Las tarifas aumentan, el consumo sigue resentido y gobernadores e intendentes empiezan a pagar costos políticos. Sin embargo, Milei mantiene en Córdoba niveles de apoyo que desafían las explicaciones tradicionales. Quizás la pregunta ya no sea cuánto pesa el antiperonismo, sino cuánto de ese respaldo se convirtió en una identidad política propia.
¿Por qué Javier Milei conserva todavía un nivel de imagen positiva cercano al 50% en Córdoba, aun cuando la crisis económica golpea bolsillos, tarifas, consumo y expectativas? La pregunta no es menor, porque mientras gobernadores, intendentes y dirigentes territoriales empiezan a pagar costos concretos por la vida cotidiana, el presidente parece conservar una zona de inmunidad relativa. Como si la crisis, al menos por ahora, no terminara de pegarle de lleno a él.
Córdoba es, probablemente, la provincia más refractaria al peronismo del país. Fue el instrumento electoral de una identidad política largamente acumulada: el anti kirchnerismo. El voto cordobés es un voto contra una idea de Estado asociada al gasto, la intermediación política y el centralismo porteño. En ese sentido, el 2023 y 2025 el voto cordobés tuvo la llamada identidad negativa, esto es, no necesariamente “soy libertario”, sino “esto es lo más eficaz para que no vuelvan ellos”.
Esa clave permite entender una parte del fenómeno; cuando el apoyo político nace de una identidad negativa, los costos de gestión no se procesan de manera inmediata. La pregunta que se hace una parte del electorado no es “¿estoy mejor que antes?”, sino “¿quién sería la alternativa?”. Mientras la respuesta siga siendo “el peronismo o kirchnerismo”, Milei conserva un refugio. Puede haber enojo, decepción, fastidio por las tarifas, malestar por la caída del consumo o preocupación por el empleo, pero nada de eso se traduce automáticamente en ruptura si enfrente no aparece una opción aceptable para ese votante.
La primera hipótesis, entonces, es económica. No todos viven la crisis del mismo modo. En Córdoba hay sectores que pueden haber sufrido menos el ajuste o incluso leer algunas medidas del gobierno como favorables a sus intereses de mediano plazo. Parte del entramado agropecuario, exportador, empresarial o de ingresos medios-altos no evalúa esta gestión desde la góndola del supermercado sino desde variables macroeconómicas: baja de inflación, orden fiscal, tipo de cambio, expectativa de inversión, menor presión estatal o promesa de estabilidad. Para esos sectores, el sacrificio presente puede ser leído como costo necesario.
Esto no significa que todo el apoyo de Milei provenga de sectores acomodados, sería una simplificación. Pero sí permite distinguir entre crisis objetiva y percepción subjetiva de la crisis. Hay votantes para quienes el deterioro económico es una experiencia material inmediata, y hay otros para quienes la crisis se observa como una transición molesta, pero soportable. Allí Milei retiene apoyo debido a que una parte de sus votantes cree que la crisis tiene sentido.
La segunda hipótesis es psicológica y sociológica. Votar no es solamente elegir una boleta sino también comprometer públicamente una identidad. Quien defendió a Milei en la familia, en el trabajo, en redes sociales o en conversaciones cotidianas no abandona esa posición de un día para el otro, y cuando la realidad contradice una creencia fuerte, muchas personas no modifican inmediatamente la creencia; primero intentan reinterpretar la realidad.
La espiral del silencio agrega otro elemento. En Córdoba, donde el antiperonismo opera como sentido común dominante en amplios sectores, decir “me equivoqué” puede resultar más difícil que decir “todavía falta”. La paciencia, en ese marco, a veces es una forma de postergar el desencanto.
La tercera hipótesis es identitaria. Existe un núcleo antiperonista duro que seguirá eligiendo a Milei mientras Milei sea percibido como el adversario más eficaz del peronismo. Ese núcleo puede criticar formas, excesos, modos comunicacionales o errores de gestión, pero no rompe mientras la disputa principal siga organizada en torno a la frontera Milei/peronismo.
Esta dimensión es central para entender por qué los gobernadores e intendentes pueden caer antes que Milei. La política local está más pegada a la vida cotidiana; el vecino no le reclama al presidente por el bache, la tasa municipal, el colectivo urbano, la luminaria o el dispensario. Le reclama al intendente, y cuando suben servicios, impuestos o tarifas, muchas veces el malestar baja primero sobre quien está más cerca, aunque la matriz económica general venga de arriba. La pregunta decisiva de la oposición es qué podría producir el quiebre. Pareciera que no alcanza con que haya crisis ya que para que haya ruptura política debe haber, además, atribución de responsabilidad. Por eso, el misterio cordobés quizás no sea que Milei conserve cerca del 50% de imagen positiva. El verdadero misterio es cuánto de ese apoyo es ideológico, cuánto es identitario, cuánto es económico, cuánto es emocional y cuánto es simplemente espera. Córdoba puede estar frente a una adhesión más profunda de lo que imaginan sus críticos, o puede estar frente a un apoyo condicionado que todavía no encontró su punto de ruptura. La diferencia entre una cosa y la otra no se verá en una encuesta aislada, sino en la próxima escena de conflicto que es cuando el votante cordobés deba decidir si el costo que paga sigue siendo parte de una cura o si empieza a parecerse demasiado a una nueva enfermedad.


