No cae porque sabe demasiado, fin

Mientras las explicaciones no alcanzan, el patrimonio bajo sospecha de Manuel Adorni ya es cercano a los 800 mil dólares. ¿Te imaginas lo que significa esa cifra? Te la hago simple; equivale aproximadamente a 205 años de jubilaciones mínimas, o lo que es lo mismo, unas 2.470 jubilaciones mensuales. También representa cerca de 1.144 sueldos de un docente promedio, es decir, más de 96 años de trabajo frente a un aula. Una magnitud bien burda.

Estoy convencida que, en la política argentina, hay personas que resisten más allá de los hechos (simplemente o no) porque su caída puede arrastrar algo más grande que ellos mismos. Manuel Adorni empieza a entrar en esa categoría.

Las inconsistencias patrimoniales, las explicaciones que no cierran y una causa judicial que avanza deberían haber activado el despeje del problema como un reflejo clásico de cualquier gobierno. Sin embargo, ocurre lo contrario; los hermanos Milei deciden seguir sosteniendo a este personaje. ¿Por qué?

Una primera respuesta es política y tiene que ver con el ADN del gobierno. Milei no gobierna desde la administración, sino desde la configuración de conflictos. En ese esquema, Adorni es un soldado eficaz. Su estilo —como se ve en sus intervenciones públicas— no apunta a aclarar ni dar información, sino a confrontar y a deslegitimar a quien pregunta.

Pero hay una segunda capa, más delicada. El caso, que empezó siendo mediático, hoy ya es una investigación en curso, con testimonios que comprometen y dudas concretas sobre patrimonio, ingresos que no explican gastos, operaciones que no terminan de transparentarse, y un ruido creciente que atraviesa incluso a gran parte del oficialismo. En cualquier otro contexto, ese combo alcanza para precipitar una salida. Acá no.

De nuevo pregunto, ¿por qué? Me permito pensar que es porque Adorni dejó de ser un problema aislado y sacarlo sería avivar varios escándalos al mismo tiempo.

Primero, el de la autoridad. Milei construyó su liderazgo sobre la idea de no ceder. Entregar a un funcionario en medio de la presión implicaría aceptar que hay actores capaces de condicionarlo. Y eso, para un gobierno que se define en clave de batalla cultural, es inadmisible.

Segundo, el de la interna. No hay reemplazo claro y no hay acuerdo sobre quién debería ocupar ese lugar. La salida de Adorni desordenaría el Gabinete; activaría tensiones latentes entre los distintos sectores del oficialismo y pondría en discusión quién maneja la caja política más sensible del gobierno.

Tercero —y este es el punto que empieza a circular en voz baja— el de los vínculos. Adorni es parte del núcleo de confianza, del engranaje que articula decisiones y estrategias. En ese contexto, el temor no es solo perder a un funcionario, sino lo que ese funcionario podría decir, mostrar o arrastrar.

Y finalmente, el relato. Milei llegó al poder prometiendo una ruptura moral con la política tradicional. La corrupción, el privilegio, el abuso de poder eran —según su discurso— atributos de “los otros” llamada “casta”. Sostener a un funcionario cuestionado tensiona esa narrativa. Pero dejarlo caer la rompe. Por eso Adorni sigue. No porque esté fuerte, sino porque su debilidad expone una fragilidad mayor. Adorni sabría demasiado sobre decisiones, beneficiarios o circuitos del poder para ser sacrificado sin riesgo colateral. Esa sospecha existe y es políticamente relevante.

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