La Democracia occidental se asienta sobre una premisa fundamental: el imperio de la ley y la igualdad ante la justicia. Sin embargo, el “caso Epstein” no es solo una crónica de crímenes individuales atroces, sino el síntoma de una patología que amenaza los cimientos de las instituciones.
Cuando figuras de la política, la ciencia y la economía —los supuestos custodios del orden democrático— se ven envueltas en una red de tráfico y abuso protegida por el secretismo, el ciudadano común no ve un error en el sistema; ve un sistema diseñado para el privilegio.

La convivencia entre la Democracia y este tipo de estructuras de poder paralelo es, en teoría, imposible. La Democracia exige transparencia; el caso Epstein se alimentó de la opacidad. La Democracia requiere rendición de cuentas; la red de Epstein prosperó gracias a acuerdos judiciales sospechosos y la inacción de agencias de inteligencia. Este fenómeno crea una “Democracia de dos velocidades”: una para quienes deben cumplir la ley y otra para quienes tienen los recursos para situarse por encima de ella. El peligro real no es solo el crimen per se, sino el cinismo corrosivo que genera en el electorado, alimentando populismos que prometen “quemar el sistema” para purificarlo. Estados Unidos de Trump, El Salvador de Bukele, Ecuador de Noboa, Perú de Jerí, Chile de Kast y Argentina de Milei son muestras de esto.
Hacia una reconstrucción de la legitimidad
¿Puede entonces sobrevivir la Democracia a este escándalo? Depende de la capacidad de respuesta de sus mecanismos internos. Si las instituciones democráticas —el Poder Judicial, la prensa libre y los organismos de control— logran desmantelar no solo la red, sino la cultura de impunidad que la permitió, la Democracia saldrá fortalecida. El caso debe actuar como un catalizador para reformas profundas: desde la eliminación de acuerdos de confidencialidad que encubren delitos públicos hasta una regulación más estricta del cabildeo y la influencia de las grandes fortunas en las altas esferas del gobierno.

Para que la Democracia occidental coexista con la verdad del caso Epstein, debe haber una catarsis pública. No basta con la muerte del perpetrador principal o la condena de sus cómplices más visibles. Se requiere una auditoría del poder. La Democracia solo es viable si el ciudadano recupera la confianza en que el sistema es capaz de castigar a sus propias élites. En última instancia, el caso Epstein es un espejo incómodo: muestra que la libertad sin ética y el poder sin vigilancia son los mayores enemigos del autogobierno. La supervivencia de este modelo político depende de la voluntad de iluminar esos rincones oscuros, sin importar a quién alcancen las sombras.
El desafío no puede estar en el “animémonos y vayan”; la sociedad es responsable por omisión de muchas de estas cosas. Si se asume que la Democracia es votar periódicamente y luego volver a cumplir mansamente con lo que algunos aspirantes a autócratas se les ocurre, resulta que es la propia sociedad la que termina avalando la asfixia de un sistema donde el poder real sigue cooptando a quienes están en el proceso de toma de decisiones.

Si la sociedad no reclama, no señala, no acusa y, por el contrario, si acepta en silencio las diatribas del poder, los arrebatos autoritarios que terminan aplastando los reclamos populares para consolidar privilegios de minorías, a no quejarse. El Caso Epstein muestra de manera cruel que del pueblo dependerá el futuro de la Democracia; si se permite que a través de sobornos (económicos, financieros o sexuales), unos pocos se roben al poder, la legitimidad quedará reducida a mero simbolismo.
De esta sociedad dependerá sostener la idea de que el poder en una Democracia es de, por y para el pueblo.


