Walter “El Flaco” Castellano fue testigo de primera mano de las últimas cuatro décadas de la ciudad. El recuerdo de quienes compartieron su pasión por narrar a través de las imágenes. “Siempre buscaba algo distinto, algún plano diferente. Era entusiasta, creativo. Un verdadero artista. Hacia arte con la cámara”, evocaron sus compañeros de Canal 13.
Foto de portada: Belén Juárez
La triste noticia apagó la cámara y dejó la escena en negro. Se ahogó la palabra y la imagen se detuvo. Es que “El Flaco” no era uno más: era el amigo de todos, de esos que se cruzan de vereda para no dejar pasar un saludo, de los que acortan distancias sin pedir permiso.
Desde ese instante, la ciudad empezó a sentirse distinta, como si le faltara un pulso en sus calles, una forma de mirar que la volvía más humana. Va a faltar su presencia atenta detrás de la lente, esa manera tan suya de estar sin invadir y de ver sin perder la sensibilidad.
Walter “El Flaco” Castellano era un alma libre, desbordando en una ciudad que nunca le puso límites. Tenía esa risa ronca que llegaba antes que las palabras, las líneas en su piel blanca como huellas de lo vivido y el pelo corto, entrecano que lo volvían inconfundible. Una mezcla improbable entre Roger Waters y Clint Eastwood, como si la calle misma lo hubiera ido moldeando con los años hasta convertirlo en lo que era: un personaje entrañable de la ciudad.

Histórico camarógrafo de Canal 13, sobre su hombro descansaba la cámara, no como un objeto, sino como una prolongación de su cuerpo. La resguardaba del impiadoso sol, de la obstinada lluvia y de cualquier golpe inesperado en medio de la urgencia del oficio. A través de esa mirada filosa y sensible, fue testigo privilegiado de la historia de Río Cuarto durante más de cuatro décadas. Su lente no solo registró los hechos: los sintió. Supo capturar el horror y el dolor en su crudeza, pero también la ternura y la alegría cuando todo, al fin, salía bien. Nada escapaba a sus ojos; todo adquiría sentido al pasar por su mirada. Un hombre que, lejos de aferrarse al pasado, se dejó abrazar por los cambios tecnológicos, sin nostalgia ni resistencia, como quien entiende que lo importante nunca fue la herramienta, sino el ojo detrás de ella.
Pasiones
Pero si algo terminaba de definirlo, eran sus pasiones. Sí, sus pasiones.
Walter falleció el domingo 12 de abril, tras descompensarse luego de participar de la maratón homenaje Héroes de Malvinas, en la Villa de Merlo. Tenía 65 años. Era papá de dos hijos, Ignacio e Ivo, y abuelo de Emma. Su compañera de vida fue la destacada corredora riocuartense Griselda Celis, con quien compartió 50 años entre noviazgo y matrimonio. Con su familia disfrutaba intensamente lo que amaba: la cámara y el deporte, dos formas distintas de perseguir lo mismo, la vida en movimiento.

Ignacio, que hace dos meses se fue a vivir a Mar del Plata, lo recuerda con la emoción intacta: “Siempre fuimos una familia inquieta, muy unida. Mi papá tenía una productora y trabajábamos con él. Recuerdo que tenía 7 años e iba a las notas con él; yo le sostenía los cables”, cuenta con una sonrisa que se adivina en la voz. Y enseguida agrega: “Siempre estaba cerca nuestro, siempre estábamos juntos. Por distintos deportes, hemos viajado mucho y hecho muchos amigos. Él viajaba con mis amigos cuando yo no iba. Se hacía querer… lo quería todo el mundo”, recuerda su hijo con orgullo.
Las tardes con él
Durante más de dos décadas, “El Flaco” salió a patear la calle junto al periodista Oscar Casari. Por las tardes, la dupla esperaba que irrumpiera la noticia. Y siempre, de algún modo, terminaba apareciendo. Oscar con el micrófono y Walter con la cámara fueron, a su manera, dos formas de narrar lo mismo: la vida pasando frente a los ojos.
Hoy, la partida de Walter, esta noticia, deja al periodista sin palabras. “Como catarata aparecen los recuerdos. Situaciones de las más disímiles, ocurrentes, tragicómicas”, dice. Y entonces lo pinta entero en una anécdota: “Estábamos en una plaza central, en la época en que estaban las cadenas que dividían los jardines, en un encuentro de jazz. Él venía retrocediendo para seguir a los bailarines y tropezó. Su preocupación era que la cámara no cayera: lo consiguió… pero él quedó todo desparramado”. La risa se mezcla con la tristeza, como suele pasar cuando el recuerdo sigue vivo.
Algo parecido cuenta su colega Guillermo “Pelo” Silva: “En la cancha de Estudiantes le pegaron un pelotazo. Se desmayó, pero no soltó la cámara”. Y en esa imagen mínima, casi absurda, se resume todo: el compromiso, la pasión, la entrega sin cálculo. “Era una persona muy querible, sensible, alegre. Un personaje. Lo quería toda la ciudad”.

¡Vamos flacura, apurate!
La calle era su hábitat, la gente, su debilidad.
Vanina Cacace lo recuerda desde ese lugar donde todavía cuesta aceptar la ausencia. “Es de no creer”, dice, soltando un suspiro. “Alguien tan bueno, de tanto corazón”. Cuenta que compartían el gusto por correr: “Yo había empezado, él me preguntaba cómo era, hasta que empezó a hacerlo él. Después yo dejé de correr y él siguió”.
Pero lo que más lo pinta de cuerpo entero es otra escena, más cotidiana: “El año pasado salimos a la calle los dos, a hacer notas. Qué manera de pelear y te digo el motivo… era renegar porque se quedaba hablando con todo el mundo y nos teníamos que volver al canal, no teníamos tiempo. Le decía: vamos flacura, vamos, apurate. No lo podía despegar de la gente”, dice Vanina, mientras amanece una sonrisa en su rostro recordando al Flaco en su versión más fiel. Incluso en el apuro, Walter elegía detenerse.
Ella, lo define sin vueltas: “Una persona adorable. Y en lo laboral, un poeta. Se tomaba su tiempo, pero la calidad profesional era increíble”.
Porque Walter no solo registraba: interpretaba, comprendía. Tras el lente, con sus ojos transparentes achinados, parecía sonreír. Como quien sabe que incluso en el caos siempre hay algo que merece ser salvado del olvido. Celebraba la vida sin estridencias, aferrado a lo mínimo, a lo cotidiano, a eso que otros dejan pasar.

Un artista
Jorge Dedominici fue otro de los grandes compañeros de Walter Castellano en la calle. Corrían hacia donde clamaba la noticia. “Hemos compartido la vida: imagínate que estábamos toda la mañana juntos. Pasaron los días, las semanas, los años. Hablábamos de todo porque nuestra relación iba más allá de lo laboral. Compartíamos el trabajo y la vida, las alegrías, las tristezas. Muchos momentos hermosos pasamos con mi amigo”; dice Jorge con su voz fuerte de siempre, aunque corroída por la emoción.
Jorge también recuerda su disciplina: “Walter no tomaba alcohol, no fumaba, se cuidaba en las comidas. Un deportista que abrazaba lo que hacía. A veces pensábamos que no debía exigirse tanto… pero la pasión podía más”.
Y, claro, además, habla de su talento: “Siempre buscaba algo distinto, algún plano diferente. Era entusiasta, creativo. Un verdadero artista. Hacia arte con la cámara”.
Pero si algo se repite en cada voz es lo otro, lo más difícil de definir: su calidad humana. “Donde iba cosechaba amigos. Era atento, cordial… la gente se enganchaba con él de inmediato. Tenía un don”.
El Flaco queda en cada imagen que capturó, en cada historia que ayudó a contar, en cada charla demorada en una vereda. Queda en esa obstinación por no soltar la cámara ni siquiera cuando todo tambaleaba. Queda en la memoria de una ciudad que aprendió a mirarse un poco mejor a través de sus ojos.
Porque mientras alguien vuelva a ver esas imágenes, o simplemente recuerde cómo él miraba, él va a seguir ahí, del otro lado, haciendo lo que mejor sabía: enfocando la vida para que no se nos escape.

