Más que nunca: ¡pública, gratuita y de calidad!

Una reflexión acerca de lo que nos dejó la marcha en defensa de la universidad pública como oportunidad real para miles de argentinos.

Foto: Santiago Mellano

Entre esas escenas antagónicas se desplegó una de las movilizaciones más significativas de los últimos años en Argentina, que buscó una interpelación directa a una decisión política que excede lo presupuestario y entra de lleno en el terreno institucional.

En cualquier república que funcione, la ley debe cumplirse. Sin embargo, el Poder Ejecutivo argentino decidió no aplicar la ley de financiamiento universitario, suspendiendo su ejecución por decreto. Frente a este hecho, la voluntad del parlamento es ignorado al no coincidir con un determinado programa de gobierno, siendo eso la verdadera erosión del corazón mismo del sistema republicano.

La judicialización del conflicto —que hoy escala hasta la Corte Suprema— no hace más que confirmar la gravedad del escenario.

Pero la calle no salió solo por eso. Salió porque en Argentina la universidad pública es identidad, es una de las pocas instituciones que históricamente funcionaron como mecanismo real de movilidad social ascendente.

La universidad pública permitió que hijos de trabajadores, de clases medias bajas, de sectores sin capital cultural previo, accedan a profesiones, ingresos y posiciones sociales que de otro modo hubieran sido inaccesibles.

Argentina construyó, con sus universidades, un sistema amplio, gratuito y relativamente inclusivo, con más de millones de estudiantes en universidades estatales. Eso no significa que funcione perfecto, por supuesto. ¿Se puede mejorar? ¡Sin dudarlo!

Y justamente por eso, es que este conflicto actual no puede leerse solo en términos fiscal. El ajuste sobre las universidades —con una caída real del presupuesto y deterioro salarial significativo— impacta directamente en la capacidad del sistema de sostener esa función histórica.

El discurso oficial intenta imponer la idea vaga de que la universidad tiene un problema de eficiencia, de gasto y de militancia. La calle mostró que hay otra cosa detrás; hay historias y trayectorias que nada tienen que ver con aquello.

Cuando el Presidente habla de la universidad como un “nido de zurdos” o como un espacio de “militancia financiada”, nuevamente está construyendo un enemigo, un enemigo que necesita para poder subsistir. No hay ahí una discusión seria sobre cómo mejorar el sistema, sino una operación que reduce lo complejo a una caricatura funcional. Y en eso se visualiza una renuncia a entender lo que la universidad representa para la Argentina. ¿No nos pasó esto ya? ¿Queremos seguir insistiendo?

Ahí está la verdadera clave política de la marcha; cientos de miles de argentinos defendiendo lo que esa institución hizo en sus vidas, y lo que todavía puede hacer en las de otros. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a tolerar que el poder decida no cumplir las reglas que ordenan la democracia? La respuesta, al menos esta vez, llegó desde la calle.

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