Una independencia a cuidar

A 210 años de aquel 9 de Julio, la pregunta que me surge es, al margen del festejo y el reconocimiento…¿qué estamos dispuestos a proteger? En una Argentina atravesada por la fragmentación y el desencanto, la independencia vuelve a mostrarnos si todavía somos capaces de construir un destino común.

Cada 9 de Julio volvemos, casi por costumbre, a la misma escena… esa casita de Tucumán histórica, un grupo de representantes y una declaración que cambió para siempre el destino de estas tierras. Pero, ¿qué significa ser independientes hoy?

La independencia no fue solamente romper con España, sino, sobre todo, asumir la responsabilidad de gobernarnos a nosotros mismos. En un tiempo de guerras, incertidumbre económica, disputas internas y diferencias profundas entre provincias, hubo una decisión que se impuso sobre el miedo: construir un destino común.

Dos siglos después, esa pregunta vuelve con otra vestimenta; hoy se trata de preguntarnos si todavía somos capaces de sostener una comunidad política en medio de la fragmentación. ¿Qué festejamos, entonces, cada 9 de Julio?

Festejamos la voluntad de decidir, la posibilidad de que un país no sea apenas un territorio, sino un proyecto compartido, festejamos que alguna vez, aun en medio del conflicto, fue posible imaginar un “nosotros”. Entonces… ¿qué queda hoy de ese nosotros?

Vivimos un tiempo donde la palabra libertad ocupa el centro del discurso público. Pero la libertad, si queda reducida a una consigna individual, corre el riesgo de vaciarse de contenido colectivo. Porque ningún país se sostiene solamente con individuos sueltos; son necesarias las instituciones, las reglas comunes, la confianza pública, el sentido de ciudadanía y la mínima idea de destino compartido.

Por eso, este 9 de Julio también debería servir para preguntarnos, ¿qué debemos proteger?

Debemos proteger la democracia, incluso cuando nos decepciona. Las instituciones, incluso cuando funcionan mal. El derecho a disentir, incluso cuando incomoda. El federalismo, incluso cuando la discusión nacional vuelve a ordenarse desde el centro. La educación, la ciencia, el trabajo y la producción, porque sin capacidades propias no hay independencia real posible.

La independencia, entonces, no es una reliquia histórica, sino una tarea cotidiana. Se trata de abrazar aquello que permite que todas las diferencias puedan convivir y que podamos pensar distinto sin dejar de reconocernos parte del mismo país. Quizás ahí esté el sentido más profundo de esta fecha. Hace 210 años, un grupo de representantes de provincias muy distintas decidió que el mayor acto de libertad era hacerse responsable del propio destino. Hoy, en una Argentina cansada, desigual y muchas veces enfrentada consigo misma, el desafío sigue siendo parecido.

Compartir

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio