De Río Cuarto a Venezuela

NO ESTÁS SOLA

Mientras Venezuela enfrenta una de sus peores tragedias de su historia, desde Río Cuarto tres mujeres viven el derrumbe a la distancia: el miedo, la impotencia y la certeza de que la única forma de sostener lo que queda es ayudando. Es el momento. Esto las acerca a su tierra.

Fotos: Santiago Mellano

El 24 de junio, parte de Venezuela se quebró bajo la fuerza de dos terremotos consecutivos. Primero, un sismo de magnitud 7.2. Apenas 39 segundos después, otro aún más fuerte: 7.5. No hubo tiempo para reaccionar. La tierra se movió dos veces y, en ese breve intervalo, la vida cotidiana desapareció. Edificios enteros se vinieron abajo en segundos, levantando polvo, ruido y silencio al mismo tiempo. En las imágenes que llegan, las ciudades parecen detenidas en una misma escena: calles cubiertas de escombros, gente buscando entre lo que quedó en pie.

Se habla de más de 2.300 víctimas fatales, y la cifra, tristemente, sigue creciendo con el paso de los días, entre rescates que no terminan y restos de concreto que todavía esconden vidas. Pero lo más difícil no es el número: es la espera. Más de 40.000 personas siguen desaparecidas.

El desastre alcanzó gran parte del país, distintos estados y ciudades, aunque La Guaira fue declarada zona de desastre, donde más de 250 edificios colapsaron por completo. Ese día era feriado. Las calles estaban más quietas de lo habitual, los comercios cerrados, la mayoría de las personas en sus casas.

Pese a todo, sin embargo, aparecen escenas que duelen: personas rescatadas después de horas o incluso días bajo capas de escombros, sobrevivientes que emergen de lugares donde parecía imposible respirar.  Momentos breves, frágiles, que se sienten como lo más parecido a un milagro.

Ellas

En Río Cuarto, la tarde cae lenta y gris. El frío se mete en las manos, en las palabras, en el silencio de una mesa de tres mujeres venezolanas que tienen una sonrisa a medias. Son Lheyzi Sánchez, Jenifer Peña y Claudia Rojas. Antes de que empiece la charla, ya hay algo que las une: la preocupación. La distancia. La incertidumbre. En sus celulares se acumulan mensajes, audios y fotos que llegan desde un país que hoy llora. El terremoto no solo derrumbó edificios y hoteles. Desarmó certezas, interrumpió rutinas, y dejó sueños bajo tierra. La naturaleza recordó una vez más que habla otro idioma.

Las tres llegaron a Río Cuarto hace años persiguiendo un futuro mejor. Aquí, construyeron una nueva vida, pero Venezuela sigue habitando en sus modismos y en sus recuerdos. Lheyzi es comunicadora social y periodista; Jenifer se dedica a la gastronomía y es dueña de un café céntrico. Claudia es jugadora de softbol de la UNRC y es trabajadora de casas particulares. A las tres, hoy, las une una misma angustia.

“Me cuesta dormir, tengo el celular cerca, es muy duro estar lejos, porque uno está acá, pero al mismo tiempo está allá, con cada mensaje que llega”, dice Lheyzi, quien desde un primer momento pensó en hacer algo para ayudar, y así surgió la idea de realizar una colecta en la ciudad. Jenifer escucha y completa la idea: “Queríamos ayudar desde el primer momento, pero estábamos esperando alguna directiva, algo que nos dijera qué hacer o cómo hacerlo desde organismos oficiales”.

Cada una vive la realidad como puede. Claudia tiene su familia materna y parte de la paterna en Venezuela. “Es horrible pensar que puede pasarles algo. Donde viven ellos, se sintió como un temblor, están bien, pero al comienzo no podía contactarme con ninguno. Me asusté mucho”, dice y agrega: “Sentís paz porque tu familia está bien, pero te genera mucho dolor todo lo que pasa”.

El acento las devuelve a Venezuela una y otra vez. Hablan con la cadencia del Caribe, mezclando recuerdos con una preocupación que no las suelta. Por momentos sonríen, pero enseguida vuelve el gesto de tristeza

Un corazón con los colores de Venezuela cuelga del cuello de Lheyzi. Cuando habla, por momentos, lo toma entre sus manos. Hay una hermandad tácita entre ellas. “Abro el WhatsApp y en los grupos aparecen los nombres y las fotos de las personas desaparecidas, familias enteras buscando a alguien, y es muy fuerte”, dice bajo la atenta mirada de las demás.

Cuando pase el temblor

Según comentan, el terremoto abrió otra grieta: la de lo que viene después. “Lo que pasó es la naturaleza, pero lo que viene después, es político”, dicen. Y ahí aparece otra escena que ellas mismas comentan: vecinos sacando personas de entre los escombros, mientras la ayuda oficial no llega o llega tarde. “Eran los mismos vecinos los que al principio ayudaban a rescatar personas, mientras las fuerzas de seguridad estaban mirando, impolutos con sus uniformes”, dice Jenifer.

Lheyzi menciona que tiene un primo lejano que está desaparecido. “Su hija nos escribe y nos cuenta que no hay maquinaria pesada para buscar o luz que permita alumbrar. El edificio donde él estaba tenía 12 pisos y él estaba en planta baja, en su carpintería”, comenta y agrega convencida: “Esta situación tan terrible y dolorosa permite ver la profundidad de la crisis en la que está sumergida Venezuela. No estamos viendo la punta del iceberg, sino todo”.

Claudia continúa la charla en el mismo sentido: “No hay ayuda, no hay acompañamiento. Gracias a las redes, el mundo empieza a ver lo que pasa realmente. No es nuevo, pero muchos se enteran ahora”, asegura.

Las tres tienen la misma mirada sobre la realidad venezolana y cómo se está actuando ante esta catástrofe natural. “La falta de políticas públicas, de fuerzas de seguridad que protejan de verdad y no que roben lo que han quedado en las casas destruidas tras el terremoto. Hay decisiones que son políticas como no dejar entrar ayuda humanitaria o a rescatistas de otros países. Les ponían muchas trabas”, mencionan.

Entre ellas circula el interrogante de quién va a ayudar a todos aquellos que se quedaron sin nada, que perdieron todo, incluso la esperanza. “El gobierno no. Son los mismos vecinos, el mismo pueblo venezolano y personas de otros países. De ahí vendrá la ayuda”, reflexionan.

Una colecta que acerca

En medio del dolor, algo empezó a moverse. Primero fue la necesidad de hacer algo. Después, una llamada, un mensaje y una idea que terminó convirtiéndose en una colecta. En distintos comercios de Río Cuarto reciben medicamentos e insumos médicos. La primera tanda ya partió hacia Córdoba; desde allí viajó a Buenos Aires y, finalmente, en un vuelo humanitario, llegará a Venezuela. Pero la campaña continúa. La urgencia también.

Las tres coinciden en que la solidaridad es la única manera de acortar una distancia que duele.

“Llorás, llorás y llorás. Te da bronca que Venezuela esté sufriendo tanto”, dice Lheyzi.

Claudia la escucha y asiente. Hace más de 20 años que dejó su país. “Yo dejé mi vida allá, parte de mi infancia y a mi familia. Hoy veo que todo sigue igual o peor, y eso da mucha tristeza”.

Jenifer toma la palabra y, casi sin saberlo, resume la historia de las tres: “Te vas, pero nunca te terminas de ir. Hay un pedazo de raíz que sigue ahí. Hacés tu vida, pero siempre hay algo que te ata”.

La charla llega a su fin. Antes de despedirse, una de ellas abre una mochila y saca una bandera. Es la de Venezuela unida a la de Argentina. Las tres la sostienen con cuidado, como si en esa tela se juntaran el país que dejaron atrás y el que las recibió.

Se quedan así, en silencio, sosteniéndola entre las manos.

Para acercar las donaciones:

Macrocentro

Roma 1021 – Madre Tierra

De 10 a 17 hs (de corrido)

Macrocentro

Maipú 385 – Ferretería Pampa

De 9 a 12 hs y de 16 a 18 hs

Banda Norte

Felipe Neri Guerra 50 – Gimnasio VPM

De 8 a 11 hs y de 14 a 22 hs

Alberdi

Vicente López y Planes 560 – Avimac

De 8:30 a 13:30 hs y de 18 a 20 hs

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