Los extremos nos siguen pegando abajo

Entre algoritmos que refuerzan prejuicios y lecturas fragmentadas, opinar en la Argentina actual se volvió un ejercicio incómodo. Una reflexión sobre la grieta, la reacción inmediata y la dificultad de debatir ideas sin convertir al otro en enemigo.

Hay una pregunta que me hago cada vez con mayor recurrencia: ¿qué consumimos hoy cuando decimos que “leemos noticias”? ¿Leemos textos completos, ideas desarrolladas, argumentos incómodos? ¿O consumimos fragmentos, títulos, capturas y recortes mínimos que confirman lo que ya pensamos de antemano?

Lo pregunto porque, cada vez que escribo un análisis, de lo que sea, el resultado suele ser el mismo: algunos me dicen que soy “kuka”, otros que soy “de ultra derecha”. Y no importa demasiado qué haya escrito en realidad, depende de quién lo lea, la etiqueta ya viene preparada. Como si el texto fuera secundario frente a la necesidad urgente de ubicar al otro en una trinchera conocida.

Vivimos un momento en el que expresar una idea se volvió un acto riesgoso, no porque falten palabras, sino porque sobra hostilidad. Si lo que decís no coincide exactamente con lo que el otro cree, no se discute, directamente se ataca. No hay un debate sobre el argumento mismo, sino que se descalifica al que lo enuncia.

Pero este clima no surge de la nada. Las redes sociales y sus algoritmos tienen un rol central. No están diseñados para ampliar la mirada, sino para reforzarla; nos muestran, una y otra vez, aquello con lo que ya estamos de acuerdo. Nos confirman el prejuicio, nos devuelven una versión cada vez más cerrada del mundo, nos convencen de que “todos piensan como yo”. Y cuando aparece una voz distinta, se la percibe como una amenaza.

Así se construye esta lógica miope de burbuja donde la información no desafía, sino que tranquiliza; no incomoda, sino que reafirma. El algoritmo no busca verdad ni comprensión, ya que tiene el objetivo de, justamente, exponer permanencia, reacción, enojo. Y el enojo, en política, es un combustible potente.

Eso explica también por qué muchas reacciones no surgen de haber leído una columna completa, sino apenas de haber visto un copy, un par de líneas, unos pocos caracteres. Eso alcanza para que empiecen los insultos, las acusaciones morales, las descalificaciones personales. Nadie pregunta “¿qué quiso decir?”. Nadie se toma el trabajo de ir más allá; el recorte alcanza porque el prejuicio ya estaba listo.

Ahí aparece otro problema profundo de nuestra época política que es la enorme dificultad para aceptar el error. Para una parte importante de la sociedad, reconocer que se equivocó al votar —a uno o a otro— parece intolerable, por lo que se resiste. Se justifica, se endurece la posición, se ataca al mensajero. Porque admitir una duda sería admitir una fisura en la identidad política propia, y hoy la política funciona más como identidad que como discusión racional.

No importa tanto evaluar resultados, procesos o consecuencias; importa sostener la pertenencia. El voto dejó de ser una decisión revisable y pasó a ser una bandera, y toda bandera, para sostenerse, necesita un enemigo claro.

En ese contexto, escribir análisis se vuelve un ejercicio incómodo. Porque el análisis, por definición, no es cómodo. No es blanco o negro. No confirma del todo a nadie. No se alinea 100% con ningún extremo. Y eso, en la Argentina de hoy, parece imperdonable.

Las redes potencian esta dinámica, pero también hay una responsabilidad individual. Elegimos qué leer, cómo leer y desde dónde leer. Elegimos si nos tomamos cinco minutos más para entender una idea o si reaccionamos con violencia ante una frase que nos incomoda. Elegimos si discutimos argumentos o si atacamos personas.

Tal vez el problema no sea solo qué consumimos, sino cómo nos paramos frente a lo que consumimos. Si buscamos confirmar lo que ya pensamos o si estamos dispuestos a escuchar algo que nos mueva un poco el piso. Si entendemos la política como una guerra moral o como un espacio de disputa democrática.

Escribir, entonces, se vuelve casi un acto de resistencia. No para convencer a los convencidos, sino para recordar que pensar no es alinearse, que dudar no es traicionar y que criticar no es odiar.

Compartir
Scroll al inicio