La esperanza, después del diagnóstico

¿Después de recibir como un mazazo la noticia de un mal diagnóstico cómo se sigue? Esa sencilla pregunta motivó este valioso testimonio, a propósito del Día mundial de la lucha contra el cáncer que se conmemora todos los 4 de febrero

Entré al hospital acompañada de mi gente querida. La puerta del consultorio se abrió y vi al médico que ya tenía el resultado de todo lo que me habían pedido. Tenía cáncer. Una palabra que conocía por mi abuela, y a la que por muchos años ni quería pronunciar, hasta que esa mañana se volvió mi realidad.

Cuando escuchás esa palabra, es como si te quitaran el suelo donde apoyás los pies desde que naces y, de repente, estás en el aire. No entendés bien. ¿Por qué a mí? Y después viene inmediatamente la pregunta: ¿y ahora, lo superaré?. Tengo familia,¿qué va a ser de ellos?. Se te mezclan las sensaciones. Y a la vez tenés que tomar decisiones.

Soy madre de dos niñas, me tocaba enfrentar un diagnóstico duelando que mi ex marido me abandonara con dos niñas a las que aún debo terminar de criar. Y tenía que avanzar con ellas y enfrentar un tratamiento médico que es sanador, pero no menos difícil.

Después entendí que a muchas mujeres nos toca atravesar un tratamiento oncológico con realidades personales difíciles. Empezaba una etapa distinta y única, infinitamente única y personal. Muchos pasamos por esto pero el camino es muy íntimo. Cada uno lo transita como puede.

En mi caso, insisto, que lo que me salvó fue la fe. Por momentos trato de escribir algo que suene menos espiritual, pero después me doy cuenta que no me sale. Porque mi salud mental no se desbarrancó, porque creí fuertemente en que Dios me quería enseñar algo de esta situación.

Como escuché decir a un psicólogo: acepten el diagnóstico, pero no el pronóstico. Y me aferré a esa frase.

Esta enfermedad es dura pero algo vino a enseñarme, el diagnóstico fue cáncer de mama, pero el pronóstico en mi corazón fue buscar la luz de sanación cada mañana. Un día a la vez, un camino y avanzar paso a paso.

Acompañar desde el respeto y el amor es muy importante. La paciencia se pone a prueba y no hay un reloj que diga “a tal hora, tal día, se terminó”. Es estar ahí, y abrazar, alcanzar un vaso de agua, hacerle las compras a quien tiene que pasar por el tratamiento, hacerlo sentir contenido.

En mi experiencia mis puntales fueron la fe, mis hijas, mi mamá, la contención psicológica, el acompañamiento de mi nutricionista, mis amigas y mi amigo que se repartieron no se cómo, para que no me faltara nada ni a mí, ni mis hijas. La palabra a tiempo que reconforta el corazón. Y un día la tormenta pasa y esa etapa difícil se termina.

El pelo vuelve a crecer, el cuerpo se recupera. Pero algo cambia para siempre: ves la vida diferente. Le encontrás sentido al café que te tomabas apurado, aprendés a poner límites donde antes no los ponías, y ves cada atardecer con agradecimiento de un día más de vida.

Mi consejo para todas aquellas personas que están en este camino: un diagnóstico temprano salva, da otra oportunidad. Que el miedo no sea la razón para no hacerse los controles anuales.

Hoy soy un testimonio de que un tratamiento a tiempo te da una esperanza de vida.

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