Payamédicos no es solamente una intervención artística dentro de un hospital. Es una irrupción. Una pausa inesperada en medio del dolor, la ansiedad y la rutina médica. Patricia Menard lo sabe bien. Es payamédica y formadora. Conforma un grupo de personas que elige, bajo determinadas condiciones, acompañar a través de la risa, la fantasía y el juego. La vida en instantes.

Lejos de cualquier mirada infantilizada, el trabajo de los payamédicos propone algo mucho más profundo: habitar el dolor desde otro lugar. No buscan negar la enfermedad ni disfrazar la realidad, sino abrir un pequeño espacio donde sea posible el alivio, la conexión, la alegría. Una energía breve, casi instantánea, que pasa… pero deja algo suspendido en el aire. Y entonces, aunque sea por un momento, algo cambia.
El pasillo del hospital es largo. Las paredes, blancas; las puertas, azules. El picaporte baja y una habitación se abre. Detrás de cada puerta conviven historias distintas: dolor, espera, miedo, recuperación, deseos. El tiempo allí parece avanzar de otra manera. Habitualmente entran médicos, enfermeros, camilleros. Llega el control del suero, la medicación, la comida. Pero a veces irrumpe la sorpresa.

Entonces pueden aparecen ellos: un torbellino de colores, una peluca desordenada, lunares enormes en un moño imposible, miradas cómplices. La escena desconcierta por un segundo. Después sucede algo simple y poderoso: alguien sonríe. Se juega un rato, aparece la risa, el cuerpo se afloja. Y cuando se van, queda esa sensación difícil de explicar, como si el aire hubiese cambiado de temperatura. Como si, por un instante, el dolor hubiera perdido terreno. Eso puede pasar cuando llegan los payamédicos.
Son las cuatro de la tarde y el sol de otoño regala una tibieza inesperada. La calle Saavedra, de veredas angostas, tiene los árboles en fila, que se dejan acariciar por una leve brisa. A lo lejos, alguien bosteza. Patricia acomoda algunas palabras antes de empezar a contar la historia de una ONG que lleva más de dos décadas llevando risa a distintos espacios donde se necesita.
“Payamédicos es una ONG argentina fundada en Buenos Aires en 2002 por el psiquiatra y terapista intensivista, José Pelluchi. Él capacitó a formadores que pudieron enseñar y dar a conocer de qué se trataba la labor”.
Patricia tiene la mirada clara y amable. Habla con calma, aunque por momentos la emoción le gane al ritmo de las palabras. En 2012 recibió la formación en payateatralidad y payamedicina, y desde entonces, algo cambió para siempre.
“La payateatralidad es un período de tres meses y es desde la figura del clown, no del payaso tradicional. Es una figura más empática, más tierna. Un trayecto de tres meses, una vez por semana, donde se van trabajando, con la guía del formador, los distintos aspectos de ese payamédico”.

Nada está librado al azar. El vestuario, los colores, las formas de hablar. Todo tiene una intención. “No hay chalupas, que son los zapatos grandes, no hay nariz roja porque puede recordar o asociarse a la sangre y en determinados ambientes no es recomendable”, explica Patricia.
También cuenta que durante la formación se estudian investigaciones sobre el impacto emocional de los colores y de ciertos estímulos visuales en las personas internadas. “Cada uno diseña su vestuario, con volados, moños, sombreros, detalles. Llevamos peluca de determinados colores. Todo está pensado y tiene una lógica que responde al objetivo de lo que hacemos y queremos transmitir”. Incluso el lenguaje tiene sus propias reglas. Se habla desde lo positivo. Cada integrante construye un personaje con identidad propia, con nombre y características particulares.
La formación en payamedicina, explica Patricia, trabaja sobre la parte sana de las personas, incluso cuando atraviesan una enfermedad. “Aunque una persona esté mal tiene una parte sana que en el ámbito de la salud no se rescata porque está internado, solo, la comida no le gusta o está dolorido”.
Y ahí aparece el verdadero corazón de la tarea.
“La presencia de los payamédicos son instantes, son agenciamientos cortos. Se improvisa en base a la formación que tenemos, tratamos de provocar en la otra persona algún recuerdo de algo lindo. Buscamos que eso lo conecte de nuevo con la alegría. Es un juego entre los paya, los enfermeros, la familia. Son minutos que cambian la energía y lo ideal es que le quede resonando ese momento feliz. En el momento de mayor energía, hay que irse y dejar a la persona como tildada, pensando. Es un efecto saludable, aun en momentos difíciles”.

Colores por aquí y allá
Hospitales, clínicas, residencias para personas mayores, escuelas, instituciones, la calle. Los payamédicos no aparecen solamente donde hay enfermedad. También irrumpen donde la rutina pesa. “Hay un dispositivo que se llama payacalle: salimos a la calle, a jugar con la gente. El rato cambia por completo”.
Hace una pausa y recuerda una frase que escuchó hace poco: “El otro día una persona me dijo que ahora es el momento de volver ya que la gente necesita, hay desazón, tristeza, hay que salir”, se dice en voz alta.
La representación local de Río Cuarto atraviesa hoy un proceso de reorganización. La pandemia dejó silencios, trajes guardados y grupos dispersos. Pero lentamente vuelven. “Estamos en un nuevo comienzo. Es una labor que necesita compromiso. Estamos esperando volver. Llegamos a ser 50. Estamos retomando unas 15 personas, que ya estamos formadas y nos hemos actualizado con la ONG”.
Instantes
Todo parece reducirse a eso: instantes. Pequeños momentos capaces de quedarse para siempre, aunque luego se disipen, algo modificaron a su paso. Patricia recuerda uno que todavía le aprieta la voz.
“Tenía 22 años y fui con mi mejor amiga al viejo hospital de la ciudad, a visitar la sala de niños y fue una experiencia muy hermosa. Llevábamos cuentos y los leíamos. Queríamos ayudar. Nos pasó que había varios niños y había uno muy enfermo, tenía miastenia. Fuimos por tres meses, todas las semanas, hasta que un día fuimos y él ya no estaba. Quedamos destruidas, fue muy duro. Nosotras pensábamos que se iba a curar. Eso me quedó pendiente. Después vino la vida, pero eso quedó ahí, latente, hasta que empecé con los payamédicos”.
En estos años, asegura que, como otras, vivió escenas imposibles de olvidar. “Recuerdo una vez que fuimos a la casa de una señora que estaba cursando una enfermedad terminal. Fue gratificante porque ella, que no estaba bien de salud, estaba contenta ante lo que le ofrecimos. Había alegría en su mirada”. Pero no siempre sucede así.
“Las personas te pueden decir que no quieren, no mirarte, no hablarte. El paya advierte la situación, se genera una fantasía y se va tras el vuelo imaginario de una mariposa”.
La emoción le atraviesa el cuerpo mientras habla. Explica que existe una preparación emocional para sostener situaciones difíciles. Está el payabalance para hablar y poner en palabras lo vivido. Todo está cuidado y pensado.
“Patricia resume, quizás sin proponérselo, el sentido más profundo de todo.
“Lo que hacemos está vinculado con la risa y las endorfinas que genera la risa. El paya busca la risa, no el análisis de lo que pasa. La risa sana el momento”.

Lo que viene
Los proyectos para volver ya están en marcha. Una de las integrantes, enfermera del hospital, abrió nuevamente una puerta. También preparan actividades para escuelas y espacios públicos. “El 30 de mayo, el Día de la Donación de Órganos y Tejidos, es el PayaSol. Invitamos a las escuelas a que los alumnos hagan soles. Después los llevamos a la plaza y los regalamos. El sol como una manera de dar solidaridad y que la gente se lo lleve a sus casas”.
Cuando la charla termina, el otoño sigue ahí, suave, quieto. Patricia sonríe como quien todavía conserva intacta la capacidad de asombro. Entonces dice algo simple: “Me permitió volver a jugar, reírme de nuevo y compartirlo con otros. Somos adultos que volvemos a jugar. No hay muchas oportunidades de reírse mucho… y ayudar”.
Tal vez de eso se trate todo. De entrar unos minutos donde el dolor se volvió costumbre y recordar que todavía existe algo parecido a la alegría. Una risa breve. Un gesto absurdo. Una peluca furiosa cruzando un pasillo blanco.
Y aunque después vuelva el silencio, algo quedó vibrando. Como una pequeña resistencia contra la tristeza. Como una forma mínima, y profundamente humana, de cuidar a otro.

