Silvia D’Andrea: Diseñar respetando la naturaleza

Ingeniera agrónoma y paisajista, lleva décadas dedicada al diseño, la ejecución y el asesoramiento de espacios verdes. En diálogo con Otro Punto, Silvia D’Andrea repasó una trayectoria atravesada por jardines, parques, barrios, docencia y grupos de jardinería, y explicó por qué para ella el paisajismo empieza mucho antes de elegir una planta.

Fotos: Santiago Mellano

En la vida, dicen, hay tres cosas que una persona debería hacer: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Silvia D’Andrea cumplió con las tres. Tiene hijos, escribió un libro de paisajismo y, después de décadas dedicada a los espacios verdes, lo de plantar árboles lo hizo más de una vez. Muchas más.

Con Otro Punto llegamos a La Angelita, uno de los proyectos en los que D’Andrea trabajó en el diseño paisajístico, y allí nos estaba esperando. El lugar no es casual para contar su historia: comenzó a trabajar en el barrio en plena pandemia, en 2021, cuando todavía buena parte de las decisiones se tomaban a través de videollamadas. Después vendrían el diseño, la elección de especies, la ejecución y un seguimiento minucioso para lograr que las plantas pudieran adaptarse a un espacio que, según recuerda, en aquel momento era prácticamente un páramo, expuesto al viento desde todos lados.

Silvia habla con seguridad y sin demasiadas vueltas. Se la percibe auténtica, determinada y convencida de su manera de trabajar. Ella misma se define como honesta: si algo no le gusta o considera que no va a funcionar, lo va a decir. Bien, pero lo va a decir. “Soy honesta conmigo y soy exigente conmigo, y también soy exigente con los demás”, asegura.

Ingeniera agrónoma y paisajista, construyó una trayectoria atravesada por jardines, parques, barrios, viveros, cursos y grupos de jardinería. Y detrás de todo ese recorrido hay una idea que aparece una y otra vez en la conversación: las plantas son seres vivos. Para ella, diseñar no consiste simplemente en combinar colores, formas o seguir tendencias. Hay que entender el suelo, el clima, los vientos, el crecimiento futuro de cada especie y también escuchar qué necesita la persona que va a habitar ese espacio.

–¿Cómo se empieza a diseñar un espacio?

–Para mí, el concepto de paisajismo es mucho más amplio de lo que uno por ahí interpreta como diseño. Si hablás de diseño, estamos hablando de crear algo en base a una idea, en base a una necesidad. Pero trabajar con un espacio verde o con el paisaje tiene varios factores que a veces ni siquiera podés manejar vos. Yo siempre uso el concepto de composición paisajística, porque el diseño es una parte de esa composición. Composición es relacionar, integrar y organizar varios factores. Después tenés textura, altura, volumen, color, forma, escala, que es lo que normalmente se va a plasmar en un anteproyecto y después termina siendo un proyecto. Sumado a eso, tenés lo que el paisaje o el entorno te da. Primero, el suelo. Para mí es fundamental porque es la base de un buen crecimiento de un espacio verde. Después tenés la topografía, el clima, el asoleamiento, los vientos, las temperaturas extremas. Una ladera norte no es lo mismo que una sur y tampoco es lo mismo intervenir en una zona urbana que en una quinta o en un campo.

“También está el dueño del espacio: qué quiere, qué necesita. Pero para poder hacer algo que sea realmente el espacio de esa persona, yo tengo que sentir algo y comunicarme con ese lugar. A veces voy a la mañana, voy a la tarde, voy a la noche. El espacio te va transmitiendo cosas y van surgiendo las necesidades. El objetivo final es un espacio funcional y que tenga un valor estético”, explica la paisajista.

Su relación con el paisajismo comenzó varias décadas atrás. D’Andrea es ingeniera agrónoma recibida en la Universidad Nacional de Río Cuarto, donde estuvo vinculada a la cátedra de Ecología. En paisajismo, en cambio, se define como autodidacta. En una época en la que las posibilidades de formación específica eran mucho menores, hizo cursos y capacitaciones en Buenos Aires, Córdoba y Misiones, entre otros lugares.

Con los años también comenzó a enseñar. Llegó a asesorar simultáneamente a trece grupos de jardinería de alrededor de diez integrantes cada uno, distribuidos en distintas localidades, y actualmente continúa acompañando a seis. En el recorrido hubo además años dedicados al mantenimiento, experiencias con viveros, asesoramiento a municipalidades y proyectos de muy distintas escalas.

–Remarcás mucho que las plantas son seres vivos. ¿Cómo se combina ese respeto por la planta con lo estético?, ¿es posible?

–Es posible. Yo considero que la base de todo lo que es el paisajismo es entender que las plantas son seres vivos. Y, como tales, necesitan determinadas condiciones. Necesitan agua, nutrición y un tiempo para crecer y desarrollarse. No es poner una planta, regarla y olvidarse. La tenés que seguir manteniendo. Y cuando llega a adulta, tenés que saber qué tamaño va a adquirir. Porque de pronto proyectaste algo con una planta chica y cuando creció te genera sombra o problemas de raíces. Uno tiene que saber y conocer qué tipo de planta va a utilizar en ese espacio. También tenés que considerar que las plantas van cambiando con las estaciones y día a día. En invierno algunas no tienen hojas y en verano sí. De pronto pusiste una planta de un metro y termina siendo una planta de veinte metros de altura.

Silvia cuenta que a ella le gusta mucho trabajar en espacios grandes y que allí se trabaja mucho con árboles, por lo tanto, considera fundamental entender cuál es su crecimiento: “cada planta tiene su silueta y su forma. Para mí, la planta es un ser vivo y la respeto como respeto a cualquier otro ser vivo. Esa es la esencia de todo lo que es el paisajismo”.

Ese respeto también la lleva a tomar distancia de las recetas y las modas. Silvia observa otros jardines, conoce tendencias y toma referencias, pero sostiene que cada lugar exige una respuesta propia. Y ahí aparece también su costado más directo. Si una planta no es adecuada para determinado lugar, lo dice. Después, aclara, la decisión será del cliente.

–¿Qué creés que te caracteriza como paisajista?

–Ser honesta. Y no como paisajista, sino como persona. Siempre ir con la verdad. Y lo otro que me caracteriza es que cuando voy a armar el jardín o el parque de otra persona es como si armara el mío. No solo cuido las plantas y el espacio, también cuido la parte económica. Busco los mejores precios dentro de los viveros y al cliente le presento cuatro o cinco presupuestos. Porque el bolsillo es del cliente y no es mío. En casi todos los proyectos los hemos ejecutado y yo he ido a seleccionar las plantas.

Hay también algo artesanal en su forma de trabajar. Aunque hoy los renders permiten anticipar de manera casi instantánea cómo podría verse un espacio, D’Andrea sigue encontrando valor en el dibujo a mano. Trabaja con planos, colores y distintas capas de un mismo espacio para imaginar qué ocurrirá con el paso de las estaciones y con el crecimiento de las especies. Después, cuando es necesario, ese trabajo se traslada a herramientas digitales.

–¿Cómo fue particularmente el trabajo en La Angelita?

–Me llamaron un día en plena pandemia. Fue en 2021. Hicimos una videollamada con los dueños porque no nos podíamos ver y ahí empezó todo. Fue todo un desafío.  Acá era un páramo, había viento de todos lados. Se trató de armar algo que fuera lo más eficiente posible y la pérdida de plantas fue mínima. En ese momento había que pensar especies que pudieran adaptarse a estas condiciones.

En algunos momentos, ese seguimiento llegó incluso a exceder aquello que uno podría imaginar detrás de un proyecto paisajístico. Silvia recuerda haber ido un sábado por la mañana personalmente a abrir el portón y controlar el riego porque no quería arriesgar las plantas que acababan de incorporarse. “Para mí tenía mucha importancia no perder plantas. Respetar lo que yo hice es respetarme a mí misma respetando las plantas”, sostiene.

En este proyecto, Silvia realizó todo el diseño inicialmente a mano. Dibujó los planos, representó los colores de las plantas y pensó distintas capas de un mismo espacio para anticipar cómo se vería con el paso de las estaciones y con el crecimiento de las especies. En el caso de la plaza y el club, primero presentó esos dibujos y luego el proyecto fue trasladado a AutoCAD para incorporarlo al desarrollo arquitectónico.

En La Angelita también se decidió trabajar con proveedores locales y especies provenientes de viveros de Río Cuarto, buscando plantas que estuvieran más acostumbradas a las condiciones de la zona.

–¿Por qué es importante esa adaptación de las plantas?

–Cuando traés plantas de un vivero, las riegan todos los días porque están en maceta, están con media sombra, protegidas. Cuando llevás esa planta a otro lugar tiene mayor necesidad de agua y queda expuesta a las condiciones del ambiente. Entonces hay que darle tiempo. La planta se tiene que adaptar a ese cambio. Es un ser vivo. Lo que pasa es que la planta no habla, pero expresa. ¿Cómo expresa? Perdiendo las hojas, no floreciendo. Tiene sus mecanismos y hay que interpretarlos. Hay plantas que están dos años chiquitas y el tercer año explotan. La paciencia es fundamental.

Los grandes espacios son, justamente, los que más disfruta actualmente. La Angelita no fue el primero. En su trayectoria aparecen también proyectos como Riverside y San Esteban, además de parques particulares y la primera parquización de la Universidad Nacional de Villa María, proyecto que ganó junto a una socia.

Con tantos años de trabajo, buena parte del conocimiento acumulado terminó encontrando también otro destino: la enseñanza. D’Andrea comenzó a dictar cursos en distintos puntos de la región y, tiempo después, parte de ese material se transformó en un libro. El libro se basa en conceptos básicos. Primero, el suelo. Después, distintos tipos de plantas: árboles, arbustos, herbáceas, gramíneas, la parte de sanidad. Son conceptos que para mí son fundamentales.

Estudiar y enseñar aparecen permanentemente en su relato. En su casa ya existía una cercanía con las plantas, pero Silvia recuerda especialmente a una profesora de Biología del secundario, ingeniera agrónoma, como una de las personas que despertó algo más amplio en ella: la curiosidad por las plantas, los animales, los insectos y la naturaleza.

–¿Siempre te gustaron las plantas?

–En mi casa toda la vida a mi mamá le gustaron las plantas y a mi hermano también. Pero tuve una profesora de Biología que era ingeniera agrónoma. Lo que ella me transmitió no tenía que ver solamente con las plantas, sino con las plantas, los insectos, los animales. Cuando estudié Agronomía creo que esa fue la base. Siempre me gustó investigar. Siempre me gustó estudiar y saber de todo. Soy muy inquieta. Yo siempre digo que no tengo techo, porque todos los días aprendo algo nuevo. Lo aprendo con el jardín, lo aprendo con las personas y lo llevo al jardín, o el jardín lo llevo a las personas. Después de una trayectoria en la que durante mucho tiempo trabajó prácticamente sola, hoy D’Andrea comparte parte de la actividad con Santiago Giuliano, a quien presenta como su colaborador y su “mano derecha”. Con el tiempo fueron dividiendo tareas y en proyectos como La Angelita continúan realizando controles estacionales para seguir la evolución de los espacios.

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