Trump perdió, Milei toma nota otra vez

La derrota de Donald Trump en las elecciones legislativas de Estados Unidos debilita al principal aliado internacional de Javier Milei y deja como advertencia de cara a 2027 que la polarización puede servir para ganar elecciones, pero no necesariamente para sostener el respaldo de una sociedad que espera resultados concretos.

Los votos se contaron en Estados Unidos pero las consecuencias políticas se sienten en Argentina. Para Javier Milei, el resultado del pasado martes de las elecciones en Estados Unidos representa bastante más que un traspié de su principal aliado internacional. Trump fue, durante buena parte de su gestión, una referencia ideológica, un respaldo político y, sobre todo, una garantía de acompañamiento financiero en momentos particularmente delicados para la economía argentina. La relación entre ambos presidentes excedió ampliamente la diplomacia tradicional y se convirtió en uno de los activos políticos que Milei exhibió dentro y fuera del país.

Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso, avanzaron sobre territorios históricamente republicanos y consiguieron transformar el malestar social en una derrota significativa para el oficialismo. Trump seguirá siendo presidente, pero ya no tendrá la misma libertad política para gobernar y Milei deberá aprender a administrar una relación con un aliado que conserva poder, aunque perdió parte de su capacidad para ejercerlo.

Sin embargo, me parece que sería un error interpretar este resultado únicamente desde sus consecuencias diplomáticas o económicas. Hay una dimensión mucho más interesante para analizar: ¿qué sucede cuando un liderazgo que llegó al poder prometiendo cambiarlo todo comienza a ser evaluado por aquello que efectivamente consiguió cambiar?

Trump y Milei comparten características políticas evidentes; ambos construyeron su liderazgo cuestionando a las élites tradicionales, desafiando las formas convencionales de hacer política y estableciendo una relación directa, emocional y profundamente polarizada con sus seguidores. Los dos entendieron que, en sociedades atravesadas por el desencanto, la confrontación podía convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz para conquistar el poder.

Pero conquistar el poder y conservarlo son dos desafíos diferentes. En Estados Unidos, buena parte de los análisis posteriores a la elección coinciden en señalar que el malestar por el costo de vida ocupó un lugar central en la decisión de los votantes. También pesaron la guerra con Irán y el rechazo a determinadas decisiones del gobierno. Es decir, la discusión electoral terminó desplazándose desde las grandes disputas ideológicas hacia las consecuencias concretas de gobernar.

Y aquí aparece la primera toma de notas de Milei. Durante sus primeros años de gestión, el presidente argentino consiguió organizar buena parte de la conversación pública alrededor de una confrontación con el pasado. La casta, el kirchnerismo, el déficit fiscal y las responsabilidades de los gobiernos anteriores funcionaron como elementos de un discurso que permitió explicar las dificultades presentes y justificar los sacrificios necesarios para alcanzar un futuro diferente.

Esa estrategia tuvo eficacia política, pero ninguna explicación sobre el pasado puede reemplazar indefinidamente los resultados del presente. Ya no será solamente quién tiene la culpa de la crisis que recibió Milei, sino cuánto mejoró la vida de las personas después de cuatro años de gobierno.

La experiencia estadounidense muestra, además, que la identificación política no garantiza fidelidad electoral permanente. Sectores que habían acompañado a Trump en 2024 se alejaron de los republicanos apenas dos años después. Esto significa que el respaldo a un liderazgo también puede debilitarse cuando la experiencia de gobierno entra en contradicción con las expectativas que lo llevaron al poder.

En Argentina, Milei enfrenta un desafío parecido, aunque en un contexto político, económico e institucional diferente. La reducción de la inflación, la estabilidad cambiaria y el ordenamiento de las cuentas públicas pueden constituir activos electorales importantes, pero la disputa de 2027 difícilmente se resuelva únicamente alrededor de esos indicadores. Entrarán en juego los salarios, el empleo, el consumo, la actividad económica y, especialmente, la percepción de bienestar de las familias.

Hay otra cuestión que merece atención. Durante estos años, Milei hizo de su cercanía con Trump una señal de fortaleza internacional, por lo que la derrota republicana introduce una incertidumbre que hasta ahora el Gobierno había conseguido mantener relativamente contenida. Con un Congreso controlado por los demócratas, las decisiones de Trump estarán sometidas a mayores controles y cualquier eventual asistencia financiera a la Argentina podrá enfrentar un costo político más elevado.

Ahora bien, tampoco conviene caer en la conclusión opuesta. Que Trump haya perdido no significa que Milei vaya a perder; las sociedades no votan por imitación y los procesos electorales responden a dinámicas nacionales que no pueden reducirse a una tendencia internacional. Además, en Argentina existe como variable decisiva la capacidad de la oposición para construir una alternativa, que resulta muy débil en estos tiempos.

Lo verdaderamente interesante será observar cómo responde Milei a este nuevo escenario. Si profundiza la confrontación como principal mecanismo de cohesión política o si comienza a construir una legitimidad menos dependiente de sus adversarios y más vinculada con los resultados de su gestión.

Trump acaba de recibir una advertencia electoral en ese sentido. Milei todavía tiene tiempo para procesarla.

Compartir

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio