Jugando con fuego 2, los dilemas de Llaryora

Llaryora enfrenta una tensión que podría definir su reelección. Reunificar al peronismo con Natalia de la Sota exigiría discutir su relación con Milei; acercarse más al presidente podría preservar apoyos por fuera del PJ, pero profundizar la fractura interna. Entre ambas apuestas, ninguna garantiza el triunfo en Córdoba.

Natalia de la Sota dejó abierta la posibilidad de competir por la Gobernación en 2027 y puso una condición política sobre la mesa. Mientras Martín Llaryora siga acompañando el rumbo del gobierno de Javier Milei, considera muy difícil un acuerdo con el oficialismo provincial. No confirmó una candidatura, pero tampoco necesitó hacerlo para instalar un problema.

En la columna anterior, decíamos que Rodrigo de Loredo jugaba con fuego al apostar a que el desgaste de sus competidores abriera una oportunidad para su candidatura. También la cuestión se complejiza dentro del oficialismo, donde Llaryora necesita conservar una coalición suficientemente amplia para ganar Córdoba, pero los sectores que podrían integrar esa mayoría no quieren necesariamente lo mismo para el país.

Una parte del electorado puede elegirlo como gobernador y apoyar a Milei para presidente; otra puede acompañar al peronismo provincial, pero rechazar que sus representantes faciliten las políticas nacionales. Durante un tiempo, ambas preferencias pueden convivir bajo el argumento de defender los intereses de Córdoba, pero el problema comienza cuando la carrera electoral exige definiciones que la gestión permitía postergar.

Natalia avanza sobre esa contradicción; su planteo obliga a discutir hasta dónde llega una relación institucional con la Casa Rosada y en qué momento esa relación se convierte en acompañamiento político. Es una distinción incómoda para Llaryora, porque negociar recursos para la provincia y aportar respaldo al gobierno nacional pueden formar parte de una misma conversación, pero no significan lo mismo ante los votantes.

La diputada, además, tiene un apellido que remite al origen del proyecto que hoy conduce el gobernador. Su diferenciación disputa quién expresa esa tradición y qué debería hacer el peronismo cordobés frente a Milei. Por eso, reducir el conflicto a una pelea por lugares dejaría afuera su dimensión más importante.

¿Podría Llaryora ofrecerle la vicegobernación para reunificar al peronismo? Como hipótesis, tiene lógica. Una fórmula compartida podría desactivar una candidatura competidora, recuperar sectores distanciados y exhibir una reconciliación con el delasotismo.

Pero si Natalia construye su identidad cuestionando el acompañamiento a Milei, aceptar un lugar sin modificar ese rumbo podría debilitar la razón por la que sus votantes la eligieron. Y si Llaryora acepta revisar su posición nacional para incorporarla, tendría que explicar ese cambio a los sectores que valoran su capacidad de diálogo con el presidente.

La vicegobernación podría ser parte de una negociación. Difícilmente alcance como respuesta a una diferencia política que ambos han dejado crecer, incluso una foto de unidad necesitaría un contenido que la sostenga después del acto. Tampoco corresponde dar por hecho que sumar a Natalia conduciría automáticamente a respaldar a Axel Kicillof ya que la unidad provincial y la candidatura presidencial son discusiones relacionadas, aunque cada una conserva sus propias tensiones.

Si Llaryora decidiera acompañar una alternativa nacional encabezada por Kicillof, podría encontrar un argumento para reunir al peronismo que reclama una oposición más clara a Milei. Al mismo tiempo, abriría un flanco ante los votantes cordobeses que siguen apoyando la lógica del presidente.

La otra posibilidad es profundizar la convivencia con Milei. Los gestos de cooperación entre ambos gobiernos alimentan esa lectura, aunque no prueban un acuerdo electoral. Las visitas de funcionarios nacionales y el diálogo con la administración provincial muestran canales abiertos; de allí a un entendimiento para las reelecciones hay una distancia que todavía no puede darse por recorrida.

La hipótesis sería que Llaryora contribuya a la continuidad de Milei en la Nación y consiga, a cambio, condiciones más favorables para su propia continuidad en Córdoba. Esa posibilidad resulta atractiva para un gobernador que quiere evitar que la elección provincial se transforme en una confrontación directa con el primer mandatario.

Pero tiene un límite evidente. Colaborar con Milei no asegura que La Libertad Avanza renuncie a disputar Córdoba.

Ahí está el fuego ardiendo. Si Llaryora se acerca más a Milei, puede profundizar la distancia con Natalia sin conseguir que los libertarios dejen de competir contra él. Si apuesta a reunificar al peronismo mediante una confrontación más abierta con la Nación, puede recuperar adhesiones dentro del PJ y poner en tensión su llegada a sectores ajenos al partido.

Natalia tampoco tiene una transferencia automática de apoyos pero, en una competencia ajustada, una candidatura que retenga parte del electorado cercano al oficialismo puede ser decisiva sin necesidad de estar en condiciones de ganar. El gobernador juega con fuego si supone que podrá contar con Natalia por pertenencia y con Milei por conveniencia, ya que ninguno de los dos tiene por qué aceptar ese reparto. Su desafío hacia 2027 será construir una mayoría capaz de convivir con una definición nacional, antes de que la definición nacional termine quebrando su mayoría en Córdoba.

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