Navidad en el Hogar “Los Amigos”
La casa del abrazo

En el oeste de la ciudad se abren las puertas de un lugar especial. El Hogar “Los Amigos” es una apuesta a una demanda que crece y está vinculada a la atención y el cuidado de las personas con discapacidad. Seis hombres, una casa y una red de afectos que se sostiene todo el año. Vínculos, rutinas y cuidados que desafían prejuicios y muestran otra forma de familia.
El verano arrasa con fuerza y unas nubes amenazan con dejar dentro la mesa navideña. Se respiran aires de fiesta. Parece que, por momentos, nos olvidamos de los problemas diarios, que la plata no alcanza y nos dejamos arrastrar por el espíritu navideño.
La casa está casi llegando a la esquina, por calle Trabajo y Previsión. Hay un cartel afuera hecho en mosaiquismo que capta la mirada. Tiene colores, cuerpos de espalda y un abrazo. Es el símbolo del lugar: la unidad que contiene la amistad. En este espacio viven 6 varones con distintas condiciones y realidades. Allí reciben la asistencia que necesitan en función de sus necesidades. Abre la puerta Claudia Sosa, la propietaria y encargada del lugar. En el salón hay una mesa larga para seis. Hay vasos de colores junto al pan dulce, la garrapiñada y el turrón. Están todos sentados a la mesa. Algunos toman sidra sin alcohol y otros, jugo. Es tiempo de celebrar.
Claudia asegura que era un sueño poder tener un hogar. Pensó que no iba a darse, pero como dicen, hay que tener cuidado con lo que se sueña porque se puede volver realidad. “Conocí a Leo, uno de los residentes, en el Cottolengo. Estuvimos diez años ahí: yo como cuidadora, y él, como residente. Ahí se forjó un vínculo especial. Con el tiempo, ambos dejamos el Cottolengo y pude abrir el hogar gracias a la familia de Leo que me ayudó. El primero en llegar fue él, después, vinieron los demás residentes”.
Este espacio va a cumplir 6 años en febrero. Comenzó a andar un mes antes de la pandemia. “Fueron comienzos duros. Nos agarró la pandemia. Estuvimos un año solos los dos hasta que fue pasando”, cuenta claudia con el tono sereno. Cuando pasó el temblor, fueron apareciendo nuevos residentes. “Hoy por hoy son 6 personas las que viven en el hogar: Leo, Gastón, Nando, Jero, Seba y David. Tienen entre 30 y 60 años”, dice y agrega que se convive bajo una base de entendimiento y respeto mutuo. Los residentes tienen distintas condiciones, cada uno necesita su espacio y atención.

Amigos en casa
“El hombre del hogar surgió por una charla con la hermana de Leo. Queríamos un lugar donde él se sintiera cómodo, en familia, como entre amigos. Qué mejor espacio que uno donde esté la gente con la que te sentís cómodo”, asegura Claudia con una sonrisa, mientras le acerca a Nando un vaso azul.
Atenta a cada detalle, se anticipa a lo que ellos necesitan. Acompañar sin invadir y respetando espacios y momentos. Aparece en escena Cecilia, otra de las colaboradoras del hogar. Pone los brazos sobre la mesa y se inclina para preguntarles cómo la están pasando. Recibe algunas sonrisas mostrando los dientes y algún que otro pulgar arriba. A medida que pasa el tiempo, los platos con pan dulce se van vaciando. Solo van quedando las migas.
Lejos de la romantización
Intentan que en el hogar no haya idealizaciones. “No son angelitos ni nada de eso”, aclara Claudia sin dudar. “Son seres humanos que tienen una discapacidad. Muchas veces se romantiza la discapacidad y eso, muchas veces, termina perjudicándolos, porque no los ven como son. Tienen una condición que necesita ser entendida, respetada y tratada como tal. Hay que verlos en su individualidad”.
Entre estas paredes se los ve en su cotidianidad: escuchan música, juegan a las cartas, toman mate, se ríen, se pelean. “Es una familia como cualquier otra: hay besos y abrazos, y también enojos y berrinches. Como en todos lados”.
Los días pasan de manera diferente. Los seis tienen distintas actividades en función de sus intereses. “Hacen deporte, participan de distintos proyectos y formar parte de cooperativas. Algunos tienen la asistencia de un ayudante terapéutico. En esto hay mucho trabajo de hormiga, cuando ves los logros, aunque sean pequeños, es hermoso. Me fascina”, cuenta Claudia mientras comienza a apilar los vasos porque se acerca la hora del comer.
“Quiero que ellos estén bien, puedan desarrollarse. No me imagino hacer otra cosa. Encontré mi vocación de grande, cuando descubrí el mundo de la discapacidad. Nunca terminas de aprender, es un trabajo constante”, menciona y agrega que hacen salidas todos juntos: van al shopping, al parque y que todo se disfruta en familia.
Pegada a la sala de estar, está la cocina. De allí asoma un aroma a comida que agita el hambre. Ellos lo advierten también. ¿Qué vamos a comer?, pregunta uno de ellos, rompiendo la espera. “Pollo al horno”, se escucha desde la sala contigua. La respuesta los satisface porque sonríen.
Leo es uno de los residentes más movedizos. Se levanta de la silla, va y viene. Tiene los ojos celestes que hablan incluso antes que las palabras. “Me encanta estar acá”, dice sin vueltas, y cuenta que lo que más le gusta son los chicos, estar entre amigos. Claudia sonríe. “Claudia se porta bien”, agrega Leo, con la naturalidad de quien habla de alguien de su familia.
Cuidar sin juzgar
En su mayoría, los residentes tienen familia. La responsable del lugar asegura que son muy presentes. “La mayoría ha perdido a sus padres, pero sí tienen hermanos. En varios casos, ellos necesitan atención las 24 horas, algo que no siempre puede sostenerse en una casa familiar. No hay que juzgar. Son situaciones de vida. A veces, un hogar es la mejor opción”, dice y destaca la importancia de este tipo de espacios, cuya demanda ha crecido en los últimos tiempos.

Tiempo de Navidad
La sala está decorada. Hay un pinito de luces sobre una pared blanca. Prende y apaga. También, hay guirnaldas. La ansiedad entre los amigos empieza a sentirse en esta época. Esperan compartir tiempo con sus familias, con quienes mantienen contacto todas las semanas. “Es una condición para ingresar al hogar, que los residentes tengan vínculo con sus seres queridos. Esto es muy importante”.
El aroma de la cocina se cuela en la charla. Ya es hora de irse. La idea de sacar unas fotos se vuelve toda una aventura. Se ríen, se abrazan, se dan besos en la mejilla, y posan. Arracimados.
Una casa. Seis amigos y un abrazo. En la entrada nos despide el cartel de mosaico con ese mismo abrazo que, puertas adentro, se vuelve cotidiano.



Increíble la labor de Claudia! Se del amor esfuerzo y empeño que le pones a el hogar y sobre todo el corazón! Te admiro y estamos muy orgullosos de vos! Te mandamos un abrazo apretado! Valentino Lucila y Clarita 🤍♥️😘
Muy muy merecida nota y reconocimiento 👏 ,claudia querida ,se de tu esfuerzo de tus luchas ,de tu sueño ,de la odiosa burocracia, se que sigues soñando con poner otro hogar ,no tengo dudas que lo vas a lograr .te admiro amiga ,sos un ángel en medio de esas seis personitas que tanto te nesecitan, ojalá hubiesen más almas como la tuya .TE QUIERO QUIERO MUCHO AMIGA .