Te falta caminar la calle presidente

Un discurso donde no hay rostros ni historias. No hay una jubilada haciendo cuentas en la cocina, no hay un comerciante que vende menos, no hay un trabajador que cambió de empleo o que directamente dejó de buscar, no hay conocimiento del territorio ni de los verdaderos problemas de la gente. La Argentina que duele y se sostiene todos los días quedó, otra vez, afuera.

Otra vez en su discurso en la Fundación Libertad, Milei esbozó una narrativa cerrada sobre el presente argentino, donde la teoría económica no solo que no explica la realidad, sino que directamente la reemplaza.

Desde el inicio, el Presidente ordena el mundo en dos polos: “liberales” vs “izquierda”, “verdad” vs “mentira”. Esa estructura binaria atraviesa todo el discurso y cumple la función clara de reducir la complejidad política y social a una batalla moral. No hay adversarios legítimos, sino enemigos que “no aceptan perder” y que incluso “recurren a la violencia”. Este recurso no es nuevo en la retórica mileísta, pero aquí aparece intensificado, reforzando una lógica de confrontación permanente que dificulta cualquier construcción de consensos.

Uno de los ejes centrales es la ya conocida “batalla cultural”; Milei no habla solo como presidente, sino como militante de una causa. La política, en su versión, no se juega únicamente en la gestión, sino en el terreno simbólico, en el terrero de las ideas y del sentido común. En esa clave, el discurso está plagado de referencias a autores liberales —de Milton Friedman a Murray Rothbard— que funcionan como legitimación intelectual de sus políticas. Sin embargo, esa acumulación de citas y conceptos no necesariamente traduce experiencia concreta de gobierno, sino más bien un intento de blindaje teórico.

Ahí aparece uno de los puntos más problemáticos. Existe una evidente distancia entre el plano abstracto en el que se mueve el primer mandatario y la realidad cotidiana de la sociedad. El insiste en demostrar que “las ideas de la libertad funcionan” a partir de indicadores macroeconómicos —déficit fiscal, base monetaria, relación deuda/PBI— pero omite, o minimiza, las dimensiones más inmediatas de la vida social: ingresos reales, alimentación, calidad del empleo, acceso a bienes básicos como salud, educación. Incluso cuando reconoce que “la gente tiene una sensación de frustración”, la explicación vuelve a ser técnica, casi mecánica, como caída de la demanda de dinero y destrucción del capital de trabajo. La experiencia social concreta queda resumida y dibujada en un modelo teórico.

Milei no niega los efectos negativos, pero los interpreta como efectos transitorios o inevitables dentro de un esquema mayor que, en el largo plazo, promete prosperidad. El problema es que ese “largo plazo” es siempre un horizonte abstracto, mientras que el malestar social es presente.

Otro rasgo distintivo es la apelación constante a cifras grandilocuentes —“100.000 millones de dólares”, “14 millones de personas sacadas de la pobreza”— que funcionan más como afirmaciones de tribuna que como datos contextualizados. No hay matices ni zonas grises, todo es éxito rotundo o desastre heredado.

En paralelo, el lenguaje elegido refuerza esa lógica. El uso de descalificaciones (“mentirosos”, “brutos”, “ensobrados”, “meados”) no es un exceso ocasional, sino un componente estructural del discurso. Con esto construye identidad —un “nosotros” que dice la verdad— pero al costo de degradar el debate público.

Pero, quizás, el punto más inquietante de todo esto no está en lo que dice, sino en lo que NO aparece. Milei no tiene territorio, no hay relato de caminatas, de encuentros con sectores sociales, de escucha directa con la ciudadanía en general. El país que describe Milei es un país de variables económicas y no un país integrado por personas de carne y hueso. ¿Cuánto contacto real tiene este discurso con la vida cotidiana? El resultado es que cada palabra del presidente es consistente en términos de su ideología, pero absolutamente miope y débil en términos de conexión social. Su discurso convence a quienes ya comparten su marco conceptual, pero deja afuera a amplios sectores que no se reconocen en esa abstracción. Y en política, esa distancia es, muchas veces, la diferencia entre gobernar una ilusión y gobernar un país.

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