Infancia en Los troperos

Vivir en la calle, con hambre y a los tiros

En el fondo de barrio Alberdi y recostado sobre el río, Los Troperos es el escenario de historias que cada día son más difíciles de sostener

Fotos: Laura Scott

Es el mediodía de un martes caluroso. En el cielo no hay una nube y en las calles solo se ven niños yendo a la escuela. Van solos, pese a su corta edad. El colegio es uno de los pocos lugares que intenta ordenar un territorio que parece deshilacharse. Incluso ahí el desafío es enorme. Hay niños con ochenta inasistencias en el año. Los maestros comentan que los chicos se pasan los días en la calle, solos. Y que las drogas son algo de todos los días, por eso hay tantos hechos de violencia.

En noviembre, este barrio presenció tres muertes violentas. Asesinatos, tiroteos, puñaladas. Algo habitual. “Todos los días a eso de las siete u ocho de la tarde se escuchan los tiros. Llamamos a la policía y vienen cuando ya terminó todo, o directamente nos dicen que los dejemos que se maten. ¡Pero no, hay criaturas al medio!” dice Mariana, una vecina indignada.

La feria de ciencias que se hace todos los años en los colegios del país, este año en Los Troperos tuvo que hacerse con presencia policial dentro de la institución. Si no, no se podía garantizar la seguridad de nadie. Muchas veces los niños quedan atrapados en disputas entre adultos que exceden por completo a la escuela.

En este contexto, cuidar de las infancias pasa a un segundo plano. Las instituciones escolares mencionan, con tristeza, que los niños llegan descuidados, sin acompañamiento familiar, sin controles médicos y con un bienestar frágil. El dispensario del barrio, a pocas cuadras de las escuelas, casi no recibe consultas para trámites básicos como las fichas médicas. Este año optaron por llevar a los profesionales al colegio; aun así, varios padres no se presentaron a firmar los formularios de sus hijos.

A dos o tres cuadras, entre yuyos altos y montículos de basura, funciona la copita de leche “Rinconcito de amor”. Está ubicada en una casa de familia. Afuera se pueden ver dos tubos de gas con candados y cadenas. Mariana López y Celeste Aguilera son dos voluntarias que, de lunes a viernes, cocinan 230 viandas. La municipalidad les proporciona bastante mercadería, pero con eso no alcanza debido a la cantidad creciente de familias que asisten a la copita. La última semana de cada mes tienen que recibir donaciones de vecinos que se acercan para solventar las viandas de esos días. “Pasa que hay muchos comedores y no se da abasto con la mercadería, cada día vienen más y más familias”, comenta una de las voluntarias.

Entre la vulnerabilidad, la violencia y la necesidad, la espiritualidad también ocupa un espacio en el barrio. Mientras recorremos las calles, una niña le pregunta a la cronista:

-¿Sos de alguna iglesia?

En este lugar, la fe funciona como refugio. Los vecinos reconocen la presencia activa de las religiones. La escuela evangélica Nueva Argentina es un punto de referencia donde muchos chicos asisten, y el padre Carlos Costale de la iglesia católica es una figura muy cercana al territorio, que reconoce el barrio, conversa con las familias y acompaña situaciones críticas que otras instituciones no llegan a cubrir.

En Los Troperos, la infancia crece entre la urgencia, el hambre, el miedo y la resistencia. Son la escuela, las redes comunitarias y algunos vecinos los que sostienen, como pueden, la vida cotidiana de un barrio que pide ser mirado.

Compartir

1 comentario en “Vivir en la calle, con hambre y a los tiros”

  1. Olga Matilde Romero

    CUANTO DOLOR !!! En un país tan rico que hayas personas que no tienen la comida de cada día, un trabajo digno. Y sin palabras los niños.

Los comentarios están cerrados.

Scroll al inicio