Venezuela y la farsa de la
reconstrucción democrática
A inicios de 2026, Venezuela atraviesa uno de sus momentos más críticos y paradójicos tras el secuestro de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas norteamericanas. Lo que para algunos sectores internacionales se presenta como una “oportunidad histórica” para reconstruir la democracia, para muchos analistas y ciudadanos es percibido como una nueva etapa de un proceso que podría denominarse “chavismo sin Maduro”, de la mano de un Donald Trump que cambia de discurso como de convicciones.
La crisis de legitimidad que define el presente tiene su raíz en los eventos de 2024 y 2025. El proceso electoral de julio de 2024, calificado ampliamente como un fraude, marcó el inicio de un ciclo de resistencia que culminó en las protestas masivas de enero de 2025 tras la cuestionada jura de Maduro. Pero no se agotó el problema en la movilización popular; Maduro había “perdido la calle”, eso que para el chavismo es sagrado. Se había roto “algo” entre el proceso político y la gente, esa gente que sostuvo a Chávez luego del intento de golpe de 2002 y lo apoyó electoralmente. De hecho, el sector militar y el sector civil del PSUV ya habían empezado a ver a Maduro como un obstáculo, un bloqueo, para refrescar el proceso político. La “legitimidad” de Maduro se agotaba en la represión, las censuras y las proscripciones.

A lo largo de 2025, el régimen intentó proyectar una imagen de “normalización” mediante elecciones de medio término y municipales en mayo de ese año. Sin embargo, estas fueron catalogadas como una farsa electoral debido a la bajísima participación —estimada en apenas un 15%— y el control absoluto del aparato estatal. Para peor, el sistema institucional evidenció su estado grave al ver que la oposición estaba dividida y cuyo discurso oscilaba en el boicot (sector de Corina Machado) o la participación (sector Capriles). Quedaron heridas y fracturas expuestas en la oposición. Esta estrategia de convocar a las urnas sin garantías reales fue la herramienta principal del chavismo para intentar, sin éxito, validar una democracia que ya solo existía en el discurso oficial. Se insiste, esto no pasó desapercibido para personas como Delcy Rodríguez y su hermano Jorge, así como para Diosdado Cabello (el poderoso Ministro del Interior) y Vladimir Padrino López (Defensa).
La situación dio un giro radical en los primeros días de enero de 2026. Tras el ilegítimo secuestro de Maduro y los asesinatos realizados por las fuerzas de EEUU, ha quedado un país fracturado. Aunque figuras de la oposición y gobiernos extranjeros instan a una inmediata reconstitución del Estado, el camino aparece minado por: falta de institucionalidad, violencia, persecución y la geopolítica de recursos. En este escenario, la reconstrucción no solo es política, sino económica. El control de recursos estratégicos (oro, petróleo y agua) sigue siendo el eje de una disputa donde la soberanía venezolana parece secundaria frente a intereses internacionales, esencialmente los que responden al “salvador” Donald Trump, que parece no preocuparse por quién gobierne ni por los presos políticos si se permite a las empresas de EEUU participar en la extracción y comercialización de petróleo.

Hablar de reconstrucción democrática en enero de 2026 resulta demasiado prematuro frente al alevoso cambio de discurso de Trump, que de pretender “imponer una democracia”, pasó a aceptar un continuismo chavista sin Maduro de la mano de Delcy Rodríguez y el silencio del sector militar, lo que genera cuanto menos demasiadas suspicacias. ¿Traicionó Delcy Rodríguez a Maduro? Nadie puede confirmarlo, pero la insistencia de Trump en que “no habrá elecciones en el corto plazo”, y que “Delcy Rodríguez está colaborando con nosotros” (sic), evidencian que al menos ha habido (¿hay?) contactos entre el Departamento de Estado y la actual inquilina del Palacio de Miraflores.
El accionar de Donald Trump, empujado por un Marco Rubio obsesionado con todo lo que huela a izquierda, parece inclinarse por una razón geopolítica: cerrar cualquier puerta que pueda significar un resquicio para que China ingrese a comerciar o a financiar proyectos que le permitan convertirse en un actor político local. Detrás del golpe a Venezuela, viene una nueva vuelta de tuerca en la asfixia a Cuba y las amenazas a Colombia y México. Párrafo aparte para la sobreactuación del gobierno Milei, avalando una violación a las normas de convivencia internacionales, así como el giro en la tradición argentina del respeto al principio de No Injerencia en Asuntos Internos de los Estados.
La comunidad internacional, incluyendo la Unión Europea, advierte que, si bien la salida de Maduro permitiría pensar en un cambio de rumbo en un proceso político que se cerraba en sí mismo cada vez más, el respeto al Derecho Internacional ha quedado lesionado gravemente, y junto con él la credibilidad en las instituciones internacionales.
La verdadera farsa sería pretender que una transición impuesta o apresurada puede restaurar por sí sola una democracia que requerirá décadas de sanación institucional, incluyendo la creencia en que la Casa Blanca alguna vez fue exitosa en su “vocación” de “construir democracias”. Así lo atestiguan Libia, Afganistán, Irak y Somalia, entre otros.


