La remontada de Lula frente al bolsonarismo abre interrogantes para Javier Milei y para un peronismo que busca recuperar el poder en Argentina. Se debe recordar que el voto contra alguien puede alcanzar para ganar una elección, aunque no necesariamente para construir una alternativa de gobierno.
El triunfo de Lula en Brasil pertenece a esas elecciones que interpelan a toda una región ya que el resultado deja al descubierto algunas transformaciones profundas en el comportamiento electoral que también atraviesan a la Argentina, por ejemplo.
Lula consiguió revertir una derrota en primera vuelta y conservar la presidencia frente a Flávio Bolsonaro. Lo hizo en un contexto regional en el que los oficialismos vienen encontrando enormes dificultades para sostenerse en el poder. Pero, sobre todo, lo hizo apelando al supuesto de que el voto ya no se organiza solamente alrededor de las expectativas que despierta un candidato, sino también de los temores que genera su adversario.
Me pregunto ¿qué pesará más en la próxima elección presidencial argentina? ¿El apoyo a Javier Milei o el rechazo que despierte? ¿Y qué ocurrirá con el candidato que tenga enfrente?
Durante mucho tiempo, la política se explicó a partir de identidades partidarias relativamente estables; se votaba al radicalismo, al peronismo o a determinadas tradiciones ideológicas. Hoy esas identidades conviven con comportamientos mucho más volátiles, donde la valoración de la economía, las emociones y el rechazo a determinados dirigentes pueden modificar las preferencias electorales.
Brasil acaba de ofrecer un ejemplo contundente. Lula no necesitó convertir en simpatizantes propios a todos los que terminaron votándolo. Le alcanzó con reunir a sectores que, aun siendo críticos de su gestión, consideraron menos deseable el regreso del bolsonarismo. Es decir, la elección dejó de ser exclusivamente una evaluación del presidente para convertirse también en un juicio sobre la alternativa.
En la Argentina, este fenómeno no es desconocido. Recordemos que el propio Milei construyó buena parte de su llegada al poder sobre el rechazo a la dirigencia tradicional. Su triunfo expresó el agotamiento de una parte importante de la sociedad frente a los partidos que habían gobernado hasta entonces.
Pero, ¿qué sucede cuando quien llegó al poder representando el rechazo se convierte, con el paso del tiempo, en el propio objeto de evaluación?
En 2027, Milei será un presidente que deberá defender los resultados de cuatro años de gobierno. Si bien la confrontación con el pasado puede seguir siendo un recurso político, hay algo que ninguna estrategia comunicacional puede reemplazar indefinidamente: la vida cotidiana.
El salario, el empleo, el consumo y la posibilidad de llegar a fin de mes constituyen dimensiones sobre las cuales los ciudadanos evalúan a sus gobiernos. Una mejora de los indicadores macroeconómicos no necesariamente se traduce, de manera inmediata, en una percepción positiva de la situación personal. Esa distancia entre los números de la economía y la economía del hogar puede adquirir una relevancia electoral decisiva.
Lula consiguió sostener una base de respaldo a su gestión y, al mismo tiempo, movilizar a votantes preocupados por las consecuencias de un eventual regreso del bolsonarismo. En la Argentina, la evolución de las condiciones económicas y de su percepción social será determinante para comprender qué lugar ocupará el voto de rechazo en 2027.
Pero el resultado brasileño no interpela únicamente a Milei. También plantea preguntas incómodas para el peronismo. La celebración de dirigentes argentinos tras la victoria de Lula resulta políticamente comprensible, pero, sin embargo, confundir una señal de esperanza con una fórmula electoral sería un error de interpretación.
Lula no ganó solamente porque existía un electorado contrario a Bolsonaro. Llegó a esa elección con un liderazgo nacional consolidado, una identidad política reconocible, una organización territorial y una trayectoria de gobierno. Esos elementos hoy el peronismo nacional no los tiene.
Entonces, con ese panorama, estar en contra de un gobierno no significa necesariamente estar a favor de la oposición disponible.
En definitiva, el triunfo de Lula introduce una nueva referencia en el escenario político regional, pero no determina el futuro argentino. Ni Milei es Bolsonaro, ni el peronismo argentino dispone hoy de un liderazgo equivalente al de Lula, ni las condiciones económicas e institucionales de ambos países son idénticas.
Lo verdaderamente interesante es que Brasil volvió a mostrar que las elecciones no se definen únicamente por la fortaleza de las adhesiones, sino también por la intensidad de los rechazos. Y que una primera vuelta adversa no necesariamente clausura las posibilidades de un oficialismo. De cara a 2027, ¿cuánto del apoyo que llevó a Milei al poder puede sostenerse a partir de los resultados de su gestión?

