Bailó en Shanghái, viajó a Egipto para conocer de cerca la cultura que estudió durante años y fue convocada por un productor radicado en México para formar parte de un espectáculo junto a maestras de distintos puntos del país. La riocuartense Natalia Altamira es bailarina profesional, profesora y directora de su propia escuela de danzas árabes. En diálogo con Otro Punto, repasó sus comienzos, los viajes que marcaron su recorrido y el lugar que ocupa la danza en su vida.
Fotos entrevista: Santiago Mellano

Llegamos a la Sociedad Sirio Libanesa casi al mismo tiempo. Natalia Altamira, o Natu, como le dicen sus amigos, apareció con los rulos bien marcados, un traje y una remera con la estampa de su escuela. Para las fotos había llevado también una thobe nashal fucsia (una túnica típica del Golfo), y un burka dorado (una prenda que cubre el rostro y que en este caso utiliza como parte del vestuario de escenario).
Confieso que a Natu la conozco desde hace muchos años y hay algo que siempre fue muy de ella: la seguridad con la que habla, con la que baila y lo arreglada que está cada vez que uno la ve. Bien aplica para ella la frase que se popularizó ahora que dice: “siempre diva, nunca indiva”. Cuando empieza a contar su historia aparecen viajes, maestros, escenarios y recuerdos, pero cuando la conversación vuelve a la danza árabe se le iluminan los ojos. Y ni hablar cuando baila.
Fuimos hasta una de las salas donde se dictan las clases. Allí, un espejo enorme ocupa buena parte de una de las paredes. Ese fue el escenario de la charla. Desde esa sala empezamos a recorrer una historia que la llevó mucho más lejos de Río Cuarto.
En 2016 viajó a China para participar de un circuito cultural en Shanghái. Según contó, había sido convocada junto a un grupo para trabajar en una propuesta cultural impulsada allí y durante la estadía realizaron distintas presentaciones.
Tres años después, en 2019, llegó a Egipto. Para Natalia, ese viaje fue especial. Después de años de estudiar la danza, su historia y su cultura, pudo conocer de cerca aquello que durante tanto tiempo había aprendido a través de clases, maestros y formación.



-¿Cómo fue para vos llegar a Egipto?, ¿cómo lo viviste?
-Me la pasé llorando. Fue muy loco porque cuando llegué estaba muy emocionada. Era como decir: “Todo lo que estudié todos estos años es real”. Las mujeres sí son así, las calles sí son así. Y me sentía como en mi casa, no me sentía extranjera.
La conexión con el mundo árabe también atraviesa su historia familiar. Natalia contó que la familia de su papá tiene raíces libanesas y que sus bisabuelos nacieron en Líbano. En Egipto incluso le pasó algo que todavía recuerda entre risas: algunas personas le hablaban directamente en árabe porque pensaban que era egipcia.
Más recientemente apareció otra convocatoria que volvió a sacar su trabajo del ámbito local. Un productor argentino radicado desde hace años en México la convocó junto a otras maestras de diferentes puntos del país para formar parte de un espectáculo llamado Cleopatra. Cada una debía trabajar con su propia escuela y preparar un cuadro que luego sería integrado a la puesta general.
-¿Cómo llegó esa convocatoria?
-Un productor mexicano que en realidad es correntino pero hace muchos años trabaja y vive en México, convocó a 8 maestras de distintas partes de Argentina, entre ellas yo, para montar un espectáculo que se llama Cleopatra. Cada una tenía un personaje. Yo era Nefertiti. Entonces cada maestra con su escuela tenía que montar un cuadro para después ensamblarlo en todo el espectáculo.
La preparación también implicó viajes y varios días de ensayo.
Las maestras debían aprender coreografías a distancia y después reunirse para ensamblarlas. Natalia viajó a Córdoba, donde compartió jornadas de seis horas de ensayo con docentes que habían llegado desde distintos lugares.
Otro de los momentos que Natalia recuerda con especial emoción ocurrió este año en Carlos Paz, cuando tuvo la posibilidad de bailar con Tony Mouzayek, músico brasileño vinculado a la novela El Clon. Para ella no era un nombre cualquiera: aquella ficción había coincidido con los años en los que las danzas árabes empezaban a ganar popularidad y ella daba sus primeros pasos en ese mundo.

-¿Qué significó para vos bailar con Tony Mouzayek?
-Yo decía: “¿Qué me importa el premio? Yo quiero bailar con Tony”. Era el sueño de mi vida también. Hice un baladí con él, que es la danza egipcia madre y es lo que me representa. No tenía coreografía armada. Yo nunca me subo a los escenarios sin coreografía, pero como el baladí es improvisación dije: “Voy, que salga”. Me super divertí, lo pasé hermoso.
Natalia no creyó que iba a ganar. Había visto bailar al resto de las participantes, se sentó muy relajada junto a algunas de sus alumnas a mirar la premiación, hasta que escuchó su nombre: “Había visto a las otras chicas bailar, eran unas bombas, mucho más jóvenes que yo, y dije: ‘Chau premio’. Y de repente me nombraron”, recuerda entre risas.
Este año también recibió otra noticia que no esperaba. Fue convocada en Buenos Aires para recibir el Premio Maestro Destacado, un reconocimiento a su trayectoria dentro del bellydance. Hasta entonces había participado de esos encuentros como alumna de Anabela o como integrante de un ballet, pero nunca había sido convocada de manera individual como maestra.

-¿Cómo recibiste ese reconocimiento?
-Fue muy loco. Me escribió Martín, el productor que organiza el evento en Buenos Aires, y me dijo: “Pensamos en vos para que recibas el Premio Maestro Destacado”. Al principio me sorprendí y no entendía si era cierto hasta que me explicó bien de qué se trataba, que era un premio a la trayectoria de los maestros. Ellos buscan también maestros del interior, porque nosotros siempre nos reímos y decimos que Buenos Aires es la meca del bellydance, porque está todo nucleado ahí. Había una chica de Santiago del Estero, un chico de Tucumán, gente del interior que por ahí no nos conoce ni Dios. Entonces también es muy importante para darnos un poco de visibilidad.
China, Egipto y distintas convocatorias forman parte de un recorrido que empezó mucho antes. Para encontrar el comienzo hay que volver a Natalia con cinco años. Si bien su mamá no bailaba, le gustaba mucho la danza y solía llevar a su hija a distintos espectáculos. Un día la llevó a ver una gala del Ballet Iberia y Natu todavía recuerda estar sentada en uno de los palcos del teatro, mirando todo lo que pasaba abajo. Poco después, Natalia empezó a tomar clases de danzas españolas en la Sociedad Española.

-¿Siempre te gustó bailar?
-Sí, de chica. Empecé con danzas españolas porque a mi mamá le encantaba la danza. Ella no bailaba, pero le encantaba, entonces siempre íbamos a ver espectáculos y me llevaba. Me acuerdo que una vez me llevó a ver una gala del Ballet Iberia, yo tenía cinco años, y estaba en el palco arriba, bien derechita, en el medio.
Durante esos años también estaba muy cerca de la Sirio Libanesa Su familia era socia y participaba de la institución. Allí recuerda haber visto bailar dabke, una danza popular y folclórica de los países árabes. El bellydance o también conocida como danza del vientre, llegó un poco después.
Natalia tenía alrededor de ocho o nueve años cuando empezaron a armarse grupos en Río Cuarto. Al principio eran chicas que ya bailaban quienes enseñaban a las más pequeñas. Con el tiempo se fue sumando más gente y comenzaron a llegar profesoras desde Córdoba.
Desde ahí no paró. A los 14 o 15 años ya la llamaban para dar clases. Eran pocas las personas que conocían la disciplina y empezaron a aparecer propuestas en distintos lugares de la ciudad. Pasó por vecinales y distintos espacios. Incluso recuerda que, mientras todavía cursaba el secundario, la convocaron para dar un taller de danzas árabes en el colegio Manuel Belgrano.
La bailarina cuenta que alrededor de los 16 años viajaba cada quince días a Buenos Aires junto a dos amigas para tomar clases. Pasaban prácticamente todo el día capacitándose. También buscó formación en Córdoba, Carlos Paz, San Luis y Rosario ya que en ese momento no había lugares para formarse en Río Cuarto.
“Siempre pasa con el interior, el interior del interior. Es muy difícil encontrar un lugar, un espacio. Ahora avanzó un montón, pero antes era peor. Hacíamos lo que podíamos”, cuenta.
Para Altamira también fue importante aprender a enseñar. “Bailar y enseñar son dos cosas totalmente distintas”, sostiene. En ese camino fue clave la reconocida bailarina de danzas árabes Anabela Guevara, a quien Natu define como su mentora. Natalia comenzó a cubrir clases en la Sirio Libanesa siendo adolescente y, con los años, quedó al frente del espacio. Tras la pandemia y con Anabela viviendo en el exterior, el proyecto pasó a llamarse Escuela de Danzas Árabes Natalia Altamira. Hoy la escuela reúne cerca de 60 alumnas y sigue funcionando en la Sociedad Sirio Libanesa, el mismo lugar al que Natalia estuvo vinculada desde chica. La entrevista terminó y llegaron las fotos. Natu se puso la thobe nashal fucsia, sumó el burka dorado y posó con la presencia, seguridad y pasión que la caracterizan. En ella, la danza parece unir muchas cosas: su historia, su profesión y también esas raíces libanesas que forman parte de su familia. Porque cuando Natu habla de danza se le iluminan los ojos. Pero cuando baila, no hace falta que diga nada.


