Una obra que crece en barrio Obrero
Una abuela contra el hambre
Gladis Bravo tiene 64 años y pasó muchas necesidades. Revolvía los residuos en el basural en busca de algo para vender y alimentar a sus hijos. Hoy lleva adelante el comedor Abuela Gladis, esta obra solidaria que da ejemplo y alimento en barrio Obrero. Junto a su hija Alicia y otras cinco mujeres, se las rebuscan para conseguir donaciones y cocinar para 95 familias. Se brinda el almuerzo y el desayuno. La premisa es simple: nadie se queda sin comer.

El día está nublado. Las nubes bajas forman figuras entre las casas del Obrero y el sol las alumbra por momentos. Los vecinos patean las calles de tierra con sigilo. En el pasaje Manuel Prado al 1100, el frente de una casa color rojo anaranjado llama la atención. Gomas de auto pintadas del mismo color hacen de macetas y sostienen plantas muy verdes. El lugar invita a entrar.
Atravesamos un pasillo, una cortina de plástico y aparece Alicia. Tiene una cabellera de rulos bien negros y nos da la bienvenida. A lo lejos, una mujer de tez blanca, ojos azules y una sonrisa tímida nos saluda levantando la mano. Una trenza apretada sostiene su cabellera entrecana. Se dispone a preparar el mate. Es Gladis. Tiene la mirada serena y escucha. Más que hablar, escucha. Sobre la mesa, una pava roja y grande. El mate blanco tiene una inscripción: “Feliz día, mamá”. Gladis empieza a cebar. Sirve despacio, con calma. Servir. Ayudar. Eso es lo que la hace sentir bien.

Hace pocos días, en el marco del día Internacional de la Mujer trabajadora, fue reconocida junto a otras mujeres de la ciudad por el Concejo Deliberante. Con genuina timidez aceptó el homenaje a su labor silenciosa de más de 4 años en el Obrero. Alicia toma la palabra y cuenta de los inicios del comedor, cuando era merendero. “Fue el 13 de julio de 2021, a las 17.30. Teníamos 15 familias que recibían la merienda ese día, hoy tenemos 95. La abuela hacía mucho tiempo que soñaba con tener un comedor, ella siempre quería ayudar. Con mi hija Cintia empezamos a organizar todo. En la pandemia siempre estábamos ayudando a alguien y queríamos hacer algo en el Obrero, donde hemos nacido y nos hemos criado”, dice Alicia, la única mujer entre 7 hermanos.
“Hasta el 2023 estábamos solas, sin ayuda oficial. Dábamos la merienda tres veces por semana. Nos manejábamos con donaciones, íbamos a las panaderías a pedir lo que nos podían dar. Facturas, pan oreado. Lo que empezó tan chiquito, hoy es grande. Hemos hecho de todo para poder ayudar… Un día hicimos 600 tortas fritas un domingo, para tener para dar el lunes”, cuenta la hija, bajo la tierna mirada de su madre.
Todo tiene un porqué
Tras el último sorbo de mate, Gladis le pone un poco de azúcar. “Hago esto porque me gusta y por las necesidades que pasamos nosotros. Para ayudar ahora a la gente. Cuando tuve a mis hijos, la pasamos mal. Todos trabajábamos en el basural y fue duro”, dice la abuela de 23 nietos.
Gladis crio sola a sus hijos. Ella iba al basural a la tardecita, se pasaba ahí toda la noche hasta el mediodía. Alicia dejó el colegio en cuarto grado porque tenía que cuidar a sus hermanos. “Yo mandaba a los chicos a la escuela, lavaba la ropa, hacia la comida…lo que había para comer. Pasamos muchas necesidades”, recuerda emocionada. Se le viene a la memoria que su mamá traía del basural ropa y zapatillas. “Esas las lavábamos y se las ponían. El cartón, las botellas las vendíamos y comprábamos comida. Esperábamos los viernes, que era el día que le pagaban, así podíamos comer una pizza. La comíamos una vez al mes. Hoy es algo común, pero para nosotros era una ilusión. Esperábamos ese día”, comenta la hija. Las dos sienten cómo el pasado, tan presente, les recorre el cuerpo y les cambia la expresión.

La mujer de pelo negro dice que no tenían cocina, y por eso hacían fuego para cocinar. “Lavaba la ropa con la tabla y la bolsita de red de la cebolla era nuestro cepillo. Yo siempre les digo a mis hijos: entre tanta pobreza, tuvimos una infancia muy linda. Mi mamá siempre estuvo presente. En el verano dormíamos afuera y ella nos contaba cuentos a los 7, para que nos durmiéramos”.
Alicia asegura que el que ha pasado necesidades, sabe. “A esto lo hacemos porque nos sale, lo sentimos. Cuando nosotros éramos chicos, no había comedores ni copas de leche. Nada. Ahora está la posibilidad de ayudar”.
Caras nuevas
A muchos, la realidad golpea duro. La necesidad se advierte en los barrios, en los rostros, en las manos. Madre e hija mencionan que todos los días hay un rostro nuevo que se asoma por la puerta. “El último viernes que dimos el almuerzo teníamos 105 familias a la espera de su alimento. Ese día hicimos 140 paquetes de fideos. Se le pone papa, anquito, zanahoria, carne. Para que rinda. Pero ya los insumos no nos alcanzan. Nos ayuda mucho la Municipalidad. Pronto van a venir a hacer el reempadronamiento porque debo tener 450 personas anotadas. Y más de 300 sin estarlo. Esas vienen a buscar y hacemos magia para que alcance”.
En el comedor de la abuela Gladis se entrega alimento diariamente. El almuerzo los miércoles y viernes; y el desayuno, lunes, martes y jueves. Todos los días hay una mano extendida. Además de algo para comer, puede haber una palabra, un consejo, una ayuda que alivie alguna angustia o carga pesada. Un bálsamo en medio del caos. Incluso, algunas personas que están en situación de calle, se sientan a la mesa de Gladis. La mesa es grande y para todos.
Para preparar la comida, hay trabajo en equipo y una logística bien aceitada. A las 6 de la mañana, la abuela, con su trenza bien ajustada, se levanta a prender las hornallas. No hay tiempo para perder. Hay siete ollas que brillan sobre una mesada. Resplandecen de limpias y aguardan su turno para volver a encenderse. “Hacemos fideos con salsa y guiso de arroz. Es lo que más rinde. 60 kilos de molida hacemos en un solo día. Pero la tarde anterior nos juntamos a pelar las papas, la zanahoria y el anco. Así al otro día ya tenemos todo listo”, lanza Alicia con vivo entusiasmo.
Estas mujeres fuertes cuentan que llegan personas de distintos barrios. “Algunos vienen en muletas, personas en sillas de ruedas o caminando. Vienen desde muy lejos, con mucho sol o con lluvia. Desde las 8 hacen cola para esperar su alimento. Vienen personas del Oncativo, de las 70, del Pizarro, de Banda Norte, de las 400”, detalla.

Siete mujeres
Ambas comentan que hacen falta más manos para cortar y oídos para escuchar. Es mucho trabajo y cada vez hay más personas que se acercan. “Ahora somos todas mujeres, tuvimos hombres trabajando, pero no aguantan tanto. Ellos nos ayudan con las cosas pesadas, pero cocinamos nosotras. Es muy difícil que la gente trabaje a voluntad. El voluntariado es difícil e implica sacrificio”, reconoce Alicia.
El aire se las rebusca para entrar entre las cortinas. Es una casa de puertas abiertas. Entre mate y palabras, entra y sale gente. Gladis recibe siempre un beso en la mejilla. Uno de sus hijos o alguno de sus nietos. No pasa desapercibida. Ella, los mira con ojos de mar. A ella no le sobra nada, pero ayuda.
Cuando no alcanza
“En el último tiempo, hasta nosotras nos hemos quedado sin comida porque viene más gente y hay que darles. Las chicas que trabajan acá se han quedado sin su plato. La desesperación que nos agarra cuando vemos que hay cola de los dos lados y empezamos a mirar las ollas que se van vaciando”, dice Alicia con un dejo de tristeza y agrega que cuando pasa esto, se sinceran con la gente. Los malabares que hacen para multiplicar la comida, y que alcance. Aunque a veces no alcance. En la ciudad hay muchos lugares como este. Demasiados. Lo ideal sería que nadie tuviera que hacer fila para comer. Que cada familia pudiera llevar su plato a la mesa sin depender de la solidaridad. Pero mientras el hambre exista, en el pasaje Manuel Prado al 1100 seguirá encendida una cocina. Y detrás de esas ollas, una abuela de trenza apretada seguirá luchando para que nadie se quede sin comer.

