En su primera presentación en Río Cuarto, Skay Beilinson llegó junto a Los Fakires a Predio West. Una noche histórica de rock, banderas y canciones que tuvo en “Ji ji ji” su momento más explosivo.

El frío estaba cruel en la noche del sábado 5 de septiembre en Río Cuarto. Pero nada ni nadie iba a detener a los fanáticos a vivir lo que ya se empezaba a sentir en la previa: que el show iba a ser descomunal. En los alrededores había vendedores ambulantes con remeras de Skay, de Los Redondos y distintos diseños ricoteros. Uno de ellos contaba que seguía al Flaco por sus presentaciones y que iba de recital en recital vendiendo su mercadería. Esta vez, en Río Cuarto.
También la presencia de periodistas y distintos medios. Micrófonos, celulares, cámaras y entrevistas pintaban la previa mientras la gente iba llegando. Grupos de amigos, familias, seguidores de distintas edades y gente que había viajado de otras provincias se reunían allí, pese al frio y a todas circunstancias, para ver al Flaco.

Al ingresar al lugar, todavía se podía caminar con cierta comodidad. Pero eso duró poco. Con el paso de los minutos el espacio empezó a llenarse y la gente fue avanzando hacia el escenario. A los costados, en los sectores elevados del predio, las banderas terminaban de construir la postal: nombres de ciudades, referencias a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y mensajes para Skay colgaban mientras crecía la expectativa.
Entre el público convivían quienes habían seguido a Los Redondos cuando todavía estaban en actividad con otros que conocieron aquellas canciones mucho después. Personas de más de 60 años, adultos que crecieron con la banda y jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando Patricio Rey dio sus últimos recitales compartían la misma espera. Padres, madres y sus hijos siguiendo una misma pasión. Y había motivos para tanta expectativa.
Era la primera vez que Skay Beilinson tocaba en Río Cuarto. La presentación formaba parte del festejo por los 24 años de Elvis, que había organizado una jornada especial alrededor de la visita. Desde la organización habían anticipado que esperaban público llegado desde distintos puntos de la región y del país.

Que el Flaco estuviera finalmente en la ciudad tampoco era un dato menor. Durante años hubo intentos para concretar esa visita pero no se pudo. Esta vez, después de tantos años, la historia era distinta: Skay estaba ahí.
Pasadas las diez de la noche comenzó el show. Las luces se apagaron y apareció Skay junto a Los Fakires. No hubo demasiadas vueltas ni grandes lujos. El Flaco agarró la guitarra y arrancó una presentación que se extendió hasta la medianoche.
El comienzo fue con “La nube, el globo y el río / Paria”. Después llegaron “Soldadito de plomo”, “Tal vez mañana”, “Aves migratorias” y “Late”. El repertorio rápidamente dejó en claro algo: Skay no había llegado a Río Cuarto únicamente a revivir la historia de Los Redondos. Había una carrera propia de más de dos décadas para mostrar.

Desde que inició su recorrido posterior a Patricio Rey en 2002, el guitarrista construyó una discografía extensa que comenzó con A través del mar de los Sargazos y continuó con trabajos como Talismán, La marca de Caín, ¿Dónde vas?, La luna hueca, El engranaje de cristal, En el corazón del laberinto y Espejismos. En enero de este año incluso presentó “Nube de paso”, confirmando que, a más de dos décadas de aquel comienzo, la producción de nuevas canciones sigue activa.
Y eso se percibió arriba del escenario. El Flaco estuvo acompañado por grandes músicos: Joaquín Rosson en guitarra, Claudio Quartero en bajo y Leandro Sánchez en batería. Los Fakires funcionaron como una banda compacta, con fuerte presencia de las guitarras y una batería que sostuvo la intensidad durante toda la presentación.
Skay tampoco necesitaba hablar demasiado. Muchas veces alcanzaba con que empezara una canción para recibir la respuesta inmediata desde abajo. Y una de las primeras que provocó eso fue “Todo un palo”. Cuando empezó a sonar el clásico de Patricio Rey, las voces se levantaron de golpe. Esa noche, además, el tema fue dedicado al Indio Solari. El gesto tenía un peso particular. El recital se realizó exactamente tres meses después de la muerte del Indio, ocurrida el 5 de junio a los 77 años. Skay y Solari, junto a la Negra Poli, fueron parte del núcleo que construyó uno de los fenómenos musicales y culturales más importantes de Argentina. Por eso, aunque el recital no estuviera planteado como un homenaje, la ausencia inevitablemente atravesó algunas canciones.
Después apareció “Criminal Mambo” y nuevamente el público respondió con fuerza. Pero la noche volvía una y otra vez al presente del guitarrista. “Ya lo sabés”, “Síndrome del trapecista”, “Gengis Khan”, “La pared rojo lacre”, “Chico bomba”, “Presagio” y “Astrolabio” fueron recorriendo distintos momentos de su obra.

Había gente cantando, gritando, bailando y otros filmando. Había grupos enteros saltando cada vez que reconocían los primeros acordes. Pero faltaba uno. El tamaño del pogo se mide por pasión leí en un comentario de un usuario de Instagram y supe en ese preciso instante que era difícil encontrar una definición mejor para ese momento. Llegó “Ji ji ji”. Y ahí explotó todo. Bastaron las primeras notas para que la reacción fuera instantánea. En el centro del lugar se abrió un pogo tremendo y la gente empezó a saltar como si no hubiera un mañana. En ese momento, mirar únicamente a Skay era perderse una parte fundamental del espectáculo. Porque el show también estaba entre la gente. Había amigos abrazándose mientras saltaban, personas tratando de meterse en el pogo, otras que salían por unos segundos y volvían a entrar, cuerpos chocándose y una multitud cantando la misma canción. Todo pasaba al mismo tiempo.
Y todavía faltaba show. Después de “Ji ji ji”, Skay retomó su repertorio con “El Golem de Paternal”, “Yo soy la máquina” y “Oda a la sin nombre”. Más tarde volvió otra tanda que encendió al público: “El pibe de los astilleros” apareció enlazada con “Nuestro amo juega al esclavo”. El tramo final quedó para “Flores secas” y “El sueño del jinete”.
En total fueron más de veinte canciones. Temas de distintas etapas de su recorrido solista se cruzaron con “Todo un palo”, “Criminal Mambo”, “Ji ji ji”, “El pibe de los astilleros” y “Nuestro amo juega al esclavo”. No se trató de elegir entre el Skay de Los Redondos y el Skay que siguió su camino después. Durante casi dos horas, las dos historias convivieron arriba del mismo escenario.

Cerca de la medianoche comenzó a sentirse que llegaba el final. Después de la última canción, Skay y Los Fakires se acercaron juntos al frente del escenario para saludar. El Flaco quedó acompañado por sus músicos y desde abajo llegó una ovación total.
La gente empezó a abandonar Predio West con caras de emoción y felicidad. Después de tantos años de espera, Skay finalmente había tocado en Río Cuarto. Afuera volvía a sentirse el frío de la noche, pero adentro todavía quedaban resonando las guitarras, los cantos y ese pogo que hizo explotar todo.
La espera había terminado. Skay llegó, tocó y dejó su marca. Una marca que hizo historia en Río Cuarto porque fue la noche en que el Flaco desató el ritual.


