Half the world away, que podría ser la contraparte de no rendirse (o quizás una fase que es necesario atravesar). Es sobre aquellos momentos en los que te das cuenta de que la vida que querías para vos quedó bastante lejos. Las señales de advertencia de que te estás alejando de tus deseos aparecen, te golpean en la cara. Pero hay algo que te hace seguir rumiando sobre lo mismo y sentirte perdido. Y está bien. Quizás, solo por ahora, hace falta un refugio para permitirte sentir todo ese dolor y procesarlo. “¿Y qué decir? No me pueden dar los sueños que, de todos modos, son míos” y que, al menos por hoy, se sienten “a medio mundo de distancia”.
Slide away sigue siendo siendo insuperable y probablemente esté en el top 3 de las canciones de la mayoría de los seguidores de Oasis. La voz desgarradora de Liam no hace más que confirmar que, quien te ama, quiere brillar con vos. Entregar nuestra vulnerabilidad y fragilidad, convencidos de que habrá una manera de “alcanzar el sol” junto a esa persona. El deseo de escapar lejos y de construir un universo y un lenguaje que solo vos y esa persona compartan. De eso habla esta obra maestra. Quizás, la declaración de amor más linda que alguna vez se escribió.
Little by little (poco a poco) fue una experiencia espiritual y la de mayor introspección colectiva que viví en un recital. En una época de tantas gratificaciones inmediatas, donde se habla mucho de confiar en el proceso pero la dinámica diaria nos lleva a pensar que siempre estamos llegando tarde a todo, hablar de cumplir sueños “poco a poco” (y aceptar que hay algunos que también perdimos en el camino) es un acto de resistencia hermosa. En tiempos donde las exigencias son cada vez mayores, escuchar que “la verdadera perfección tiene que ser imperfecta” es un bálsamo para el alma. Preguntarnos a los gritos “Why am I really here?” es una búsqueda de propósito que quizás no sea el que imaginamos hace tiempo pero es lo que nos trajo hasta acá, incluso cuando las ruedas de nuestra vida hayan comenzado a caerse.

Live forever me partió en mil pedazos. La canción que los hermanos dedicaron a Diego Armando Maradona pero que, la mayoría de las veces, ofrendaron a su propia madre. “¿Alguna vez sentiste el dolor, bajo la lluvia de la mañana, mientras te empapaba hasta los huesos?”. “Quizás nunca voy a ser todas las cosas que me hubiese gustado ser. Pero ahora no es momento de llorar sino de descubrir por qué”. Me desarmé (y estoy lagrimeando mientras escribo esto). El duelar lo que fue y lo que no pudo ser. Lo que fui y lo que quizás no sea nunca. Pero aceptar que así tenía que ser. Y que, vos y yo, vamos a vivir por siempre.
Conocí a Oasis gracias a mi profesora de inglés. Por esas hermosas casualidades de la vida, me la crucé en la terminal de Río Cuarto antes de ir a Buenos Aires. Por supuesto, ella tampoco iba a perderse el regreso de la banda que marcó su adolescencia y seguramente la de sus estudiantes a los que influenció de una manera que seguramente no dimensionaba. Después tuve la chance de seguir descubriéndolos gracias a distintas personas que se cruzaron en mi vida y me regalaron momentos con la mejor banda sonora del mundo.
También pude, en mayor o menor medida, influenciar a otras personas a que les dieran una chance. Que se dejaran llevar por las hermosas letras que escribió Noel Gallagher. Por la voz áspera y a la vez cálida de Liam. Por esos acordes de guitarra que, en canciones como Cigarretes and Alcohol, te hacen sentir que levitas. Por la inyección de adrenalina que es Morning glory y la autenticidad que transmite Supersonic. Por la experiencia casi religiosa que es Little by little. Por esa sensación inexplicable de escuchar Champagne Supernova y sentir que te estás sumergiendo, literalmente, en la explosión de una estrella que está por morir pero que, hasta sus últimos segundos brilló tanto como para iluminar tu cielo y que no te olvides nunca de que ella estuvo ahí.
Don’t look back in anger (No mires atrás con rencor) fue uno de los tantos temas en los que el público le peleó el protagonismo a la banda. Y ellos, como los principales artífices de este ritual, nos dieron el lugar para que podamos lucirnos. Y volvieron a decirnos que no pongamos nuestra vida en manos de una banda de rock porque “la echarían a perder”. Por suerte, no los escuchamos.

