Se estrenó en el Centro Cultural Leonardo Favio “Para hacer una película solo hace falta un arma”, el documental dirigido por Santiago Sein y construido a partir de material audiovisual recuperado de la Universidad Nacional de Córdoba. Permanecerá en cartelera durante dos semanas.

Durante años, nadie se detuvo demasiado frente a aquellas latas oxidadas. Acumulaban polvo y tiempo en un depósito de la Universidad Nacional de Córdoba, hasta que en 2019 a punto estuvieron de terminar en la basura. Adentro había rollos de película. Nadie sabía exactamente qué contenían. Tampoco se sabía cuánto de aquella historia había logrado sobrevivir en el material. Cuando comenzaron a rescatarlo, las imágenes empezaron a devolver rostros, calles, aulas, estudiantes y escenas de una época atravesada por la militancia política y la violencia que precedió a la dictadura.
Algunas personas pudieron ser reconocidas. Algunas películas habían sido utilizadas para identificar gente. Otras se habían perdido, habían sido llevadas al exilio o quedaron irrecuperables por el paso del tiempo. Lo que parecía ser apenas un conjunto de latas abandonadas terminó abriendo una historia mucho más grande: la de un archivo que había sobrevivido en silencio durante décadas y que, al volver a ser visto, comenzó a reconstruir una memoria que todavía tenía mucho para contar. De ese rescate nació la película de Santiago Sein.

El proyecto comenzó en 2019, cuando aparecieron unas latas de películas en Ciudad Universitaria. En un primer momento, el objetivo no era realizar una película, sino recuperar y preservar esos materiales audiovisuales. Durante el proceso aparecieron cientos de documentos, actas y materiales conservados en la facultad, además de numerosas entrevistas a personas vinculadas con aquella primera promoción de cine de la Escuela de Arte. La investigación permitió reconstruir quiénes habían producido esas películas, qué habían registrado y en qué contexto histórico lo habían hecho.
En casi todas las cintas, las primeras escenas eran cortometrajes de amor, jóvenes disfrutando de juntadas entre amigos, las primeras pruebas de cámaras de los estudiantes. Todos los títulos escritos con fibra en las latas, eran de ficción. Por eso al principio quizá no esperaban encontrar demasiado. Pero, oculto tras nombres impensados, el hallazgo fue adquiriendo otra dimensión: detrás de aquellas imágenes había personas, historias, militancias, desapariciones y una parte de la historia política y universitaria de los años setenta. Se ven imágenes de la juventud peronista, de cuando Perón llegó al aeropuerto y muchos fueron a recibirlo. También distintos momentos de represión. Militares disparando a la multitud, la gente incendiando distintos elementos y haciendo barricadas.

La versión proyectada en el cine del Leonardo Favio dura casi dos horas y media, y recopila las imágenes recuperadas de esas cintas. Tiene tres personajes centrales: Pierre, Gerard y Rudy. Son personas reales, reconstruidas. Pierre y Gerard son franceses. Los tres estudiaban cine en Córdoba, y en las cintas estaban los prácticos de la carrera, pero también escondían su revolución.
Santiago cuenta que durante varias semanas existió una primera versión de la película, más cercana al ensayo documental. Él tenía una presencia muy fuerte a través de su voz y aparecían reflexiones sobre aquella época y sobre el grupo de estudiantes y docentes.
Pero algo no terminaba de funcionar. El descubrimiento de los materiales de cine político produjo un cambio. Entre ellos apareció el registro de la Semana de Mayo de 1973, un material particularmente cargado de sonido: aunque el sonido original no había sobrevivido, las imágenes permitían reconocer cantos, ambientes y situaciones.
También aparecía repetidamente una persona con un micrófono y un grabador, registrando el ambiente y, en algunos casos, testimonios. Posteriormente identificaron a esa persona como Rudy Randy. La imposibilidad de recuperar aquellas grabaciones sonoras terminó convirtiéndose en uno de los motores creativos de la película.
A partir de esa ausencia nació la idea de construir una especie de diario sonoro atribuido a Rudy. Santiago explica que no se trató de inventar libremente una historia, sino de construir una voz verosímil a partir de materiales concretos: hechos, testimonios, circunstancias, cartas reales y documentos. La ficción aparece entonces como una herramienta para aproximarse a aquello que el archivo ya no podía mostrar o escuchar.
Es uno de los puntos más interesantes de la película: la ficción no reemplaza al archivo, sino que intenta dialogar con sus silencios y sus ausencias. El propio proceso de escritura comenzó a modificar la relación con las imágenes. Santiago cuenta que, mientras escribían el diario, determinadas imágenes aparecían y encontraban naturalmente su lugar dentro de aquello que estaban narrando.
Hay una idea de Jacques Rancière que afloró en la presentación de la película en el Favio y que resulta central para comprender el proyecto: “no se trata solamente de conservar una memoria, sino también de crearla”. La película parece ubicarse precisamente en ese lugar. Las imágenes encontradas no son solamente documentos que permiten conocer el pasado. Al volver a ser vistas, restauradas, contextualizadas y relacionadas con testimonios y documentos, vuelven a producir memoria en el presente.

Por eso el trabajo de Sein y del equipo no termina con la película. La recuperación del archivo también abrió nuevas investigaciones. El equipo encontró documentos que permitieron reconstruir parte de la historia de las películas y de las personas vinculadas con ellas. Entre los hallazgos aparecen documentos relacionados con la realización de materiales durante la época y solicitudes de cámaras de la universidad. La investigación fue revelando que aquellas películas y documentos estaban atravesados por el contexto político de los años setenta. Sein cuenta que muchas de estas historias circulaban inicialmente como mitos o relatos fragmentarios dentro de la propia institución. El hallazgo de las películas y de los documentos permitió comenzar a confrontar esos relatos con evidencias concretas.
Las latas que durante años permanecieron olvidadas ya no están en silencio. Sus imágenes volvieron a circular, a ser miradas y, en algunos casos, a devolverle a alguien el rostro de una persona que creía perdida para siempre. Pero la película también deja claro que todavía hay imágenes que faltan, historias que no pudieron reconstruirse y materiales que continúan esperando ser encontrados.
“Para hacer una película solo hace falta un arma” no funciona únicamente como un documento sobre una época. Es también el resultado de un trabajo de rescate que continúa más allá de la pantalla. Porque recuperar esas películas no significa solamente salvar un pedazo del pasado: significa devolverles a esas imágenes la posibilidad de hablar en el presente.
Y quizá ese sea el gesto más poderoso de la película de Santiago Sein. Volver a mirar lo que durante décadas permaneció oculto para descubrir que la memoria no estaba perdida. Estaba esperando que alguien abriera aquellas latas.


