Milei construyó su liderazgo cuestionando a la política tradicional, pero camino al 2027 necesita cada vez más de acuerdos, aliados y concesiones. Bullrich parece haberlo entendido al encontrarse dispuesta a conseguir los votos que el gobierno no tiene. Eso también construye poder.
Hay algo interesante en el momento político que atraviesa el gobierno. Javier Milei construyó buena parte de su identidad cuestionando a “la política”, pero a medida que se acerca el 2027 empieza a necesitar cada vez más de aquello que durante años convirtió en adversario. Necesariamente tiene que negociar, conceder, construir acuerdos y administrar intereses. Y quizás Patricia Bullrich haya entendido antes que muchos dentro de La Libertad Avanza que gobernar sin mayoría obliga, tarde o temprano, a hacer política.
Lo que está ocurriendo en el Senado puede parecer apenas una discusión legislativa, pero atentos, porque no lo es. Bullrich está intentando destrabar proyectos importantes para el gobierno, pero para hacerlo comenzó a negociar modificaciones, habilitar iniciativas de los aliados y construir acuerdos con gobernadores y bloques que no pertenecen al oficialismo. El Súper RIGI es probablemente el mejor ejemplo; los aliados condicionan su acompañamiento a cambios y Bullrich parece dispuesta a aceptarlos, aun cuando la Casa Rosada preferiría conservar el texto original.
Existen dos maneras bastante distintas de entender el poder. Una supone que gobernar es imponer una dirección y conseguir que los demás acompañen. La otra entiende que, cuando no se tienen los votos suficientes, gobernar también consiste en aceptar que una parte de la decisión pertenece a quienes esos votos representan.
Durante buena parte de su gobierno, Milei pudo sostener la primera lógica. Su liderazgo, el respaldo electoral y la debilidad de una oposición fragmentada le permitieron convertir muchas negociaciones legislativas en una discusión bastante sencilla: acompañar al Gobierno o quedar del otro lado.
Pero cuanto más cerca esté el 2027, menos sencilla será esa ecuación. Los gobernadores también tienen elecciones, intereses provinciales, legisladores propios y proyectos que necesitan mostrar en sus territorios. Y algunos de los que ayudaron al Gobierno a construir mayorías empiezan a moverse con mayor autonomía. Se está viendo ya que varios mandatarios aportaron votos para iniciativas oficialistas y, al mismo tiempo, acompañaron a la oposición para habilitar otras discusiones.
No necesariamente se está rompiendo con Milei, pero sí se está aumentando el precio de su apoyo. Y ahí aparece Bullrich, nuevamente.
Su estrategia parece bastante menos ideológica y bastante más pragmática, tal como es su identidad. Si para aprobar una ley hay que modificarla, se modifica; si para conseguir determinados votos hay que habilitar proyectos de los aliados, se habilitan. Incluso comenzó a impulsar una agenda propia, como ocurre con biocombustibles, donde busca sintetizar distintos proyectos en un único dictamen encabezado por una iniciativa de su autoría.
Por eso quizás sea un error interpretar cada movimiento de Bullrich únicamente como una rebelión contra Milei. Puede haber autonomía, diferencias e incluso una construcción política propia, pero hay algo que tenemos que tener en cuenta: Bullrich está haciendo dentro del oficialismo el trabajo que el propio oficialismo necesita para funcionar, está traduciendo votos en acuerdos.
El problema es que esa tarea inevitablemente produce poder. Gran problema para Milei. ¿Cuánto margen está dispuesto a conceder el presidente a quienes pueden conseguir los votos que él no tiene? Porque la realidad está mostrando que quizás la principal transformación de LLA camino al 2027 no ocurra en las urnas ni en una elección provincial, sino cuando se descubra que para conservar el poder también hay que compartir una parte de él.

