No es una columna sobre fútbol. Es una reflexión sobre el tipo de liderazgo que admiramos los argentinos y sobre una cuestión incómoda: el dirigente que más se parece al país que quisiéramos tener nunca eligió hacer política.
La Argentina perdió una final del mundo y, casi inmediatamente, empezó a jugar otro partido. Ya no contra España, sino contra una parte de la opinión pública internacional que volvió a describirnos como racistas, violentos, arrogantes e incapaces de perder. Las redes hicieron lo suyo, la política también; unos denunciaron una campaña contra el país, otros aprovecharon para señalar nuestros propios problemas culturales.
Pero mientras todos discutían qué representa la Argentina ante el mundo, había un argentino que no necesitaba explicarlo: Lionel Messi.
No porque sea perfecto ni porque un gran futbolista pueda convertirse automáticamente en un gran presidente. Justamente al revés. Messi importa porque representa un tipo de liderazgo que la política argentina parece haber olvidado.
Lionel no gobierna, pero conduce. No necesita levantar la voz para tener autoridad, ni dividir para fortalecer a los propios, ni humillar al rival para demostrar que es mejor. Tampoco necesita recordarnos todos los días quién es. Lo demuestra.
¡Qué bien nos haría un dirigente así!
Hace tiempo que la política confundió liderazgo con volumen, creyó que conduce mejor quien habla más fuerte, quien consigue instalar un insulto, quien domina la agenda o quien mantiene a su propia tribu permanentemente enojada. Resolver problemas pasó a ser casi secundario; lo importante parece ser ganar la conversación.
Messi hizo exactamente el camino contrario. Su liderazgo no nació cuando levantó la Copa del Mundo. Se construyó cuando perdió. Cuando fue acusado de no sentir la camiseta, cuando perdió finales, cuando renunció a la Selección y volvió. Nunca convirtió esas derrotas en un programa de venganza. Persistió.
En la política argentina abundan dirigentes que transforman cada herida personal en una causa nacional. Gobiernan para demostrar que tenían razón, para ajustar cuentas o para señalar culpables. Messi eligió otra cosa: respondió jugando.
Pero hay otra diferencia todavía más importante. Nunca necesitó que sus compañeros fueran pequeños para parecer grande. En cambio, buena parte de nuestra política produce liderazgos rodeados de dirigentes que no hacen sombra. Se castiga la autonomía, se desconfía del que crece y los partidos terminan dependiendo de una sola persona. Después nos preguntamos por qué se derrumban cuando ese líder desaparece.
Messi hizo mejores a quienes tenía al lado. Entendió algo que la política suele olvidar: “nadie gana solo”.
Y hay una última enseñanza, quizás la más difícil. ¿Cómo reacciona un líder cuando pierde?
En la Argentina casi nunca hay autocrítica. Si una elección sale mal, la culpa siempre es de los medios, de la Justicia, de los empresarios, de las redes sociales o de una sociedad que supuestamente no entendió. Muy pocos dirigentes contemplan la posibilidad de haber cometido errores.
Messi perdió muchas veces. Nunca pidió cambiar las reglas porque el resultado no lo favorecía. No negó el mérito del rival. No exigió que todos eligieran entre adorarlo o traicionarlo. Perdió, aprendió y volvió a intentarlo.
Por supuesto, nada de esto significa que Messi deba dedicarse a la política. Probablemente conserve semejante capacidad de representación justamente porque nunca necesitó hacerlo.
Messi no debería ser presidente. Pero nuestros presidentes deberían aprender algo de Messi. Principalmente que la autoridad se construye más con el ejemplo que con los discursos.
Tal vez admiramos tanto a Messi porque encarna una Argentina que todavía creemos posible: talentosa pero trabajadora, competitiva sin ser cruel, orgullosa sin necesidad de despreciar a los demás. En medio de la discusión sobre el Mundial, el racismo y la imagen del país, quizás deberíamos preguntarnos por qué hace tanto tiempo que la política argentina no consigue producir un dirigente que se le parezca un poco a Lionel.


