
El medio israelí Shomrim hizo trascender que el Gobierno de Estados Unidos está evaluando una inversión de 500 millones de dólares para construir una base que podría albergar hasta 2.000 militares en la frontera israelí con la Franja de Gaza. El informe va más allá: plantea que ya habrían existido reuniones entre el Gobierno de Israel y el de EEUU para encontrar el lugar exacto de la futura base militar.
Las cosas en el lugar no vienen bien; Trump está convencido de que se ha dado un gran paso hacia una solución definitiva. Sin embargo, lo único logrado -que no es menor, debe reconocerse- es un cese del fuego que tiene baches cotidianos. Israel ha violado el mismo en los últimos días en reiteradas ocasiones, culpando a Hamas de ataques a soldados de las FDI, pero los islamistas retrucan sosteniendo que “son grupos aislados que no pertenecen al movimiento” y que, inclusive, son perseguidos por ellos.

En los últimos días, además, Israel ha venido bloqueando el paso de Rafah, en el límite entre Gaza y Egipto, por donde estaba entrando gran parte de la ayuda humanitaria. La conclusión es obvia: si bien ya no hay disparos ni bombas de manera cotidiana, el hambre y las enfermedades siguen haciendo de las suyas. Trump presiona a Netanyahu para que permita el ingreso de ayuda humanitaria, pero el líder israelí también está bajo amenazas de su entorno político en su gabinete.
Los ministros “halcones” del gabinete de Israel, Belzalel Smotrich (Finanzas) e Itmar Ben-Gvir (Seguridad), amenazan constantemente con abandonar el gobierno de Netanyahu si éste avanza hacia el retiro total de tropas de la Franja de Gaza o hacia la aceptación de la autodeterminación propuesta por Estados Unidos para la población palestina en pos de pensar en un Estado propio.

La lectura que puede hacerse es múltiple: aquí se sostendrán dos posibles hipótesis. Una, que el gobierno de Trump quiere fortalecer los lazos con Israel y demostrar al mundo árabe-islámico que está determinado a impedir nuevas “aventuras” de Estados que fomenten el terrorismo en la región, al tiempo que busca recuperar una presencia en la zona que perdió durante los gobiernos de Barack Obama; la otra, que Trump busca evitar que Netanyahu obstaculice el programa de estabilización en la zona, logrando que Israel haya mermado su influencia en la Franja de Gaza.
No obstante -y más allá de la obsesión de Trump por aparecer como merecedor del Nobel de la Paz-, quienes deberían ser los “aliados naturales” de Estados Unidos están cada día más dubitativos: los Estados de la Liga Árabe ya dejaron trascender que no se involucrarán en una Fuerza de Estabilización (una especie de Policía para Gaza) mientras no estén debidamente aclarados los roles y las responsabilidades. Al día de hoy, Israel no ha hecho abandono de la Franja, sino que se ha quedado detrás de la “línea amarilla”, controlando en la práctica el 60% del territorio. Esto ha hecho generar aún más dudas en los Gobiernos naturalmente aliados de Washington, Egipto y Jordania, que no alcanzan a ver una decisión firme de Jerusalén de involucrarse en el proceso. Y todo tiene que ver, como quedó dicho, con la cuestión del sistema de Gobierno de Israel, donde el parlamentarismo permite a los partidos aliados a las mayorías mantener un virtual derecho de veto sobre la agenda política y las decisiones gubernamentales.

Si Poder Judío y Judaísmo Unido de la Torá, junto con Shas, se retiran de la coalición, Netanyahu quedará en minoría en la Knesset (Parlamento) y, salvo que logre construir una nueva mayoría, deberá pedirle al Presidente que disuelva el Legislativo y llame a nuevas elecciones, con los riesgos que esto tiene.
Lo concreto es que todo parece indicar una firme voluntad de Donald Trump de involucrarse con mucha presencia y firmeza en la región. Pero también debe quedar bien clara una cosa: Washington no busca involucrarse para “pagar costos” apareciendo como un sustituto de Israel en la represión a los palestinos, sino para estabilizar y garantizar, inclusive, las posiciones más extremistas de los aliados de Netanyahu.
Sólo resta saber si los pasos a dar -incluida la eventual base militar-, servirán para poner tranquilidad y sentido de futuro a una región donde la palabra paz sólo es una quimera.


