Levantarse, después del fuego

Mariela Molina (58) necesita un hogar para vivir con sus nietos luego de que el 25 de diciembre su hija incendieara la casa donde vivían. El hecho ocurrió en la calle Rio Pilcomayo, en la zona de Villa Dálcar

Por Valentina Díaz

“Mariela, la María José prendió fuego la casa, no sé si estará adentro”, sonó al otro lado del teléfono. La hija de Mariela Molina —María José (28)— lleva ya cuatro años de consumo diario, pero este último tiempo marcó el punto más oscuro, porque estuvo completamente perdida en las drogas. La violencia y el abandono hacia sus pequeños hijos se volvieron cotidianos; no había comida, no había escuela y los maltratos eran constantes, incluso con golpes. En el dia de navidad, Maria Jose, luego de haber consumido varias drogas, prendió  fuego la casa donde vivia. Alrededor de las 7 de la tarde, Mariela (58) recibió el llamado de una vecina que, asustada, se lo anunciaba.

Rapidamente Mariela se dirigió al lugar del incendio. Vivía en la parte de adelante de la casa, pero días antes se había ido a la de su hijo. Con ella, se llevó a sus cinco nietos, hijos de Maria Jose. Tenía miedo. Anteriormente, ella la había intentado matar dos veces, y a sus hijos los descuidaba constantemente. Cuando llegó a la calle Rio Pilcomayo se encontró con la casa, que era suya y de sus hermanos, completamente en llamas. María José no estaba adentro. Rondaba por los alrededores, y en su estado, juraba que ella no había iniciado el fuego. La casa quedó devastada. Todo estaba perdido, quemado.

“La ayuda del Estado nunca se vio”, dice a Otro Punto Mariela, abuela de los niños, con la voz quebrada por el cansancio. Su hijo le prestó una habitación donde vivir luego de lo ocurrido. Es una pieza pequeña. Mariela comparte la vida con sus cinco nietos. El espacio alcanza justo para albergarlos a ellos y para las donaciones que se amontonan como pueden.

Desde hace años, su familia convive con las consecuencias del consumo de drogas, la violencia y la ausencia de acompañamiento sostenido por parte del Estado. La policía tiene una carpeta llena de denuncias por parte de Mariela y de vecinos que, constantemente, presenciaban los horribles acontecimientos.

Los que más han sufrido son los hijos mayores, que hoy ya no quieren estar con su madre. La situación se volvió insostenible. Uno de sus hijos, de apenas 8 años, era llevado a comprar droga. En más de una oportunidad, incluso, tuvo que enfrentarse a delincuentes para evitar que lastimaran a su mamá.

“Desde que pasó todo esto hubo muchos cambios, para mal. Lo material va y viene, pero la secuela que a uno le queda es la sentimental. Porque sigue siendo mi hija”, expresa Mariela, con lágrimas en los ojos. El dolor persiste en ella. Por momentos debe detenerse al hablar, el sentimiento le quiebra la voz. Buscó ayuda para su hija en distintos espacios para acompañar la recuperación. “Me duele saber que ella está enferma. Muchas veces le busqué lugares, charlas, para ayudarla. Pero su marido le hacía bullying, le decía que nunca se iba a recomponer, que era una drogadicta. Y él era igual que ella”, cuenta.

“Doy gracias de que Dios me iluminó y saqué antes a los chicos, porque si no nos quemaba a todos”, dice. Fue una medida urgente para protegerlos de un contexto atravesado por la violencia y el consumo. Mientras Mariela, conmovida, repasaba lo sucedido, Samuel, de tres años, insistía en irse a la calle. Su abuela explica que es una conducta a la que está acostumbrado y que le cuesta decirle que no, marcar un límite que antes no existía. La reja permanece siempre cerrada con candado, pero el niño pasó gran parte de su vida en la calle, con sus hermanos, y ese impulso todavía aparece.

Hoy, Mariela manifiesta su deseo de reconstruir su vida y vivir bien con sus nietos. Necesita un nuevo hogar donde poder establecerse. Vecinos y personas solidarias le donaron muebles y pertenencias básicas, pero no tiene un lugar físico propio donde guardarlas ni instalarlas permanentemente. Esta situación se vuelve clave, ya que contar con una vivienda estable es una de las condiciones necesarias para que la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia (SeNAF) no le quite a los niños.

Más allá de lo material, Mariela vuelve a poner el foco en la salud mental. “Sería bueno que alguien se ponga las pilas con la salud mental. Hoy en día hay muchos problemas de drogas”, sostiene.  Al recordarlo, el gesto se le endurece y la voz cambia de tono.

Su hija, anteriormente estuvo internada en el área de salud mental del hospital, pero el equipo no logró contenerla. “Como es un sistema abierto, se pudo ir. La llevó la policía y a las 2.30 de la mañana se levantó y se fue”, recuerda.

El 2026 ya empezó, pero para Mariela el tiempo no se mide en calendarios sino en resistencias. Cada día es un intento por sostener a sus nietos, por no soltar del todo a su hija y por seguir creyendo que, aun después del fuego, algo puede volver a levantarse. No pide milagros ni promesas. Solo quiere un lugar donde vivir, acompañamiento real y la certeza de que nadie más tenga que elegir entre el amor y la supervivencia.

Número de contacto para colaborar con Mariela Molina: 3585 14-5455

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