Venezuela, una oposición escuálida y dividida no puede contra el PSUV

En la República Bolivariana de Venezuela se realizaron nuevas elecciones. Más allá de las descalificaciones de gran parte de los Gobiernos de Europa y América, el chavismo sigue adelante con su proceso; debe dejarse bien claro que, mal que pueda pesar, si hay un país donde se vota bastante seguido es en Venezuela.

Pero -debe también decirse-, desde la muerte del caudillo Hugo Chávez las cosas se radicalizaron en demasía en este país cuya sola mención genera profunda gratitud de parte del Pueblo argentino por su solidaridad militante en el tema Malvinas, al igual que Perú.

Es que tanto el sucesor chavista, Nicolás Maduro, como el espectro opositor -otrora hegemonizado por la Mesa de Unidad Democrática y su candidato, Henry Capriles-, comenzaron a endurecer discursos y posiciones. Así, el oficialismo judicializó la política encarcelando a opositores, cerrando medios de comunicación y persiguiendo a quien cuestionara la marcha del país, y la oposición respondió llamando a manifestaciones violentas, buscando desestabilizar desde lo político, militar y económico, cuando no boicoteando la participación en los procesos electorales.

De esta manera, y de la mano de un Estados Unidos que tuvo cómplices poco dignos en América Latina, se aisló económica y políticamente a Venezuela. Esta situación -que, como siempre, termina pagando el Pueblo-, generó una emigración masiva (se habla de casi ocho millones de venezolanos fuera del país); mientras tanto, la oposición se fraccionaba y tomaban rumbos separados: algunos, llamando a desconocer la legitimidad de los procesos electorales, y otros entendiendo que la única forma de ganarse el favor de la sociedad era procurando echar al chavismo de la misma forma en que había entrado: ganando elecciones.

En este caso, es también necesario decirlo, el sistema electoral venezolano no ha demostrado demasiada fiabilidad en los últimos procesos electorales presidenciales. Debe recordarse que a la fecha no es posible constatar las actas que prueben que Nicolás Maduro ganó la re-reelección en Julio del año pasado, mientras que la oposición mostró supuestas actas que demostrarían una abrumadora victoria sobre el oficialismo (que no fueron constatadas por el Centro Carter ni por la OEA).

Pero mientras al país retornaba una relativa bonanza económica, ya parecía que nada podía tumbar a un régimen férreamente sostenido por Fuerzas Armadas sospechadas de connivencia con lavado de dinero o, directamente, fuertes vínculos con grupos narcos de Colombia. Por ello, la única posibilidad que veía una oposición con discursividad mesiánica orientada por Leopoldo López o Corina Machado era provocar una insurrección militar o, directamente, solicitar que desde el exterior (desde bien al norte del Continente), hubiera algún tipo de intervención.

Se pudieron ver varios de estos intentos: desde la promocionada “ayuda humanitaria” que supuestamente iba a ingresar desde Colombia -luego se supo que era una estrategia orquestada por el “Presidente Encargado” Juan Guaidó- que iba a ser utilizada como “cabeza de playa” para una intervención militar que fracasó antes de comenzar; luego, la supuesta rebelión militar en un cuartel, que también contó con la convocatoria de Guaidó y López…pero desde la vereda del regimiento (que no se levantó en ningún momento).

Se llega así al natural desenlace de esta historia. El pasado 25 de Mayo tuvieron lugar las elecciones regionales y legislativas adelantadas (tendrían que haber tenido lugar en Diciembre venidero). Mientras Corina Machado llamaba a la abstención para “derrotar al régimen”, Capriles, Rondón, Stalin González y Falcón -todos opositores- resultaron electos Diputados por partidos diversos. Los resultados divulgados por el Consejo Nacional Electoral hablan por sí mismos: ante una concurrencia a las urnas del 42.63% del padrón, el PSUV-Gran Polo Patriótico logró 253 Diputados (sobre 285), Alianza Democrática 13, UNT-Única 11, FV 4 y Lápiz 1. Restan elegir 3 Diputados indígenas el próximo fin de semana.

Está claro que el Presidente Maduro está gobernando con graves denuncias de violaciones a los Derechos Humanos, sigue dependiendo de la monoproducción de petróleo y los sueldos están por el suelo. Pero tarde o temprano la dirigencia venezolana deberá replantearse sus vínculos entre sí y dar vueltas esta tremenda realidad que ha herido social, política y económicamente al país.

Venezuela no merece este presente; un país que fue señero en la defensa y protección de los Derechos Humanos y bandera de la Democracia continental, no merece ser señalado internacionalmente como lo está siendo. Y esto va más allá de quién señala. Cuando se persigue a la oposición, cuando los procesos electorales no son claros, cuando la sociedad no ve a la política como herramienta para el cambio civilizado, cuando se tortura a presos políticos, cuando se acalla a la prensa, se está más cerca de una dictadura que de ser llamado una democracia.

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