Recién llegado de una capacitación en Nueva Delhi, el politólogo e investigador en Inteligencia Artificial Gustavo Martín, dialogó con Otro Punto sobre cómo funciona está tecnología, el impacto que puede tener en el trabajo y los usos positivos que aún no son tenidos en cuenta.

Probablemente no fue casualidad que llegaras a este sitio web. Antes de dar el último click hubo un algoritmo que tomó varias decisiones en tu lugar. Eligió qué mostrarte en redes sociales, qué noticias son de tu interés y qué publicidades podrían gustarte más. Lo mismo sucede cada vez que aceptás las sugerencias que Netflix te propone para que sea tu próxima serie, cuando el autocorrector de WhatsApp te corrige una palabra, o cuando pedís un auto de aplicación y es el algoritmo quien decide cuál va a ser tu conductor. Antes de que la notáramos, ahí estaba la inteligencia artificial (IA).
Sin embargo, hubo dos avances que evidenciaron que la IA no solo opera en las plataformas, sino que también puede ser autónoma. Uno de ellos fue hace tres años, cuando en cuestión de minutos la imagen del Papa Francisco caminando con una campera puffer blanca se volvió viral. Al principio, la foto generó pocas dudas y el Papa se convirtió en una especie de ícono de la moda. Esto puso sobre la mesa una nueva herramienta: la inteligencia artificial capaz de crear imágenes o videos altamente creíbles, pero falsos. Más allá de la creación visual, la revolución llegó con las palabras: los chatbots como Gemini o ChatGPT. Estas herramientas permiten conversar directamente con la IA. ¿Cómo está el clima? ¿Qué puedo cocinar para la cena? ¿Quién fue Sarmiento? ¿Qué puedo hacer si estoy aburrido? El límite parece no existir frente a un chat que responde (casi) todo.
Que la inteligencia artificial llegó para quedarse ya es una certeza. Pero cabe preguntarse: ¿hasta dónde llega realmente esta tecnología? En esa tarea que, aunque parece sencilla, implica navegar sobre temas aún desconocidos para muchos, buscamos respuestas en Gustavo Martín, politólogo, docente e investigador del tema. Hace algunos días regresó de Nueva Delhi, India, donde se capacitó sobre el impacto de la inteligencia artificial en el desarrollo global y la prestación de servicios públicos.

-¿Cómo llega un argentino a un curso sobre inteligencia artificial en la India?
– Fue un concurso en el que quedé preseleccionado por la Embajada de la India en Argentina y, en el marco del programa Indian Technical and Economic Cooperation (ITEC), fui becado para hacer el curso. India es uno de los principales especialistas en inteligencia artificial. El Estado la usó como motor de desarrollo, en un plan que es a 20 o 30 años, y tienen estos programas de capacitación donde invitan a gente de todo el mundo.

– ¿Ese desarrollo fue positivo para la población o ha traído consecuencias?
– En realidad ellos ven a la tecnología como un paso necesario en la evolución, para solucionar problemas. Por ejemplo, es muy común ver a casi todos pagando con algo como una billetera virtual y a lo mejor para nosotros es algo común, pero tener algo así para millones de personas es un gran avance tecnológico. El problema es que nosotros, como argentinos, no sabemos bien qué es la inteligencia artificial y todavía pensamos que la IA solo es ChatGPT o estamos como niños con un juguete nuevo creando imágenes.
El futuro nació en los 60
Para muchos argentinos el término inteligencia artificial todavía suena como algo nuevo. De manera simple, Martín explicó que la IA funciona analizando enormes cantidades de datos. A partir de esa información, intenta copiar la forma de razonar del humano y detecta patrones para hacer predicciones y tomar decisiones. Cuantos más datos tiene -y más confiables son- mejores son los resultados que devuelve.
“En todo momento lo que hace es tomar decisiones, por eso el debate es si queremos que la IA decida todo por nosotros o bien qué cosas decidimos nosotros delegar en ella y cuáles no”, advirtió.
Con un modo de trabajo similar a la IA, Gustavo cruza datos en su mente para remontarse al primer “ChatGPT” de la historia. Se trató de Eliza, un chatbot que simulaba ser una psicóloga. Si bien no entendía el lenguaje, buscaba palabras clave y con algoritmos simples daba una respuesta al usuario. Muchas veces solo reformulaba la pregunta. A pesar de su funcionamiento rudimentario, para los años 60 significó un gran avance.
Las inteligencias artificiales que hoy son populares no solo entienden nuestro lenguaje, sino que también lo utilizan con naturalidad. Cuando una máquina domina el terreno de las palabras, la inquietud recae sobre la capacidad de pensar.
– La IA imita nuestro razonamiento, pero ¿va a lograr superarlo?
– De hecho ya lo superó. Pero ponerse a pelear con la IA es en vano. Es como un soldado peleando contra un ejército. ¿Por qué? Porque es pelear contra un sistema. No es un humano contra un robot; es un humano contra un robot integrado a un sistema de robots. Además, no hay vuelta atrás y la gente se termina por acostumbrar. Los libros al principio eran odiados y hoy tenemos añoranza de ellos.
– ¿Qué pasa con el trabajo, nos va a reemplazar?
– Yo pienso que no. Es cierto que hay trabajos que en parte van a quedar obsoletos. Pero eso sucedió antes, por ejemplo hoy casi no se ve el lechero o el sodero. Lo que va a pasar es que van a surgir nuevos trabajos. Hay algo que un profe me dijo una vez y lo digo siempre, “la IA no te va a sacar el trabajo, te lo va a sacar alguien que sepa manejarla”. El tema es que estamos justo en la etapa de poder regular eso, de decidir para dónde queremos que vaya.
– ¿Cuáles son las políticas necesarias para decidir el rumbo que va a tener? – Es necesario que el Estado genere políticas de transición laboral y capacitación, porque mucha gente va a tener que aprender un montón de cosas. El tema es la gente de 30 a 50 años que estudió carreras del siglo XX y tiene que convivir con los nuevos avances. Entonces va a ser necesario que haya una transición regulada. Y va a ser necesario desarrollar una capacidad de adaptación al cambio y a la incertidumbre, que es algo a lo que en Argentina estamos más acostumbrados.
La IA que sí vale la pena
Mientras el debate público se centra en el miedo al reemplazo laboral o en los riesgos de que circulen miles de videos falsos, hay un abanico de usos positivos que pasan desapercibidos. El investigador, experto en inteligencia artificial, aseguró que cuando se utiliza en beneficio de la sociedad los resultados potencian el desarrollo y hacen eficiente al Estado.
Por ejemplo, los países con alto riesgo sísmico usan la IA como un sistema de monitoreo y alerta temprana. También podría usarse para predecir con mayor certeza si un temporal se acerca. Si se piensa en la administración pública, está tecnología también puede tener un lugar central. Podría usarse para la selección de una empresa en la licitación de un servicio público y así evitar una elección arbitraria. Lo mismo si se utiliza para determinar a quién le corresponde o no un subsidio.
“No estamos notando todos los usos que se le pueden dar en el ámbito público. Pero en un mundo un poquito más ideal, la IA se usaría para solucionar un montón de problemas sin verlo como algo negativo”, sostuvo Martín.
– Para nosotros como usuarios, ¿cuáles serían buenos usos?
– Primero, aclarar que no hay que usarlo como un asistente, porque es delegar todas nuestras decisiones y de algún modo dejás de pensar. Yo suelo usarlo para dos cosas: cuando tengo algo ya listo y quiero que me dé un punto de vista, sume lo que le falta o corrija lo que tengo, o cuando estoy en blanco y necesito algunas ideas que sirvan de disparador. Si directamente le pedís a un chatbot que te haga todo estás perdiendo autonomía.
– ¿Cómo se usan los chatbots de inteligencia artificial?
– Lo que hay que identificar es cuál se usa para cada cosa. Es decir, a cuál le pedís imágenes, a cuál videos y con cual chateás sobre, por ejemplo, medicina. Y después hay que cruzar lo que dice una y otra. Si hacemos algo en ChatGPT también podemos hacerlo en Gemini u otra IA para hacer cruzamientos y no quedarse con una sola respuesta.
En un mundo en transformación, que cada vez exige más rapidez y eficiencia, el desafío es notar qué procesos pueden automatizarse con el uso de inteligencia artificial sin perder el pensamiento crítico en el camino.
La IA puede procesar miles de datos, responder a millones de personas al mismo tiempo o redactar un texto en segundos, pero al final del día la decisión de qué hacemos con ellas sigue siendo netamente humana.

