Mila Deco: cuando la decoración se vuelve una experiencia

Lo que empezó como un pequeño emprendimiento en pandemia hoy tiene su propia casona en Río Cuarto. Mili Damonte y Javier Nicola hicieron crecer el proyecto con una idea clara: que elegir algo para el hogar también sea una forma de disfrutar los espacios.

Fotos: Javier Raiden

Llegamos a Mila y la casona sorprende desde el primer momento. Todo está cuidado, ordenado y perfectamente seleccionado: los objetos, los muebles, la iluminación, cada detalle parece estar ahí por un motivo. Al fondo, un patio con plantas termina de darle al lugar una calidez especial. Mili Damonte me preguntó qué había sentido al entrar y la respuesta fue simple: “Es como estar de vacaciones”.

Junto a Javier Nicola, su pareja y socio, construyeron este espacio ubicado en Cabrera 717. La historia empezó mucho más chica, en plena pandemia, con dos canastitos de perfuminas y velas y algunas telas que convirtieron en manteles. En ese momento los dos vivían en Córdoba. Mili ya era arquitecta y Javier estaba terminando su carrera como visitador médico. La idea era generar un ingreso extra que acompañara sus trabajos, pero poco a poco el proyecto empezó a crecer.

Primero fue el boca en boca. Después llegó la mudanza a Río Cuarto y un pequeño showroom sobre calle Constitución que durante mucho tiempo fue la casa de Mila. “Tenía un alma, un corazón ese lugar que nos ayudó, nos catapultó a lo que es Mila hoy”, recuerda Mili. Era chico, estaba en un primer piso y el acceso no era el más sencillo, pero ese espacio terminó siendo fundamental en la historia del proyecto.

Con el tiempo, Mili y Javier empezaron a imaginar algo diferente. No querían simplemente un local comercial. Buscaban una casa de decoración, un espacio donde pudieran desplegar todo aquello que durante años habían tenido que acomodar en pocos metros cuadrados. Así empezaron a averiguar por créditos hipotecarios para comprar una propiedad. La casa que encontraron tiene alrededor de cien años y, en un primer momento, incluso pensaron en construir su propia vivienda en la planta alta. Pero hacerlo requería una importante intervención estructural y decidieron volver a poner el foco en lo que realmente querían: destinar todo el lugar a Mila.

—¿Por qué eligieron que fuera una casona en vez de un local comercial tradicional?

Mili: —La idea era marcar una diferencia. Que desde que entrás se despierten distintos sentidos: lo visual, el ingreso y después llegar al patio. No queremos que sea todo “comprá”, sino que vengas y lo experimentes. Después, si te llevás algo, bienvenido sea.

Hay personas que pasan caminando, entran simplemente a mirar o terminan sentándose un rato en el patio. Esa forma de relacionarse con quienes llegan también es parte de lo que Mili y Javier buscan sostener. “Queremos que quienes ingresen a Mila se sientan bien atendidos, que los mimen y que disfruten de haber venido, hayan comprado o no”, explica Mili.

El crecimiento de Mila también fue cambiando la vida de los dos. Durante mucho tiempo combinaron el proyecto con otros trabajos. Mili hacía obras privadas y también trabajó en obra pública, mientras Javier aportaba los ingresos de sus propios trabajos. Todo terminaba en un mismo lugar: seguir haciendo crecer Mila.

“Era todo un pozo común para esto”, cuenta Mili. Los sábados, domingos y feriados también eran parte de la obra y del showroom. Poco a poco, aquello que había nacido como un ingreso extra empezó a ocupar cada vez más espacio hasta convertirse en su actividad principal.

La obra fue avanzando a la par del emprendimiento. Había momentos en los que una promoción o la venta de determinados productos ayudaban a afrontar una nueva instancia: la demolición, el revoque o los revestimientos.

—¿En qué momento sintieron que Mila había dejado de ser aquel pequeño emprendimiento?

Mili: —Fuimos mutando todo el tiempo. Primero le decíamos tiendita, después emprendimiento, después vino el showroom. Durante mucho tiempo lo combinamos con otros trabajos y todo lo que entraba iba a un pozo común para esto.

Javier: —Era un proyecto en común. Estábamos mirando un punto fijo, que era la casa. Sábados, domingos, feriados, siempre estuvimos acá. Yo todavía siento que no caigo con todo lo que logramos.

Para Mili, el cambio también se dimensiona al mirar hacia atrás. “Lo que arrancó como un hobby o para hacer un extra terminó siendo nuestro principal sustento. A mí me llena de orgullo”, dice.

Hoy Mila también es un equipo. Allí trabajan Brenda Coy, Dana Spinella, Candela Roccia Belgoff, Valentina Damonte y María Ficco, junto a Mili y Javier. Para Mili, cuidar ese grupo es una parte central del proyecto. “Mi rol es ver que el equipo que tenemos esté bien. Para mí son mi familia. Están cumpliendo el rol de atender nuestra casa, tienen la llave de nuestra casa y son la cara visible de Mila. Si ellas están bien, el local va a funcionar”, sostiene.

Esa forma de trabajar tampoco apareció de casualidad. Mili creció detrás del mostrador de la farmacia de sus padres en Córdoba y desde chica estuvo en contacto con la atención al público. Javier también trabajó durante años atendiendo clientes en zapaterías. De esas experiencias rescataron algo que hoy trasladan a Mila: quien entra no debería sentir que alguien simplemente intenta venderle un producto.

—¿Qué buscan transmitirle al equipo?

Mili: —Hacemos mucho hincapié en que aprendan. No queremos que sea despachar un producto. Queremos acompañar, asesorar. Que si alguien viene y quiere armar una cama o un recibidor, podamos ayudarlo. Y si después algo no le gustó cómo quedó, que vuelva y lo cambiamos. Queremos que cuando el producto llegue a su casa diga: “Me encantó cómo quedó”.

La selección de los productos también lleva tiempo. Mili realiza gran parte de ese primer filtro, revisa proveedores y ambos viajan a Buenos Aires para poder ver personalmente aquello que después incorporarán al local. Javier cuenta que esa tarea recae principalmente en ella: “Casi cien por ciento del primer filtro lo hace Mili. Son horas y horas de mirar proveedores”.

La estética importa, pero también el precio, la funcionalidad y la calidad. “Tratamos de encontrar productos que sean hermosos, pero que al mismo tiempo tengan un precio módico. Si un proveedor nos hace un descuento, ese mismo descuento tratamos de trasladarlo al cliente. Las tres B: bueno, bonito y barato”, explica Mili.

—¿Qué aporta tu mirada como arquitecta a Mila?

Mili: —Creo que sobre todo en la asesoría. Capaz venís y no sabés qué poner en un ingreso. Me mostrás una foto y ya empiezo a pensar un recibidor, un espejo, un lugar para dejar las llaves o un canasto para los zapatos. Y tampoco se trata de enchufarte cosas de mi negocio. A lo mejor tenés algo en tu casa que podemos refuncionalizar.

Muchas veces propone recuperar objetos que alguien ya tiene, darles otro uso o cambiarles el aspecto antes de reemplazarlos.

“Hay cosas que te regalaron o que tienen un sentido sentimental. Entonces, démosle una vuelta”, explica.

—¿Qué tendencias están viendo hoy en decoración?

Mili: —Nos está sorprendiendo muchísimo el sector dormitorio. Los almohadones, los textiles, las texturas. En esta cápsula primavera-verano trajimos unas alfombras que se viralizaron un montón. Hay gente que entra y directamente dice: “Vengo por las alfombras de Mila”.

Durante los años del showroom, el espacio había limitado la posibilidad de sumar este tipo de productos. La casona permitió ampliar sectores y darle otra presencia a los textiles, el bazar, los aromas, el baño y la decoración.

También empieza a aparecer nuevamente el color después de varios años marcados por tonos neutros y propuestas más minimalistas. “Estamos intentando volver al color. Es difícil porque venimos de los tonos de siempre, pero empezamos a incorporarlo de a poco”, dice la arquitecta. Una de esas apuestas fue Fiori, una cápsula de cerámica pintada a mano y con mucho color que tuvo una gran respuesta. Ponés una ensaladera súper estampada en una mesa clarita y se lleva todas las miradas. Queda precioso”, cuenta.

—¿Qué define a Mila?

Mili: —Para mí es amor, familia y equipo.

Javier: —Yo creo que es familia. Estamos ocho o nueve horas todos los días acá y terminamos pasando más tiempo entre nosotros que con nuestra propia familia.

Para ellos, esa idea no queda solamente en una definición. La inauguración de la casona fue una muestra bastante clara. Podrían haber contratado un catering, pero el papá de Mili preparó budines y brownies, armó un espacio para servir café y el resto de la familia también se sumó a recibir a quienes llegaban.

“La esencia que tuvo nuestra inauguración, de que estuviera mi papá de un lado, mi hermano, mi mamá dando la limonada… eso no tiene precio”, recuerda Damonte. También recuerda el último día del viejo showroom. Mientras embalaban todo para la mudanza, Dana apareció con su camioneta y un mate para ayudarlos. Era sábado y no tenía ninguna obligación de estar allí. “Eso para mí no va a tener nunca precio. Esa es mi familia, ese es el equipo que yo quiero”, dice Mili.

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