El último adiós al hombre de la garita

La nota que Otro Punto publicó el 23 de enero lo sacó del anonimato. Durante más de un año, Julio Alberto Irusta durmió en la parada de colectivos del Hospital Central, postrado en su silla de ruedas y frente a la mirada impasible de la ciudad. Trabajó en el campo desde la infancia, y en su etapa final vivió en situación de calle. Pocas horas después de que su testimonio se hiciera público, falleció por una infección severa.

La garita sigue ahí, enclavada en la esquina de Guardias Nacionales y Rosario de Santa Fe. La canilla también. El lugar donde Julio Alberto Irusta pasaba las noches, donde esperaba postrado en su silla de ruedas la llegada de un nuevo día, donde se bañaba con agua fría para poder decir que todavía era alguien, todo eso permanece intacto. Julio ya no. Murió debido a una infección severa, los últimos días de enero, pocas horas después de que su historia, la historia de un hombre simple que soñaba con tener un techo propio se conociera en la nota que Otro Punto publicó en su edición del 23 de enero. Fue su manera de hacerse visible a los ojos de la ciudad.

El campo fue testigo de su esfuerzo. Desde los 13 años, cuando falleció su mamá, trabajó de peón. “Mi padre era policía, pero un día me dijo: Julio, tenés que trabajar. Y desde ese momento trabajé en el campo” comentaba. Su adolescencia transcurrió entre Elena y Las Peñas Sud, entre cosechadoras y tractores. “Me terminé de criar con los gringos en el campo” decía, riendo. Desde el año 78 vivía en Río Cuarto.

Vecinos de las inmediaciones del hospital relatan que lo conocían desde hacía años. Antes de enfermarse, Julio trabajaba cuidando autos frente al casino. Muchos lo ayudaron con comida, algo de dinero o algún cigarrillo para hacer más llevadera la vida en la calle. Con el avance de la diabetes, su situación se agravó. La enfermedad derivó en la amputación de una de sus piernas y lo obligó a desplazarse en silla de ruedas.

Pasó por distintos hogares y asilos de la ciudad, pero no permaneció en ellos. Buscaba un espacio propio. Un lugar para sus cosas. Un lugar donde no tener que higienizarse en una canilla a la intemperie ni dormir con el temor constante de que le robaran lo poco que tenía.

Sus compañeros trapitos, que compartían la vida en las afueras del hospital, lo recuerdan con dolor e impotencia. “¿Cómo puede ser que se venga a morir así, viviendo al lado del hospital? ¿Nadie podía hacer algo? Julio murió con una infección generalizada en todo el cuerpo. “Y eso mismo nos va a pasar a nosotros”, contó Walter, uno de sus compañeros, a Otro Punto.

Cuando la tarde empieza a caer, se pueden ver bolsas llenas de mantas apoyadas en los muros del hospital. Son las camas, humildes, de quienes compartieron con Julio la calle, las comidas, las donaciones. “Nosotros sabíamos que de martes a viernes comíamos porque de la parroquia San Roque venían a traernos algo. Los viernes hay siempre sánguches”, confió Walter.

Lamentablemente, acá vamos a morir”

“La gente muchas veces nos discrimina porque estamos sucios, pero ellos tienen una cama, ducha, lavarropas. Nosotros lo único que tenemos es esta calle, y lamentablemente acá vamos a morir. Porque como no tenemos los suficientes estudios, o porque nuestra ropa no está limpia, no somos nadie. No tenemos dignidad”. Si hay algo que Julio quería era luchar, como podía, contra esto. Contra la indiferencia, contra la falta de dignidad, para dejar de ser invisible.

La garita sigue ocupada por otros que, al igual que Julio, encuentran ahí un refugio. La canilla sigue abierta todos los días para traer algo de alivio a otros cuerpos. En las afueras del hospital, la vida en la calle continúa. Julio Alberto Irusta ya no está en ese espacio, pero su paso por allí no quedó borrado. Quedó registrado en quienes lo conocieron, en quienes compartieron con él la calle, en quienes lo ayudaron con comida, con dinero o con una palabra. Quedó también en su decisión de hablar y de mostrarse.

En un momento de la entrevista, de aquella entrevista que ofreció hace apenas un puñado de días, surgió la posibilidad de tomar una fotografía. Se le propuso hacerlo de espaldas, para preservar su identidad. Julio reaccionó de inmediato. Frunció el ceño, se acomodó en la silla y preguntó por qué. “¿Por qué de espalda?”, dijo. El tono fue seco, molesto. No aceptó la idea. Pidió que la foto fuera de frente.

Eligió decir quién era y dejar constancia de su rostro. Julio no fue un nombre recuperado a partir de un final drástico. El destino quiso que, en el ocaso de sus días, pudiera confiar que que los hogares de acogida no estaban hechos para él y que sus noches en la garita del hospital no eran el antojo de un viejo que había perdido el juicio, sino su manera de gritar a quien quiera oirle que el sueño del techo propio no debería ser una quimera.

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