Estudió Filosofía y un día decidió apostar por una cámara sin saber que terminaría viviendo de la fotografía. Hoy el riocuartense Sebastián Pugliese se dedica a documentar bodas desde una mirada donde la confianza, los vínculos y las historias familiares tienen tanto valor como el beso, los anillos o el vestido. En diálogo con Otro Punto habló sobre su recorrido, su forma de entender la profesión y por qué, para él, una fotografía empieza mucho antes de apretar el obturador.
Foto de Portada: Santiago Mellano
En una boda no pueden faltar el beso, los anillos, el vestido y el primer baile. Sebastián Pugliese los registra, claro, pero su mirada también busca aquello que muchas veces sucede alrededor: el abrazo de un abuelo, la emoción de una hermana, las lágrimas de un amigo, el gesto de un padre que observa en silencio desde el fondo, los chicos corriendo entre las mesas o el invitado que volvió al país solo para compartir ese día. Para él, todo eso también cuenta la historia de una boda. “Es raro estar del otro lado”, confiesa Seba apenas comienza la charla.
Está acostumbrado a observar en silencio, registrar momentos y emociones y contarlos detrás de una cámara. Esta vez ocurre lo contrario: le toca hablar de él frente a un micrófono. Cuenta que le cuesta exponerse, que nunca fue demasiado amigo de mostrarse en redes sociales y que siempre prefirió que fueran sus fotografías las que hablaran por su trabajo.
–¿Te cuesta estar del otro lado, que esta vez seas el entrevistado y fotografiado?
–Sí, me cuesta. Tengo una gran contradicción en mi vida: me cuesta mucho que me saquen fotos. No es un lugar cómodo ser registrado o fotografiado. Por eso empatizo mucho con la incomodidad que puede generar una cámara mirando. En mis redes también trato de que sea el trabajo el que hable, no uno mostrándose todo el tiempo. En este rubro hay mucho de marca personal, muchos fotógrafos hablando, mostrándose, casi como influencers. Yo prefiero que la gente vea una galería, que vea qué entrego, cómo trabajo y qué tipo de cobertura hago.

Sebastián Pugliese nació y creció en Río Cuarto. Desde su infancia en su casa las historias siempre tuvieron un lugar importante. Su mamá, profesora de Lengua y Literatura, le transmitió el gusto por la lectura; su abuelo, el escritor Miguel Ángel Solí Vélez, le dejó esa inquietud por las palabras; y su papá, apasionado por la fotografía analógica, fue quien despertó sin proponérselo la curiosidad por las imágenes. Había álbumes familiares, cámaras, libros y una forma muy natural de registrar la vida cotidiana. Con los años llegó la Filosofía. Cursó durante tres años de la carrera y, aunque finalmente tomó otro camino, reconoce que aquella etapa sigue apareciendo todos los días cuando trabaja.
–¿Qué te dejó haber estudiado Filosofía?
–Me dejó ser muy inquieto en pensar la profesión. En pensar esta forma de registrar y de documentar. También en ponerla en palabras. Para ponerla en palabras necesito haber leído palabras, haberme nutrido por ese lado. Me gusta mucho leer sobre teoría de la fotografía, sobre qué hay más allá de una imagen.

No habla solamente de cuestiones técnicas. Le interesa preguntarse por qué una foto emociona, qué historia esconde una escena o cómo una imagen puede decir mucho más de lo que muestra. Esa búsqueda terminó convirtiéndose en una marca personal.
Su recorrido profesional no fue planificado sino algo que se fue dando. Antes de dedicarse por completo a la fotografía pasó por distintos trabajos. La cámara era un hobby, una pasión que ocupaba los fines de semana. Al inicio trabajó en un bar reconocido de Río Cuarto y allí conoció a fotógrafos a quienes dice admirar profundamente y a quienes también les agradece por haberlo hecho conocer el mundo de las bodas: Mariana Carletti y Mati Palacio. Ellos lo introdujeron en este mundo de la fotografía de bodas en el que no solo le enseñaron cuestiones técnicas, sino que le mostraron una manera distinta de mirar.
“Fueron muy generosos conmigo”, recuerda Seba.
Durante un tiempo convivieron dos vidas. De lunes a viernes cumplía un horario laboral y los fines de semana fotografiaba casamientos. Dormía poco, editaba de noche y seguía aprendiendo. Hasta que llegó el momento de tomar una decisión. Renunciar a un trabajo estable para vivir exclusivamente de la fotografía no era un paso sencillo. Había incertidumbre, miedo y muchas preguntas. Pero también estaba la certeza de que, si quería dedicarse de verdad a lo que lo apasionaba, tenía que apostar por completo.
–¿Cómo fue dar ese paso?
-Complicado. Renunciar a un trabajo formal también puede salir mal. Todo el mundo te dice: “Bueno, sí, sacás fotos, pero durante la semana, ¿qué hacés?”. Y bueno, fue animarse a eso. Hoy vivo cien por ciento de las fotos.
Aunque rápidamente aclara que esa definición le queda incompleta.
-En tus redes decís que la fotografía no es un accidente sino un concepto, ¿cómo podés definir de alguna manera lo que haces?
– Siento que la fotografía es una excusa, una herramienta por la cual hago otra cosa: acompañar y contar la historia de una pareja en ese día. Se traduce en una cobertura fotográfica, pero podría ser otra cosa.
¿Cuál es esa otra cosa?
–Acompañar personas.

La respuesta aparece en varias oportunidades en la charla. Para Sebastián, una boda no comienza cuando los novios llegan a la iglesia o cuando empieza la ceremonia. Empieza mucho antes. En el primer mensaje. En la reunión donde se conocen. En las preguntas que les hace. En las historias que escucha. Antes de cada cobertura, el fotógrafo les pide a sus clientes que completen una planilla en donde cuentan cómo está formada la familia, quiénes son las personas importantes, qué amigos vuelven desde otro país para ese día, qué abuelos no pueden faltar en las fotos o por qué eligieron ese lugar para casarse. Incluso les pide que armen una carpeta con fotografías de todos ellos. No es una curiosidad personal. Es una forma de llegar a la boda sintiendo que ya conoce un poco ese mundo al que va a entrar y también para saber qué fotografías los van a representar más a sus clientes y cuáles no pueden faltar. Estas charlas previas también generan una confianza que hace que, al momento de la boda, los novios puedan desentenderse de la parte fotográfica. Y, claro, eso también termina reflejándose en las imágenes.
–¿Esa información que solicitás te da libertad o te condiciona?
–Me da tranquilidad. Todo lo contrario a condicionarme. Estoy tranquilo porque tengo la información que los novios querían que yo tuviera a la hora de generar un registro. Achica la distancia. Me voy acercando más a la pareja, a su historia y a su familia. Entonces ese día me siento más cómodo y más tranquilo con ellos.
Esa información le permite reconocer a la mamá de la novia antes de que se presente, entender por qué un ramo tiene determinadas flores o saber que un viejo campo familiar tiene un valor emocional enorme para la pareja. Por eso insiste en definirse como fotógrafo documental de familias.
–¿Hablas mucho de la confianza, como algo fundamental, por qué es importante?
–Porque la confianza es la materia prima de mi trabajo. Yo sin confianza no puedo hacer lo que hago. Necesito que los novios estén tranquilos conmigo, sabiendo que soy yo el que va a ir a sacar las fotos. Que el fotógrafo no sea un incógnito, no sea un extraño.
Claro que registra el beso, los anillos, el primer baile y todos esos momentos que cualquier pareja espera encontrar cuando recibe la galería. Pero mientras eso ocurre está atento a otras escenas que pasan desapercibidas. El abrazo de un abuelo. La emoción de una hermana. Las lágrimas de un amigo. El gesto de un padre que mira en silencio desde el fondo de la iglesia. Los chicos corriendo entre las mesas. Un invitado que vuelve al país después de varios años solamente para compartir ese día. Para él todo eso también cuenta la historia.
–¿Qué buscás fotografiar en un casamiento?
–Una boda te habla todo el tiempo de un montón de cosas. Hay algo muy loco: sentís que hay dos mundos coincidiendo por un rato, un día, una noche. Dos grupos de amigos conociéndose, dos familias, gente que viaja, gente que hace mucho no se ve. Para mí eso es muy mágico. Yo trato de registrar eso también.
Durante la charla recuerda una cobertura muy particular. No hubo una gran fiesta, ni una puesta en escena espectacular, ni un cronograma lleno de momentos tradicionales. Los novios habían decidido hacer algo simple. El menú principal fueron milanesas con papas fritas y, más tarde, el hermano de la novia preparó pizzas para todos los invitados.
Mientras muchos fotógrafos buscan que todas las bodas se parezcan a una producción perfecta, Sebastián intenta exactamente lo contrario: que cada una conserve su identidad.
Quizás por eso también empatiza tanto con quienes sienten incomodidad frente a una cámara. Él mismo reconoce que le cuesta ser fotografiado. Hasta una selfie puede resultarle incómoda. Esa sensación, lejos de convertirse en un obstáculo, terminó siendo una herramienta. Comprende qué siente una pareja cuando alguien los observa durante todo el día y procura pasar lo más desapercibido posible.
–Si algún día te casaras, ¿cómo sería tu boda en relación a la fotografía?
–Hay algo que tengo muy seguro: no quiero que ninguno de mis amigos o colegas esté trabajando ese día. Ni videógrafo ni fotógrafo. Quiero que no tengan ningún aparato en la mano. Para mí es importante que estén ahí como invitados. Con mi novia lo hemos hablado, ella también es fotógrafa. Solemos comentar nombres de colegas de otros lugares, con los que tenemos buena onda por redes, que admiramos mucho y a quienes les confiaríamos esa tarea.
–¿Tenés el sueño de ser el fotógrafo de alguna boda, se me ocurre de algún famoso o personalidad destacada? No podría ser Messi porque ya se casó
-Sí, Messi ya se casó. Y lo hizo muy bien, porque eligió a un fotógrafo de mucha confianza, que conocía a la familia de hace mucho y que no era el fotógrafo más pegado de Rosario. Messi podría haberse traído al fotógrafo más famoso, pero eligió a uno de allá. La familia confió en que era un fotógrafo de perfil bajo, que iba a ser prolijo y que no iba a andar haciendo bandera. Ahí es donde yo digo: va por ahí. Un sueño así, sí, me gustaría seguir viajando con mi trabajo. Mis anhelos tienen que ver más con eso: parejas, lugares, no tanto con alguien famoso. Me interesan las historias. Mientras la pareja conecte y quiera que yo esté con ellos, bienvenido sea, sea donde sea. Me gustaría conocer nuevos lugares y nuevos destinos para registrar desde otro lugar.
En ese sentido, cuenta, una de las experiencias que más lo marcó fue en México. Una pareja de Río Cuarto lo contrató y viajó junto a ellos y al videógrafo Maxi Gaspero, amigo con quien suele trabajar. Para Seba, lo especial no fue solamente el destino. “En México fue impresionante: volar con ellos, conocer a los amigos, acompañarlos en el viaje. Es muy hermoso”, recuerda el fotógrafo documental de familias.
–¿Tu cobertura tiene límite de horario?
–No. Me quedo hasta el final, incluso es un requisito, yo estoy hasta que finaliza el evento. Desde el momento en que la pareja quiere que esté con ellos registrando, a veces desde los preparativos y a veces desde el primer horario que tengan, me quedo hasta el final. Incluso si sé que la boda es en un lugar muy significativo para los novios, voy antes y hago fotos del lugar. No quiero estar pensando en qué hora es ni en cuántas fotos voy sacando. Si llega un día en que pienso más en eso que en conectar, es que algo no estaría funcionando.
La cobertura termina muchas horas después de que baja la cámara. Vuelven miles de fotografías, comienza una larga selección y luego la edición. Es un proceso paciente, casi artesanal. Disfruta especialmente el blanco y negro y busca que el color nunca le robe protagonismo a la emoción.
Foto 5 –¿Qué opinión tenés sobre la inteligencia artificial?
–Tengo lecturas encontradas. Por un lado nos ha ayudado mucho a los fotógrafos en algunas cosas de edición. Hay herramientas que te resuelven cosas que antes llevaban mucho tiempo. Pero también hay programas que seleccionan y editan fotos como si fueran vos, entre muchas comillas. Los probé y a veces ayudan, pero no me parece que hayan sido un antes y un después. Después tenés que revisar todo lo que hizo. Siento que puede hacer un primer paso, pero no reemplaza el criterio.
Fuera de las bodas sigue alimentando la mirada. Lee libros sobre teoría de la fotografía, observa el trabajo de referentes documentales de distintas partes del mundo y mantiene un intercambio permanente con colegas. Lejos de entender la profesión como una competencia, habla de una comunidad donde compartir experiencias y aprender del otro forma parte del crecimiento.
También le interesa lo accidental. Las fotos movidas, raras, imperfectas, esas que podrían descartarse rápidamente pero que, a veces, terminan diciendo algo más verdadero del momento.
–¿Te pasó alguna vez que una foto en el momento que la capturaste no te generó demasiado pero al verla después te sorprendió?
–Me pasa mucho. Soy medio fan de lo accidentado. A veces una foto movida o rara habla de lo natural, de lo que estaba pasando ahí. Es algo vivo. En el intento de hacer una foto rápida, fugaz, moviéndome, capaz me queda una foto medio rara, medio flashera, y la edito, me encanta y la entrego. No es una foto solo para mí. Después la pareja seleccionará lo que le guste, pero para mí esa foto también habla.
En ese punto aparece otra pregunta que lo entusiasma: si el ojo se entrena o si todo depende de un talento natural. Seba no duda.
–Todo el tiempo se entrena. Depende mucho de qué le das de comer a la mirada. Qué fotógrafos ves, qué imágenes consumís, con qué conectás. Hay que buscar la mirada. Preguntarte qué foto te gustaría sacar y por qué te gustaría sacar esa foto.
Cada vez recibe más consultas de fotógrafos que quieren aprender su manera de trabajar. Ya dio algunas clases particulares y reconoce que disfruta mucho esos encuentros. No descarta que, en un futuro cercano, esa experiencia se convierta en talleres o espacios de formación donde pueda transmitir no solamente cuestiones técnicas, sino también una forma de mirar.
–¿Te ves haciendo otra cosa en el futuro?
–La realidad es que no me imagino haciendo otra cosa. Sí tengo desde hace un tiempo una necesidad de transmitir un poco. Me llegan mensajes por clases particulares, por talleres, por workshops. Me animé a dar clases particulares y fueron experiencias hermosas. Me gustaría darle forma a algo de eso en el futuro.
Casi al finalizar la nota, Sebastián vuelve a esa frase del comienzo. “Es raro estar del otro lado.” Y probablemente tenga razón. Porque después de la entrevista queda claro que él no busca ser protagonista sino que ese rol es pura y exclusivamente de los novios. La mejor definición de su trabajo no está en la cámara, ni en los lentes, ni en la cantidad de bodas que fotografía cada año. Su trabajo empieza bastante antes. Comienza cuando una pareja decide confiarle la historia de su familia. Y termina muchos años después, cuando una fotografía vuelve a emocionar a alguien que, por un instante, puede regresar a ese día y recordar que los recuerdos más importantes casi nunca están solamente en el centro de la escena, sino también en todo lo que sucede alrededor. Como decía Henri Cartier-Bresson, el momento decisivo es ese instante efímero en el que la acción, la emoción y la geometría de la escena se alinean a la perfección. Es el milisegundo exacto en el que el fotógrafo debe disparar para capturar la esencia irrepetible de un evento, sin alterar la realidad. Y sin dudas Sebastián Pugliese, lo tiene claro.

