Cuando endeudarse deja de ser una elección

Debo, luego existo

En Río Cuarto, los casos de morosidad se cuadruplicaron en menos de un año. Detrás de ese aumento hay salarios que no alcanzan para cubrir los gastos, imprevistos que desordenan la economía familiar y deudas que, al refinanciarse, se vuelven cada vez más difíciles de pagar. Para muchos, endeudarse no fue una elección, sino la manera de afrontar lo que sus ingresos ya no podrían cubrir. Tres historias ponen rostro a un problema que crece.

Rubén está entrampado en un círculo. “De mis ingresos, destino casi la totalidad al pago de la deuda”, confió el riocuartense de 45 años, a Otro Punto. Movido por la necesidad de mantener sus múltiples trabajos: cadetería, contratista rural y, de forma ocasional, personal de seguridad, decidió comprar una moto usada. Entre el pago de las cuotas, el combustible, el seguro y el mantenimiento de la motocicleta, sus ingresos no fueron suficientes. Se vio obligado a recurrir a créditos y a la ayuda de su familia. “Le doy prioridad a la moto, porque sin la moto no puedo laburar para pagarla. Es un círculo difícil de salir”, comentó con su casco sobre el borde de la mesa.

No está solo en esa encrucijada, el defensor del Pueblo de Río Cuarto, Daniel Frangie, explicó que en lo que va del año ya recibieron más de 200 reclamos vinculados al endeudamiento, frente a los 50 registrados durante todo el año pasado. Según detalló en diálogo con Al Toque Radio, el capital adeudado que las familias llevan a la defensoría supera los 600 millones de pesos. Sin embargo, cuando se analizan los planes de refinanciación que les proponen las entidades, ese monto trepa a más de 1.500 o 1.600 millones de pesos, lo que vuelve las deudas prácticamente impagables.

El dato adquiere otra dimensión si se considera que, en julio, una familia tipo necesitó $971.356 solo para cubrir la compra de alimentos, según el CECIS. A ese gasto se suman el alquiler, los servicios y otros consumos esenciales. En un hogar donde los ingresos apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas, una deuda que crece con la refinanciación puede convertirse rápidamente en una carga difícil de sostener.

Para Rubén, la sociedad se mueve bajo la lógica del “sálvese quien pueda”. En un contexto donde las alternativas laborales son escasas y las jornadas pueden superar las ocho horas, cada persona busca la manera de sostenerse económicamente. Sin embargo, trabajar más no siempre significa ganar lo suficiente para cubrir las necesidades básicas.

“No ganamos nada quejándonos, pero tampoco es cuestión de darle la vida al otro por chaucha y palito”, afirmó con énfasis.

El incremento de la morosidad ocurrió a la par del estancamiento y cristalización de la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores registrados. (Fuente: CEPA en base al INDEC y al BCRA).

Al igual que Rubén, Marcelo, de 51 años, se vio en la necesidad de pedir un crédito. Con calma, pero sin restarle peso a lo ocurrido, contó que había comenzado a refaccionar su hogar, pero al poco tiempo la enfermedad de su tía cambió sus planes. “El dinero previsto para la mano de obra fue dirigido a las personas que podían cuidarla, ya que mis responsabilidades laborales no me permitían hacerlo personalmente”, explicó

Los imprevistos no siempre llegan cuando hay margen para afrontarlos. Para Marcelo, la situación se complicó todavía más cuando un accidente le impidió continuar con las horas extras que realizaba para complementar sus ingresos. Lo que antes podía destinar a esos gastos dejó de estar disponible y la deuda pasó a ocupar un lugar central en su economía cotidiana. Esto lo obligó a recortar muchos de sus gastos para poder pagarla.

Pero el costo de una deuda no siempre se mide solo en dinero. También puede significar menos tiempo para uno mismo y para los demás. “Si pudiera salir de esta deuda no sólo estaría más tranquila, sino que también estaría disfrutando de hacer otras cosas que, por trabajar tanto, hoy no puedo. Me cuidaría más y le dedicaría más tiempo a mi familia o amigos”, expresó Araceli, de 60 años, que desde 2019 está luchando por sacar adelante sus dos negocios de ropa.

La separación de su socia la obligó a empezar de cero por su cuenta. Poco después llegó la pandemia y, más tarde, la pérdida de un ser querido. Cada uno de esos momentos estuvo acompañado por nuevas dificultades económicas, hasta que recurrir a bancos y prestamistas se convirtió en una alternativa para poder hacerles frente.

Hoy, Araceli “solo” debe terminar de pagar dos préstamos, pero una parte importante de sus ingresos todavía está destinada a saldar esas deudas. Más que el alivio económico, lo que espera es recuperar el tiempo que el trabajo y las obligaciones financieras le fueron quitando.

Aún así, cuando atiende su local, las preocupaciones parecen quedar en segundo plano. Recibe a cada cliente con una sonrisa y se mueve con soltura entre las prendas. En su manera de atender hay una seguridad: la certeza de que todo va a mejorar.

“Saber que voy a estar más tiempo con mi familia cuando esto pase, me da fuerzas”, dijo, con esperanza en su voz.

En cuanto al acompañamiento del Estado, Araceli sostuvo que nunca sintió que hubiera estado presente durante este proceso. “Debería velar por las necesidades de cada uno, pero el Estado que tenemos actualmente, no piensa eso. No le importa la gente. Le importa llenarle los bolsillos a cada político de turno que entre”, concluyó.

Proyecto de ley para aliviar las deudas

Durante las primeras semanas de agosto de 2026, el ministro Luis Caputo y el presidente Javier Milei ratificaron que el aumento de la morosidad constituye un “problema entre privados” y descartaron una intervención directa del Estado nacional frente al endeudamiento de las familias.

En Córdoba, en cambio, el Gobierno provincial tomó otra postura. El gobernador Martín Llaryora acaba de enviar a la Legislatura un proyecto de ley para crear el Programa Provincial de Alivio y Reordenamiento del Endeudamiento Familiar, destinado a ayudar a las familias que tienen dificultades para pagar sus deudas.

La propuesta busca ayudar a quienes ya no pueden afrontar sus pagos y necesitan refinanciar o reorganizar sus deudas. El objetivo es reducir los costos de esas operaciones, evitar que la situación empeore y facilitar que las familias puedan recuperar de a poco su capacidad de pago.

El proyecto también contempla la participación voluntaria de bancos y emisoras de tarjetas de crédito, que ofrecerían opciones especiales de financiamiento para las personas que ingresen al programa.

Las entidades que adhieran al proyecto deberán ofrecer una tasa nominal anual fija de hasta el 35%, con plazos de entre 24 y 48 cuotas mensuales.

Más allá de las medidas que puedan adoptarse, las historias de Rubén, Marcelo y Araceli muestran que detrás de cada deuda hay algo más que números. Hay familias para las que endeudarse dejó de ser una elección y se convirtió en la única manera de llegar a fin de mes. Familias que se vieron obligadas a reorganizar sus vidas alrededor de una deuda que termina por condicionar mucho más que su economía: también el tiempo, los proyectos y los vínculos. Debo, luego existo. Pero cuando la deuda se vuelve una carga difícil de abandonar, la pregunta ya no es cuánto se debe, sino cuánto de la vida es necesario comprometer para poder pagarla.

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