Florencia Guttlein, comunicadora social y emprendedora detrás de Flor Cocina, logró unir la comunicación con su pasión por las pastas. En diálogo con Otro Punto, Flor contó cómo nació el proyecto, su crecimiento en redes con una comunidad que la sigue y sus objetivos a futuro con el emprendimiento.
Fotos: Santiago Mellano

Llegamos con Otro Punto al departamento de Flor, que además de ser su hogar es desde hace poco el nuevo espacio de producción de Flor Cocina. La mudanza tuvo un motivo concreto: ganar comodidad para trabajar y acompañar el crecimiento del emprendimiento.
Hasta entonces, buena parte de las pastas habían salido de su departamento anterior, donde Florencia se las ingeniaba con una mesada muy pequeña donde colocaba su pastalinda, ponía manos en la masa y allí surgía la “magia”. Así fue creciendo el proyecto, sumando variedades, pedidos y herramientas, hasta que el espacio empezó a quedar chico.
Ahora, en una cocina más cómoda y pensada también para producir, nos recibe mientras prepara el mate. Nos sentamos a charlar y, entre una ronda y otra, empieza a reconstruir la historia de Flor Cocina: un emprendimiento que nació por necesidad, atravesó pausas y regresos y que hoy busca dar un paso más.
Todo comenzó en 2019. Flor se había recibido de comunicadora social en octubre de 2018 y estaba dando sus primeros pasos laborales. Necesitaba generar ingresos y una amiga le sugirió hacer un emprendimiento gastronómico. “La comida es lo que más sale”, le dijo su amiga. Y Flor se quedó con esta idea que luego concretó.

-¿Cómo arrancó Flor Cocina?
-Arrancó en 2019, más o menos en abril. Yo hacía poco me había recibido de comunicadora social. Estaba haciendo algunos trabajos, pero muy tranquila, y necesitaba generar ingresos. Era ya. Entonces una amiga me dijo que la comida era lo que más rápido salía. Y ahí pensé qué podía hacer y empecé a hacer canelones.
Por lo que cuenta la comunicadora, el comienzo fue bastante más artesanal que planificado. Tomaba pedidos una vez al mes y destinaba varias horas a preparar cada tanda. Los panqueques, recuerda, eran una de las partes que más tiempo le demandaban. Entre sus primeros clientes estuvieron amigos, conocidos y personas de la radio donde había realizado sus prácticas profesionales. Incluso recuerda haber llegado con una caja de cartón cargada con las docenas que le habían encargado. En octubre de ese año abrió el Instagram de Flor Cocina.
Hasta ese momento los canelones eran el producto principal. Más adelante incorporó hamburguesas vegetarianas, aunque ninguna de esas dos propuestas continúa hoy en la carta. El giro hacia las pastas llegó después.
En 2020, con la pandemia, Florencia volvió a mirar el emprendimiento como una posibilidad para generar ingresos. Esta vez empezó a buscar recetas, mirar tutoriales y aprender sobre elaboración de pastas. Compró una pequeña máquina y se animó a los sorrentinos.
-¿Ahí empezaste con las pastas?
-Sí. Me puse a ver tutoriales, vi mucho de Cocineros Argentinos y dije: “Ya fue, hago pastas, amaso”. Me compré una Pasta Linda chiquita y arranqué. Tenía los canelones y sumé los sorrentinos. Y pegaron mucho más. A la gente le gustaban, así que empecé a agregar variedades.
Jamón y queso, calabaza, queso y nuez y caprese estuvieron entre los primeros sabores. El emprendimiento comenzó a crecer, aunque todavía de manera tranquila y siempre en paralelo a su profesión. En octubre de 2020 consiguió un trabajo de tiempo completo vinculado a la comunicación y durante casi dos años sostuvo ambas actividades. Hasta que llegó un momento en que Flor Cocina quedó en pausa.
Fue en agosto de 2024 que Florencia decidió retomarlo. Esta vez hizo una elección: concentrarse exclusivamente en las pastas. Los canelones y las hamburguesas ya no volvieron y los sorrentinos pasaron definitivamente a ser el centro de Flor Cocina.
El regreso también coincidió con una etapa de mayor inversión. En diciembre de 2024 compró una nueva pastalinda y, tiempo después, su papá le regaló un freezer. Herramientas que como ella misma lo dice pueden parecer pequeñas desde afuera, pero que modificaron su capacidad para producir y mantener stock.
Sin embargo, la relación de Florencia con las pastas había empezado mucho antes de que existiera Flor Cocina. En los recuerdos aparece su abuela materna. En su casa se cocinaba mucho y todo era casero. Los ravioles formaban parte de muchos domingos y su abuela hacía buena parte del proceso a mano.
“Mi abuela hacía mucha pasta en mi casa. Hacía ravioles todos los domingos, o domingo por medio. Tenía la pasta linda para estirar, pero después cortaba todo a mano. Era bien pro. Y no era solo pasta: hacía tortas, pastelería, todo casero”, comenta Guttlein.
La emprendedora cuenta que su abuela nunca llegó a compartirle de manera completa cómo preparaba sus pastas, aunque después de su partida encontraron algunos escritos. Lo que sí quedó fue ese vínculo con una cocina hecha desde cero y con tiempo.
Las recetas de Flor Cocina fueron construyéndose a prueba y error. Florencia comenzó con fórmulas conocidas, pero las fue modificando a medida que aparecían nuevos problemas. Uno de ellos surgió cuando empezó a congelar los sorrentinos y descubrió que, después de algunos días, algunas piezas se quebraban.
Preguntó a otros productores, escuchó a sus clientes y terminó cambiando varios aspectos del proceso: reemplazó la harina 0000 por semolín y también modificó el envasado. Lo mismo ocurrió con algunos rellenos. Una observación de una clienta sobre los sorrentinos caprese la llevó a revisar la receta y reemplazar el tomate disecado por tomates cherry confitados. “Ahora son espectaculares”, sostiene Flor y agrega: “yo siempre les digo a mis clientes que me cuenten si algo no les gusta o cómo lo notaron. Son cosas que sirven para mejorar”.
Esa predisposición a escuchar también aparecería después en otro terreno. Porque mientras Flor Cocina encontraba una identidad en la cocina, Florencia comenzaba a descubrir que su otra profesión podía jugar un papel decisivo. La comunicadora y la emprendedora, empezaban a encontrarse.
“Creo que le encontré la vuelta a hacer comunicación y redes, que es lo que me gusta, con algo que no tiene nada que ver con la comunicación y son las pastas. Me gusta hacer videos, hacer contenido”, explica.
Ese cruce entre comunicación y cocina empezó a hacerse más visible cuando Florencia decidió dedicarle más tiempo a promocionar las redes de su emprendimiento. Durante cerca de un año publicó contenido en TikTok prácticamente todos los días y con una regla bastante clara: hablar únicamente de pastas. La constancia tardó en mostrar resultados. Pero cuando llegó, el crecimiento fue rápido.
El primer video que recuerda como viral fue uno en el que explicaba cómo hacía la masa para sorrentinos. Después llegó otro con el paso a paso de los ñoquis y, a partir de ahí, otras publicaciones comenzaron a moverse de una manera diferente.

-¿Cómo se dio esa viralización de tu contenido?
-Fue un proceso, hay que entender que esto no es de un día para el otro. Ya sea elaborar un producto como generar una comunidad en redes. Me llevó un año de crear contenido. Durante un año todos los días subía un video, cualquier cosa, pero relacionado solamente con las pastas. No subía nada que no fuera de pastas. Después se viralizó el de la masa para sorrentinos, otro de los ñoquis y ahí como que el algoritmo arrancó.
Florencia había entendido que necesitaba encontrar un nicho y sostenerlo. Su formación como comunicadora también le permitía mirar las redes desde otro lugar: probar, observar qué funcionaba y volver a intentarlo. Empezó a trasladar a Instagram algunos de los videos que habían tenido mejores resultados en TikTok. Uno de ellos, donde compartía su receta para la masa, alcanzó decenas de miles de reproducciones cuando la cuenta de Flor Cocina todavía tenía alrededor de dos mil seguidores. La fórmula empezó a repetirse y también llegó el crecimiento.
Con los números apareció algo que Florencia valora todavía más: la comunidad. Los comentarios dejaron de ser solamente preguntas sobre cuánto costaba una docena o qué variedades tenía disponibles. Empezaron a llegar consultas sobre cómo hacer una masa, cuánto relleno utilizar o cómo resolver problemas en la elaboración. Y muchos de esos mensajes llegaban de otras provincias y localidades. Buenos Aires, Rosario, La Pampa. Personas que habían encontrado alguno de sus videos y querían empezar su propio emprendimiento.
“No me guardé ningún secreto con las pastas. Lo que sé, lo comparto. Antes estaba esto de que si a vos te iba bien en algo no tenías que contar cuál era el secreto. Para mí no tiene sentido, porque cada uno le pone su impronta a lo que hace. Eso es único”, dice Flor y esto sin dudas habla de su generosidad para con el otro. Para Florencia, explicar una receta no significa entregarle a otro una copia de Flor Cocina. Puede compartir cantidades, procedimientos o consejos, pero entiende que cada persona terminará construyendo su propio producto. Esa apertura terminó haciendo que muchos llegaran a sus redes no solo para mirar, sino también para pedir ayuda. Algunos mensajes tienen detrás historias que van bastante más allá de una receta.
Florencia recuerda personas que le escribieron después de perder su trabajo y decidir invertir lo poco que tenían en comenzar a vender pastas. Una de ellas fue un hombre de Buenos Aires que tenía problemas con la masa de sus sorrentinos. Le mandó fotos, videos y explicaciones hasta que entre ambos intentaron encontrar qué estaba fallando. Tiempo después volvió a escribirle. Esta vez, para contarle que las pastas habían salido bien y que la gente se las seguía pidiendo.

-¿Qué te genera recibir esos mensajes?
-Me pone re feliz, me llena el corazón. Me gusta saber que no cocino solo por cocinar y por mi emprendimiento, sino que tiene un plus extra, que estoy ayudando a alguien a salir adelante, a tener un emprendimiento. Ayudar desde donde puedo, con un consejo o lo que sea.
Sin embargo, también tuvo que aprender a poner un límite. El crecimiento hizo que las consultas comenzaran a multiplicarse. Muchas llegaban directamente al WhatsApp que utiliza para los pedidos y algunas preguntaban cuestiones que Florencia ya había explicado públicamente en sus videos. Ahora intenta ordenar esa dinámica. Si la receta está publicada, dirige a la persona hacia el contenido. Sigue ayudando, pero entiende que no puede responder individualmente cada consulta mientras trabaja, produce y atiende el emprendimiento.
“Todavía no logré encontrar ese equilibrio. Me escribe mucha gente. Está buenísimo, pero también tengo que ponerme yo un límite”, cuenta.
Mostrarse frente a cámara y no tener miedo de esto es, justamente, una de las herramientas que siente que le dejó la Comunicación Social. “Creo que tengo algo que me dio la carrera con el tema de comunicar, que es un plus. A la gente le gusta y siento que es una fortaleza para mí”, cuenta. Por eso, cuando piensa hacia dónde pueden crecer sus redes, aparece una definición que la hace reír pero que tampoco descarta y dice “ser influencer de pastas estaría buenísimo”.
La mayor cantidad de ventas suele concentrarse entre viernes y sábado, por lo que durante la semana Florencia produce aunque todavía no tenga todos los pedidos confirmados. La lógica cambió: ahora necesita llegar al fin de semana con el freezer abastecido. Hay preparaciones que puede resolver en una tarde y otras que necesitan más tiempo. Los rellenos de carne, por ejemplo, requieren horas de cocción y obligan a planificar la producción de un día para el otro. También comenzó a mirar con más atención los números. Durante mucho tiempo llevó las cuentas a mano. Se considera organizada, pero el aumento del movimiento empezó a mostrarle fugas que antes podían pasar inadvertidas: quedarse sin un insumo, comprarlo de urgencia en un comercio más caro y después perder el registro exacto de ese gasto. Hoy el emprendimiento logró generar para ella el equivalente aproximado a un ingreso de media jornada. El próximo objetivo es ir por más.

-¿A dónde querés o te gustaría llegar con Flor Cocina?
-Lo que quiero lograr a largo plazo es vivir de las pastas. Por lo menos un sueldo de ocho horas tengo que lograr hacer. Para 2028 tengo que tener un sueldo de ocho horas con el emprendimiento. Ese es el objetivo principal. Y también incorporar la venta mayorista pero bueno para eso tengo que invertir en nuevas herramientas.
“Hace siete años que estoy emprendiendo, si bien tuve dos años de bache. Y recién puedo decir que este año hice un sueldo de medio día. Me falta un montón todavía para decir: vivo de las pastas”, explica. La charla termina donde empezó: en la cocina. Después de dejar el mate y repasar casi siete años de historia, llega el momento de las fotos. Florencia se pone el delantal y busca una de las herramientas que mejor representa ese recorrido: su pastalinda. Posa junto a la máquina que tantas veces aparece detrás de sus sorrentinos y también frente a la cámara, ese otro lugar que aprendió a hacer propio. Quizás ahí esté la síntesis de Flor Cocina. Una comunicadora delante de cámara, una emprendedora detrás de la mesada y una receta que, después de años de prueba, constancia y cambios, todavía se sigue escribiendo.


