Al cumplirse el primer aniversario del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el panorama político de los Estados Unidos y del mundo se asemeja más a un campo de batalla institucional que a una administración gubernamental tradicional. Lo que en Enero de 2025 comenzó como una promesa de “redención” nacional, se ha transformado en un 2026 marcado por un desquicio sistémico que ha desafiado cada contrapeso de una democracia muy antigua.
Este primer año de Donald Trump en la Casa Blanca no ha sido una repetición del caos amateur de su primer mandato; ha sido una ejecución quirúrgica de la disrupción. Bajo el lema de desmantelar el “Estado profundo”, la administración ha sustituido cuadros técnicos por leales absolutos, erosionando la frontera entre el servicio público y la voluntad personal. El resultado es un Estado que no funciona bajo la lógica de la eficiencia, sino bajo la de la retaliación, es decir, con la agresión como respuesta a otra agresión. La purga de agencias federales ha dejado vacíos operativos que hoy pasan factura en la gestión de servicios básicos y en la respuesta a crisis internas.

En el plano económico, el desquicio se ha manifestado en una volatilidad sin precedentes. La imposición de aranceles universales y la presión directa sobre la Reserva Federal para manipular las tasas de interés han generado una incertidumbre que los mercados ya no saben cómo interpretar. Si bien ciertos sectores industriales celebran el proteccionismo, el ciudadano de a pie enfrenta una inflación reactivada por el encarecimiento de las importaciones y una guerra comercial abierta con aliados y adversarios por igual (guerra abierta que, claramente, está perdiendo con su principal contrincante, China).
Sin embargo, es en la arena internacional donde el desquicio alcanza tintes alarmantes. En este 2026, la política exterior estadounidense se basa en la imprevisibilidad como doctrina. El debilitamiento de la OTAN y los flirteos autocráticos han dejado a Europa y Asia en un estado de orfandad estratégica. Estados Unidos ya no es el garante del orden global, sino su principal factor de inestabilidad. La ONU, por otra parte, está siendo víctima de un ataque sin precedentes, aspirando Trump a sustituirla por un anodino “Consejo de la Paz”, constituido por adláteres tan o más irresponsables que él.

El tejido social, por su parte, nunca estuvo tan tenso. El discurso desde el Despacho Oval ha validado la exclusión y ha convertido el sistema judicial en una herramienta de persecución política. La retórica del “enemigo interno” ha permeado las instituciones, fracturando comunidades y dejando a la oposición en un estado de parálisis defensiva.
Y aquí debe hacerse párrafo aparte para la poco seria adhesión incondicional de Argentina a los arrebatos de la Casa Blanca; Argentina enfrenta profundo desagrado por parte del llamado Tercer Mundo, que podría tener consecuencias en la votación por la Causa Malvinas en el Comité de Descolonización. Asimismo, en ese show pornográfico de ricos y poderosos banqueros y milmillonarios que se sientan a tomarle examen a los políticos que es Davos, el Presidente argentino profundizó su discursividad obsecuente con Trump, lo que puso al país en una difícil posición frente a una Europa asediada y una ONU combatida. Muy grave, por otra parte, es haberse apartado de la doctrina de la No Intervención en Asuntos Internos de otros países por parte de Argentina, que avaló la grosera violación del Derecho Internacional Público con el matonismo institucionalizado que significó el secuestro del Presidente venezolano y su traslado a las cortes judiciales de Nueva York.
En conclusión, este primer año de Trump no ha sido simplemente una gestión polémica; ha sido un ataque frontal a la previsibilidad democrática. El desquicio no es un error de cálculo, es el método. Al finalizar este 2026, la pregunta ya no es qué hará Trump el próximo año, sino cuánto de la estructura institucional podrá sobrevivir a tres años más de una presidencia que confunde el liderazgo con la demolición.


