Durante más de seis décadas, Oscar Mossi entró a cumpleaños, casamientos y egresos con una cámara colgada al cuello y salió llevándose algo más que fotos: fragmentos de la vida de todos. Autodidacta, dedicado y detallista. Llegó a tener 22 empleados y creó una “vidriera” de fotos en la que todos querían estar. Pasó por el blanco y negro, le dio la bienvenida al color y abrazó la digitalización. A los 80 años, se resiste a dejar de mirar el mundo a través de un lente.

Nunca hizo falta decir el apellido. En Río Cuarto alcanzaba con decir Oscar. El fotógrafo. El hombre que estuvo detrás de los momentos más importantes de miles de familias. Décadas enteras de la vida de la ciudad pasaron por su mirada. Después de revelar incontables rollos, de cerrar un ojo para encuadrar y de apretar el obturador hasta el cansancio, Oscar Mossi (80) todavía improvisa un estudio en su casa donde sigue registrando. Acomoda el fondo blanco, prueba las luces y sostiene su cámara con una naturalidad orgánica. “Es mi identidad”, dice. Y no suena a exageración.

En su departamento hay fotos por todas partes. No decoran: respiran. Se apoyan unas sobre otras, se amontonan en muebles, trepan paredes y sobreviven dentro de sobres gastados. A lo largo de su vida profesional ha registrado de todo: una quinceañera, sonriendo, en medio de un vals, un novio nervioso antes del sí, un grupo de egresados abrazados con la euforia en la piel. La vida misma en fotos. “No puedo dejar de manipular una máquina”, dice con una mezcla de desesperación y ternura, como si hablara de una parte de su cuerpo. Y así es.                                                                                       

Su primera máquina.

Durante muchos años fue el hombre que corría entre las mesas de las fiestas buscando el gesto exacto. El que entraba y salía de iglesias con el saco abierto y los rollos en los bolsillos. El que retrató generaciones cuando las fotos todavía se esperaban con ansiedad y no existía la inmediatez brutal de una pantalla.

Empezó siendo un chico. A los 13 años fue a sacar fotos a un casamiento vestido con pantalones cortos. Nadie imaginaba que ese adolescente terminaría construyendo parte de la memoria visual de la ciudad. Entró como cadete en “Foto El Mundo”, haciendo mandados y ayudando en lo que podía. Después, se animó a sacar fotos carnet. “¿Cómo puede ser que este chico saque fotos?”, se preguntaban algunos. Pero Oscar ya tenía algo difícil de explicar: intuición y vocación. En sus comienzos, su mamá fue fundamental, fue su primera ayudante. “Yo venía con las fotos que había sacado, y ella bombeaba para que yo lavara y les sacara el fijador. Después desparramaba todas las fotos en el living de mi casa para que se sequen. Era un lio”, dice mientras suelta una carcajada como una forma de acercarse al recuerdo.

Sus hijos heredaron la misma pasión.

No sé si lo sabe, pero mientras charlamos mueve los dedos sin parar, más allá de su conciencia. Como si todavía ajustara un encuadre. También, mira de reojo el reloj, el dueño de sus tiempos de intenso trabajo. Después de tantos años, estos gestos han quedado incorporados al cuerpo.

Toda la noche

Recuerda su vida laboral con alegría. En aquella época fotografiar era un verdadero acto de fe. La Rolleiflex 6×6 apenas permitía doce disparos por rollo. No había pantallas donde revisar nada. Había que esperar el revelado para descubrir si el momento había sido salvado o perdido para siempre. En medio de los valses, los egresos y los casamientos, el cambio de rollo se convertía en una operación frenética. Un ayudante lo seguía con un cinturón cargado de películas mientras él intentaba no perderse el beso, el abrazo o la lágrima. “Había que tener una velocidad terrible”, recuerda, y mientras lo cuenta, todavía parece sentir el vértigo en el cuerpo. 

“Hubo temporadas donde llegué a cubrir 22 egresos”, dice. El incansable Oscar corría de una fiesta a otra como si persiguiera el tiempo. A veces hacía repetir el vals porque estaba fotografiando otro evento cuando había ocurrido el momento importante. En una sola noche podía pasar por varias iglesias, sacar fotos en exteriores y terminar de madrugada, agotado pero satisfecho. Marcela, su esposa desde hace 36 años, todavía lo recuerda entrando a casa con el sol.

Ella está presente en la charla y con su dulce voz le recuerda algunos momentos y anécdotas. El trabajo también los unió a ellos.  “Yo lo conocí así. Yo era empelada de él”, cuenta risueña. Y allí arrancan a contar la historia. “Vi un aviso en el diario para trabajar en el laboratorio y me fui a anotar. Había una cola de 100 personas. Y como siempre fui simpática, de reírme mucho, me eligieron. Hice una prueba y quedé. No sabía nada, pero me gustaba; él me enseño todo”, cuenta ella mientras le dedica una mirada amorosa.

Él le enseñó a revelar y ella aprendió también el ritmo agotador de esa vida. Las noches eternas. Las cenas frías. Los fines de semana sin descanso. Vivir con Oscar era convivir con alguien que jamás terminaba de irse del trabajo.  

El Instagram de los ‘90

Oscar Mossi fue un pionero. La ciudad corría detrás de sus fotos. Mucho antes de las redes sociales, la vidriera de Oscar funcionaba como una ceremonia colectiva. Cada sábado cambiaban las imágenes exhibidas de su local de calle

Un joven Oscar, preparando los químicos.

Constitución y la gente frenaba frente al vidrio para buscarse. Ahí estaba la vida social de Río Cuarto: quién había ido al cumpleaños, quién aparecía abrazado con quién, qué vestido había usado, qué grupo había egresado esa semana. Las fotos detrás del vidrio producían una especie de electricidad social. Todos querían verse. Todos querían existir un rato ahí. La ciudad se miraba a sí misma reflejada en esas imágenes.

En ese universo visual también aparecían las bodas de familias tradicionales de la ciudad como los Mosso, Valsechi y Ugarte, cuyos eventos formaban parte de esa galería pública que Río Cuarto esperaba cada semana. “Siempre pedía permiso para exhibir las fotos, si eran eventos familiares. Recuerdo los grupos de personas que frenaban los autos y se bajaban a ver las fotos. Era todo un ritual”, recuerdan ambos.

Este hombre, que el 18 de marzo cumplió los 80, tiene la mirada clara y serena. Habla de su vida con orgullo, de sus logros, entre los cuales está su familia. Su esposa, sus hijos. “Soy un hombre feliz”, dice en un momento de la charla. Oscar entendía la fotografía como una construcción paciente. Inventaba efectos con cuadraditos de colores pegados al flash, armaba murales inmensos para las quinceañeras y buscaba contraluces cuando todo dependía de la imaginación y no de un filtro digital. Cada detalle estaba pensado antes del disparo. Después llegó la tecnología y cambió el oficio para siempre. Él se adaptó rápidamente, ayudado por sus hijos Luciano y Fabián, aunque jamás abandonó cierta nostalgia por el tiempo en que había que esperar. “Antes era distinto. Había que revelar para saber cómo había salido la foto”, menciona risueño.

La vida misma

Y hubo de todo. Historias absurdas, dramáticas y hasta cinematográficas. Una mujer apareció en plena iglesia con un niño en brazos y le gritó al novio: “Reconocé que este es tu hijo”. Otra vez una novia no llegó nunca al civil porque se arrepintió antes de casarse. En otro casamiento una mujer le arrancó el velo a la novia delante de todos. Oscar estaba ahí, en medio del desconcierto, fotografiando escenas que parecían escritas para una película. También hubo accidentes: un flash que explotó frente a la cara de un cura durante una ceremonia, un rollo perdido que obligó a revolver bolsas de basura hasta encontrarlos, carreras desesperadas para llegar a tiempo a otra iglesia. La fotografía social tenía algo de espectáculo y algo de caos. Y Oscar parecía moverse dentro de ese desorden con naturalidad. Es de imaginarse todo esto, en más de 60 años de carrera.

Carlos Monzón, retratado por Oscar en una visita a Río Cuarto.

Le sacó fotos a Mirtha Legrand, que exigía siempre su perfil favorito. Retrató a Carlos Monzón cuando llegó a la ciudad acompañado por Susana Giménez. Luego viajó a Buenos Aires a llegarle el material en persona. También pasaron por su cámara Valeria Mazza, Mariana Arias. Viajó varias veces a la Photokina de Colonia, en Alemania, donde el mundo exhibía las últimas maravillas tecnológicas de la fotografía. Tuvo locales en Córdoba, San Luis y Río Cuarto y llegó a tener 22 empleados. “Éramos una familia”, recuerda. Oscar expuso sus trabajos en galerías de Buenos Aires, y también en la ciudad. La vida quedó en sus fotos.

En Photokina, la muestra mundial de la fotografía en Alemania

Seguramente, este fotógrafo no alcanza a dimensionar lo que significó para tanta gente. Marcela recuerda una escena en una estación de servicio. Un hombre lo vio, se quedó mirándolo unos segundos y se emocionó. “Le dijo que le hacía acordar a su infancia, porque había estado en momentos importantes de su vida”. Tal vez ahí esté todo. No en las celebridades ni en los viajes, sino en haber quedado para siempre dentro de los recuerdos de los demás. Porque las fotos de Oscar no solo guardaron imágenes. Guardaron épocas. Vínculos. Personas.

Durante la pandemia cerró su último local, frente a la iglesia San Francisco. Pero nunca dejó de trabajar. Va a algunas fiestas y sigue haciendo fotos en el estudio que armó entre las paredes de su hogar. Porque sigue siendo Oscar. Algún día, alguien va a abrir un álbum viejo buscando su propia historia. Va a encontrarse con cumpleaños, con abrazos, con miradas que ya no están.

Y sin saberlo, entre esas páginas, también va a volver a encontrarse con él.

¡Hasta el próximo vals!

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