Bornoroni: ¿el candidato que depende de otro?

Gabriel Bornoroni recorre Córdoba con la mirada puesta en la Gobernación, pero su candidatura todavía depende de una decisión que se tomará lejos de la provincia. Apuesta a la fuerza electoral de Milei y al histórico rechazo cordobés al kirchnerismo. Su apuesta es convertir el peso electoral del presidente en Córdoba en el punto de partida de una nueva construcción de poder provincial.

En la carrera hacia la gobernación de Córdoba hay dirigentes que construyen su candidatura sobre años de trayectoria, otros que se apoyan en la estructura del poder y algunos que confían en que el contexto político hará buena parte del trabajo por ellos. Gabriel Bornoroni parece pertenecer a este último grupo, ya que su principal capital electoral todavía no es propio, sino que le corresponde a Javier Milei.

A diferencia de Martín Llaryora, que administra el poder provincial y tiene la responsabilidad de defender su gestión, o de Rodrigo de Loredo, que lleva años intentando construir una alternativa competitiva desde la oposición, Bornoroni juega con otras reglas. Quizás no necesita, al menos por ahora, demostrar que es el dirigente más conocido o el más experimentado, sino que le es preciso que La Libertad Avanza siga siendo una marca suficientemente poderosa como para ganar una elección en Córdoba.

Y, sobre todo, necesita que Milei (y su hermana), lo elijan.

Aunque ya expresó públicamente su deseo de ser gobernador, Bornoroni todavía no formalizó su candidatura. Claramente esto no se trata de una cuestión de tiempos electorales, sino de que las decisiones más importantes se toman a nivel nacional.

Esa dependencia, que para un dirigente de un partido tradicional podría interpretarse como una debilidad, es también parte de la fortaleza del modelo libertario. En un escenario de creciente personalización de la política, el candidato puede convertirse en un instrumento de una identidad electoral que lo excede. No se vota necesariamente a quien encabeza la lista sino aquello que representa, su marca electoral.

Córdoba ya ofreció una demostración contundente de ese fenómeno. En las elecciones legislativas de octubre de 2025, Gonzalo Roca encabezó la lista de LLA y obtuvo más del 42% de los votos, siendo Roca el dirigente con menor nivel de conocimiento público en la provincia. Sin embargo, ganó. La explicación fue que parte de aquel voto estuvo asociado a Milei, a la identificación con su proyecto y a la voluntad de respaldar al Gobierno nacional.

Bornoroni conoce ese antecedente y probablemente confía en que pueda repetirse. Su apuesta descansa sobre una particularidad del electorado cordobés que viene condicionando la política provincial desde hace años y es su profundo rechazo al kirchnerismo. Córdoba fue uno de los territorios donde el antikirchnerismo logró consolidarse como una identidad política capaz de atravesar pertenencias partidarias, tradiciones ideológicas y diferencias entre dirigentes. Radicales, peronistas no kirchneristas, votantes del PRO y, más recientemente, libertarios encontraron allí un punto de coincidencia.

Bornoroni parece confiar en que, frente a una elección planteada en términos de continuidad o cambio, una parte importante de los cordobeses volverá a elegir cualquier alternativa que perciba como opuesta al kirchnerismo. Incluso si esa alternativa tiene un candidato poco conocido.

Pero hay una diferencia que no debería subestimarse: el peronismo cordobés no es el kirchnerismo. Llaryora no representa a Cristina Fernández de Kirchner y el cordobesismo ha hecho de su autonomía respecto del poder nacional una de sus principales banderas. Pretender que todo voto antikirchnerista se transforme automáticamente en un voto contra el oficialismo provincial puede ser una lectura demasiado simplificada de una sociedad electoralmente más compleja.

Mientras tanto, el diputado nacional trabaja en la territorialidad, eso que la marca libertaria todavía no le garantiza. Sus recorridas por el interior, los encuentros con intendentes, empresarios y dirigentes opositores, y la búsqueda de referentes locales responden a la necesidad concreta de que LLA puede tener votos en toda Córdoba, pero eso no significa que tenga una organización política capaz de disputar el poder en cada departamento y municipio.

Pero me pregunto… ¿hasta dónde puede expandirse el armado libertario sin entrar en conflicto con las aspiraciones de Luis Juez o Rodrigo de Loredo? ¿Quién estará dispuesto a resignar su candidatura en nombre de una unidad opositora? ¿Y quién tendrá la autoridad para ordenar esa disputa? La respuesta, una vez más, probablemente termine pasando por los Milei.

Sin embargo, el principal desafío de Bornoroni insisto en que se encuentra en la dependencia de una marca política que, aunque conserva un importante peso electoral en Córdoba, comienza a mostrar señales de desgaste. Su apuesta es que la identificación con Milei, el rechazo al kirchnerismo y el deseo de cambio sean suficientes para convertirlo en una alternativa de poder provincial. Pero una elección a gobernador plantea otras exigencias; los cordobeses han demostrado que pueden respaldar a Milei a nivel nacional y elegir al peronismo para gobernar la provincia. El reto de Bornoroni será, entonces, transformar ese capital electoral prestado en un liderazgo propio, capaz de trascender la figura presidencial y convencer a los cordobeses de que también puede gobernarlos.

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