Urgencia por una casa
La lucha de Mariela por reconstruir su vida con cinco nietos
A más de tres meses del incendio que destruyó la vivienda familiar en calle Río Pilcomayo, Mariela Molina vive junto a sus nietos en una pieza prestada y reclama una respuesta estatal que, hasta ahora, no llega
Fotos: Santiago Mellano

A más de tres meses del incendio que destruyó la casa familiar de calle Río Pilcomayo, Mariela Molina sigue intentando reconstruir su vida junto a sus cinco nietos. Ya no se trata solo del fuego ni de la violencia que atravesó durante años a su familia: ahora la urgencia pasa por otro lado. Conseguir un lugar digno donde vivir, sostener a los chicos y evitar que vuelvan a quedar atrapados en un contexto de abandono.
Seis personas viven en una pieza de no más de diez metros cuadrados. Allí duermen, comen y hacen la tarea. Cerca de las diez de la mañana, Mariela ya tiene el mate listo. Los dos nietos más pequeños juegan en el jardincito. Los mayores, que van a la escuela por la tarde, aprovechan para dormir un rato más. Teo, el más grande, duerme en un sillón. Sus dos hermanos comparten con Mariela una cama de dos plazas. A los más chiquitos les toca dividir la de una plaza. Después del incendio del 25 de diciembre, esa escena se volvió la nueva rutina. Mariela vive allí con sus cinco nietos, todos hijos de María José, su hija de 28 años, quien en febrero recuperó la libertad luego de haber estado detenida por prender fuego a la casa donde vivían los niños.

Cada tres meses, Mariela debe renovar la tutela de sus nietos. Todos están escolarizados: desde el más pequeño, de tres años, hasta el mayor, de once. Cuenta que, gracias a la nota publicada el primero de enero en Otro Punto, muchas personas de la ciudad empatizaron con su caso y la ayudaron con comida, ropa, muebles y hasta dinero.
La solidaridad de vecinos y personas anónimas le permitió cubrir necesidades urgentes y atravesar los primeros meses después del incendio con algo más de alivio. Pero esa ayuda, aunque valiosa, no alcanza para resolver lo esencial, que es la vivienda. Si hubo un lugar del que no recibió respuestas, dice Mariela, fue del Estado. Intentó pedir asistencia en la Municipalidad, en Bienestar Social y en distintas áreas vinculadas al acompañamiento familiar. Pero la respuesta, según cuenta, se repite siempre con la misma frase: “No hay recursos para ayudarte”. El principal argumento que recibe por parte de los organismos públicos es que, al tener trabajo y cobrar la asignación correspondiente a sus nietos, figura en el sistema como una persona con ingresos. Desde esa lógica, debería poder alquilar. Pero en la práctica, la cuenta no cierra.
El dinero no alcanza para pagar un alquiler, costear a la niñera que cuida a los chicos mientras ella trabaja, comprar comida todos los días y vestir a cinco niños. La supervivencia cotidiana se sostiene a fuerza de organización, esfuerzo y ayuda de algunos, pero sin ninguna garantía de estabilidad.
Mariela trabaja haciendo viandas. Llega alrededor de las diez de la noche a su casa y, recién entonces, empieza otra jornada. Debe cuidar, ordenar, bañar, dar de comer, revisar mochilas, escuchar, retar y contener. “No se van a la cama si no están bañados”, cuenta entre risas. A esa altura de la charla, los chicos ya se levantaron y rondan entre nosotras. “Nona, no encuentro mis zapatillas”, dice Giovanni. Mariela, con paciencia, le responde que las busque bien, que seguramente están debajo de la cama.“¿Qué hacemos apenas nos levantamos?”, les pregunta. “Lavarnos la cara y los dientes, nona”, responden casi de memoria, como cansados de escuchar siempre la misma indicación.
Educar a los chicos, cuenta Mariela, le está costando. No porque no quiera o no pueda, sino porque está intentando ordenar una infancia que durante mucho tiempo transcurrió sin límites, sin cuidados y en la calle. El año pasado faltaron mucho a la escuela. Sus padres no sostuvieron rutinas, ni hábitos, ni presencia. Ahora le toca a ella. Y no es una tarea sencilla.

La situación se vuelve todavía más difícil cuando en el lugar donde viven ni siquiera tienen un baño propio. Para higienizarse deben ir hasta la casa de al lado, donde vive otro de sus hijos. En estos días, con la llegada del frío, los chicos salen mojados de una casa a la otra. Tampoco hay una cama para cada uno, ni espacio suficiente para guardar ropa, útiles o juguetes. La pieza alcanza para pasar los días, pero no para construir una vida.
En los últimos días, Mariela logró limpiar el terreno donde antes estaba la casa consumida por el fuego. Ahora sueña con volver a levantar algo allí. Una casa nueva, aunque sea pequeña. Un lugar donde sus nietos puedan dormir sin hacinarse, tener un baño, una mesa y un poco de orden. Como no consiguió ayuda concreta por parte del municipio —más allá del ofrecimiento de un subsidio de 60 mil pesos— volvió a recurrir a la solidaridad de los vecinos de Río Cuarto. Necesita materiales de construcción: ladrillos, caños, cemento, chapas. Todo sirve. Mientras tanto, ella también compra de a poco lo que puede.
Cada noche, cuando acomoda a sus nietos para dormir en la pieza prestada, Mariela sabe que lo urgente todavía no terminó. Porque la casa que se quemó no se reconstruye sola, y lo que hoy necesita no entra en una bolsa de ropa. Necesita materiales, paredes, un baño, camas, espacio. Necesita volver a levantar un lugar donde sus nietos puedan dejar de sobrevivir y empezar a vivir. Sobre ese terreno vacío, donde antes hubo una casa, hoy también hay una esperanza frágil: la de poder construir de nuevo, si alguien ayuda a poner el primer ladrillo.

