¿Qué ocurre cuando un gobierno construido para combatir a la política tradicional comienza a incorporar sus mismas herramientas? Entre la necesidad de gobernar y la preservación de su identidad, el oficialismo enfrenta uno de los desafíos más complejos de toda fuerza que pasa de la campaña al ejercicio del poder.
Todas las experiencias políticas necesitan de un lenguaje propio para sostenerse en el tiempo. No alcanza con gestionar y tomar decisiones sin que esto vaya acompañado de un sistema de interpretación capaz de otorgarles sentido. Los gobiernos exitosos consiguen que sus seguidores no solo compartan las medidas sino también la manera de leer la realidad; Adorni fue uno de los grandes productores de esa lectura.
Cada conferencia de prensa funcionaba como una reafirmación identitaria; allí se delimitaban los amigos y los enemigos, se establecía quién representaba el cambio y quién defendía privilegios, quién expresaba a la sociedad y quién hablaba en nombre de intereses corporativos.
Allí se respondía efectivamente el ¿cómo debía interpretarse cada episodio político? En ese punto radicaba buena parte de su influencia. Mientras Milei encarnaba la dimensión épica del proyecto, con las rupturas, la provocación, el liderazgo excéntrico, Adorni organizaba su traducción cotidiana, convirtiendo una identidad política en una conversación diaria.
Podría sostenerse que el verdadero narrador nunca fue Adorni sino Javier Milei. Que el Presidente posee una centralidad política tan dominante que ningún colaborador resulta verdaderamente imprescindible. Después de todo, el liderazgo libertario nació antes que cualquier funcionario y probablemente continúe después de ellos. La objeción es atendible, pero, omite un problema clásico del presidencialismo contemporáneo. Los liderazgos altamente personalizados necesitan distribuir representación para evitar agotarse.
Esto explica por qué la salida de Adorni tiene consecuencias que exceden ampliamente la pérdida de un funcionario, ya que resulta mucho más difícil reemplazar a quien administra el significado de un proyecto político.
Con la llegada de Diego Santilli se abre una discusión completamente distinta. No porque se trate de un dirigente con mayor o menor capacidad de gestión, sino porque representa otra cultura política. Justamente Santilli simboliza aquello que La Libertad Avanza decidió cuestionar cuando irrumpió en la escena política. No porque sea “casta” en un sentido moral, sino porque pertenece a una generación de dirigentes que aprendió a ejercer el poder mediante acuerdos, intermediaciones y construcción de mayorías.
En otras palabras, representa la política tradicional entendida como tecnología de gobierno, y esa expresión merece detenerse. Durante mucho tiempo, la palabra “política” fue utilizada por Milei casi exclusivamente como sinónimo de privilegio, burocracia o corporación. Sin embargo, existe otra definición posible, la política entendida como capacidad de coordinar intereses diferentes, esto es, de negociar, de administrar conflictos, de construir consensos, etc.
Es difícil encontrar administraciones democráticas que hayan logrado prescindir completamente de esas herramientas. Menem construyó poder incorporando al peronismo tradicional después de presentarse como renovador. Macri terminó apoyándose en gobernadores e intendentes que inicialmente aparecían como parte del problema. Incluso experiencias internacionales frecuentemente citadas por el propio oficialismo, como las de Nayib Bukele o Giorgia Meloni, muestran que una cosa es conquistar el poder mediante un discurso antisistema y otra muy distinta es gobernar prescindiendo de las instituciones existentes.
La historia política parece insistir sobre una misma enseñanza: el Estado transforma a quienes llegan para transformarlo, y allí reside probablemente la tensión más interesante del momento político.
Durante 2023, Milei prometía gobernar sin intermediarios, ni operadores ni estructuras. Con una relación casi directa entre el Presidente y la ciudadanía. Dos años y medio después, el oficialismo aparece crecientemente vinculado con gobernadores, bloques legislativos, intendentes, dirigentes del PRO y operadores experimentados. ¿Estamos frente a una contradicción? Tal vez.
Pero también podría tratarse de una evolución bastante menos excepcional de lo que suele suponerse. Quizás la verdadera anomalía no sea que un gobierno termine negociando, sino haber creído que podía gobernar sin hacerlo. Si el Presidente continúa necesitando cada vez más de la política tradicional para gobernar, ¿estamos ante el fracaso de la promesa libertaria o frente a la confirmación de que, incluso para quienes llegaron prometiendo dinamitar el sistema, la política sigue siendo el único camino posible para ejercer el poder?

