Enfrentó dos veces al cáncer y lo cuenta en las redes
SOFÍA: “La vida le sienta bien”
Sofía Acosta tiene 31 años, es instructora de natación y atravesó el cáncer dos veces. Lejos de ocultarlo, eligió contarlo. En sus redes comparte su historia sin filtros: el dolor, el miedo, pero también la fuerza, el humor y la decisión de seguir. Entre días buenos y malos, construye un relato honesto que acompaña a otros. La enseñanza de caer en la cuenta que cada momento vale.

El otoño cae suave sobre el Parque Sarmiento. Las hojas se desprenden en cámara lenta sobre un colchón ocre. El lago refleja una calma que parece ensayada. La postal es perfecta. La charla también.
A lo lejos, reconozco una sonrisa amplia. Aparece Sofía Acosta, dueña de una presencia que no pasa desapercibida. Su voz, firme y dulce, tiene alas. Al escucharla, se abren las palabras. Hay algo más que una historia clínica: hay vida, hay preguntas, hay una decisión firme de atravesarlo todo sin esconderse.
“Empecé con el cáncer en el 2023, estuve un año y medio en remisión y luego volvió”, cuenta esta mujer sin dramatismo, pero sin esquivar el peso de lo vivido. Su diagnóstico fue un linfoma de Hodgkin, un cáncer del sistema linfático que en su caso comenzó con un tumor de 10 centímetros en el mediastino, con compromiso cervical, del lado derecho. Después, volvió del otro lado. “Pensaba que era una puerta que había cerrado, pero se abrió otra vez”.
En su rostro, las facciones parecen trazadas con precisión: nariz respingada, labios bien definidos sobre la base de una tez morena. Cuando sonríe, sus dientes, blanquísimos, iluminan todo alrededor. Tiene el cabello corto, y lo luce con orgullo, como una marca visible de la batalla librada. Detrás de sus anteojos negros de marco ancho, sus ojos marrones también dicen: y sus manos dibujan en el aire gestos que recuerdan a brazadas en el agua.

La fiebre
La primera señal de la enfermedad fue la fiebre. “Al comienzo, el síntoma que tuve fue fiebre muy alta: 40°. Venía de un mes de enfermarme y no me curaba y después, con el tiempo, llegaron otros síntomas. Me picaba todo el cuerpo, es una picazón de adentro, como a nivel circulatoria y sudoración nocturna”.
El primer tratamiento fueron 12 sesiones de quimioterapia. Al finalizarlo, estuvo un año y medio con remisión de la enfermedad, hasta que regresó. La segunda vez, no hizo falta confirmación inmediata. Ella lo supo antes que nadie. “Arranqué nuevamente con la picazón y lo supe, aunque quería pensar que era otra cosa. Pensaba que podía ser el cloro de la pile ya que yo entrenaba, pero no era eso…”, cuenta Sofi, apoyada en un banco de hierro del parque.
Allí llegaron otras cuatro quimioterapias más fuertes. Durante el aislamiento, el control de glóbulos blancos marcaba el ritmo de cada día. Luego, el trasplante de médula. “Las quimios fueron duras, sentía dolor para todo, por momentos, me dolía hasta respirar”.
Y, sin embargo, incluso en medio del dolor, eligió una forma de habitar el proceso. “Hay veces que he ido full diva a la clínica. Iba con mi mamá: nos poníamos las gafas y arrancábamos como si fuéramos al shopping.”, dice soltando una carcajada que hace que sus ojos también rían. Y sigue: “Me decía a mí misma: Me voy a hacer la quimio porque soy una reina… sacarle la energía negativa a algo que ya es drama. Si estoy en esta, bailemos, y hagámoslo con alegría”, dice esta taurina de 31 años.

Tiene una intensidad por vivir que se contagia. Se ríe, se pone seria y vuelve a reír, mientras sus manos, cargadas de anillos plateados, no dejan de moverse. En su oreja brilla un aro en forma de rayo, un detalle que parece resumirla: fuerte, vivaz, enérgica.
Mostrarse
Un día, casi sin pensarlo, empezó a grabarse y a subir videos a sus redes. “Hacerlos me ayuda. Me ayuda a sobrellevarlo”. En su perfil de Instagram decidió no guardarse nada: lo luminoso y también lo crudo. “Mostrarme sin pelo, sin cejas, en los días en que no me sentía linda… un subibaja de emociones. Todo eso quedó filmado”.
En su cuenta conviven escenas de todo tipo: el ascensor rumbo a la sala de quimio, juegos con su perro, risas, carteles de aliento fuera de la clínica y también el momento de raparse. “Hay un video en el que mi mamá me afeita. Se me caía mucho el pelo, así que decidí cortarlo. No quería ver cómo se iba y pensé: arranco el año pelada, y listo”.
Ese registro, íntimo y valiente, terminó siendo uno de los más vistos.
Con esto, entendió que a través de lo que hacía podía generar una red y hasta ayudar a otros: “Me escriben muchas mujeres, tengo una red a mi alrededor. Nosotras somos poderosas“. Poder rodearme de mujeres es súper sanador, menciona orgullosa y agrega: “Que mi proceso tenga sentido para mí y que pueda tenerlo también para otros, en el momento que sea”, cuenta feliz.
Las preguntas
Por momentos, el proceso es lento y con rispideces. Muchas veces, el ánimo se erosiona. Pero lo más difícil no siempre es el cuerpo. A veces son las preguntas.
“Uno se pregunta qué tengo que seguir cambiando, qué hice mal… cosas que no solté a tiempo, situaciones de estrés. Son muchas preguntas que podés hacerte.”
Y ahí, justo ahí, aparece otro aprendizaje: “Con terapia entendí que nunca hice nada, que no es mi responsabilidad.”, dice con absoluta conciencia e ilusión. recuerda, reflexiona y habla: “Había una droga que era de color rojo que la odiaba…la veía venir y pensaba: ahí viene esta hija de puta que me da vómitos, mareos, nauseas. Hay veces que es difícil… pero pasa. Siempre pasa”.

Sofía se define como taurina: perseverante y racional. Y en esa mezcla encontró una forma de avanzar. “¿Por qué a mí me pasa esto? Porque voy a buscarle la vuelta y a buscar las herramientas para ir para adelante.”
Comenta que hace tres meses del trasplante de médula y que tiene que cuidarse mucho porque está inmunodeprimida. “Me siento muy bien, siento que estoy curada, pero tengo que hacer estudios y controles aún”, comenta mirando de frente al sol.
Otra Sofía
Asegura que no es la misma chica de años atrás. En poco tiempo, la vida dio un vuelco de 380°. Nada pasó en vano: con la mirada hacia el lago, dice convencida: “Aprendí que la vida es mucho más simple, nos preocupamos por cosas sin sentido, y cuando aparecen estos diagnósticos, todo se vuelve más simple.”
Y en este sentido, agrega: “Si me preguntás qué me enseñó la enfermedad, te digo sin dudas que ya no me quejo. Disfruto más, digo te quiero, pido ayuda, me muestro vulnerable… Si tengo esta chance de vivir, hay que disfrutarla”.
Sofía Acosta no niega el miedo, ni el enojo, ni el dolor. Pero tampoco se queda ahí. Habla, escribe, muestra. Construye sentido incluso en lo más difícil.

“El cáncer es cada vez más común, y hay que hablarlo. Pareciera que el cáncer es igual a muerte y le tenemos mucho miedo a morirnos. Es una invitación a vivir la vida, a gozar, de una mejor manera, buscando la simpleza.”
Antes de despedirse, deja algo que no suena a consejo, sino a experiencia vivida: “Lo que más me sirvió es estar en el presente. Entender que los malos momentos también pasan. No es solo existir en esta vida, es vivirla”. Y en esa frase, sin grandilocuencia, Sofi termina de decirlo todo. Hasta el próximo video.

